• Ago. 28, 2017, media noche

En días recientes sostuve una conversación amena, cargada de nostalgias y mucha risa, con mi amigo de la adolescencia Enrique Mencía, en ocasión de estar celebrando sus 70 años de vida terrenal.

En el transcurso de la plática brotaron, una tras otra, anécdotas y experiencias compartidas, algunas ruborizantes, que elevan la temperatura del cuerpo, en tanto vivencias que en el lenguaje popular de aquella época pueden calificarse como “encabes”. Otras, gratificantes y aleccionadoras.

Entre las gratificantes, sobresale la referida a la fiesta de celebración de los 15 años de vida de mi amigo. En esa ocasión, las limitaciones económicas y el no disponer de espacio físico suficiente para acoger a la chavalada que concurriría a la celebración, no significaron ningún impedimento para que Doña Angelita, la mamá de Enrique, le celebrara una fiesta de 15 años a su hijo amado.

La familia de Enrique al igual que la de sus pares, entre los que me incluyo, era de escasos recursos, por ello, creo que la celebración de un cumpleaños no era común, eso era algo superfluo. Sin embargo, la mamá de mi amigo, hizo ingentes sacrificios para que su hijo tuviera fiesta de 15 años. Con tal propósito preparó un perol de sopa de mondongo para que el quinceañero compartiera con los amigos.

Por otra parte, debido a que la vivienda en que moraban era pequeña, la celebración se llevó a cabo en media calle. Y con el fin que dicha celebración fuera completa, y a falta de torta de cumpleaños, se dibujó una torta en el pavimento, se le colocaron candelas Llanes y se cantó la canción de feliz cumpleaños.

De esa celebración, variadas imágenes y recuerdos quedaron grabados en mi memoria, pero la más significativa fue la expresión de satisfacción y felicidad que irradiaba Doña Angelita al ver disfrutar a Enrique de su fiesta de cumpleaños en compañía de sus pares.

Le comentaba a mi amigo, que la expresión de felicidad de su mamá, que tuve la dicha de observar hace 55 años, había contribuido a forjar en mí la convicción de que la felicidad no necesariamente está determinada por riquezas o posesiones materiales. 

Soy un convencido que la felicidad es un estado de ánimo que supone una satisfacción. Quien está feliz lo está porque se siente a gusto, contento y complacido.

Doña Angelita, ese día de la celebración de los 15 años  de Enrique experimentó una intensa y perdurable felicidad, además que contribuyó al fortalecimiento de las bases de autoestima de su hijo. 

Posiblemente en ese tiempo muy pocas personas se atrevían a augurar un futuro prometedor para Enrique, sin embargo, apoyado por una madre amorosa y constructora de autoestima, en el devenir del tiempo, se convirtió en un experimentado entrenador de natación, el mejor diría yo, que por su entrega, disciplina y calidad, tanto técnica como humana, fue incorporado al Salón de la Fama del Deporte de este país.   

Amiga, amigo, todos(as) estamos llamados(as) a ser felices, a construir autoestima, propia y de seres queridos. Creo firmemente que por muy agotador que sea el trabajo que realizamos, por muchas limitaciones que tengamos, Dios nos proporciona amor, alegría, paz, fortaleza para propiciar felicidad y contribuir a la construcción de la autoestima de nuestros hijos(as). 
   
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