• Jul. 27, 2008, 5:51 p.m.
En todos los cuentos e historias de la antigüedad, el balcón tomaba un lugar pasivo donde se observaba el devenir de los acontecimientos.  Algo hizo que en estas latitudes que la historia fuera diferente. Por alguna vuelta del destino estos escenarios donde se miraba la historia pasar, ganaron fama y lograron, por lo menos, nivelar su importancia antes los acontecimientos.  Basta con ver a una persona ejerciendo algún acto de la política desde esas extensiones de una ventana, para cargar a ese simple discurso con un valor agregado en detrimento de otras plataformas .  Pero la obsesión de los argentinos con los balcones tiene el epicentro en uno particularmente, que fue testigo de la historia política moderna de la Argentina.

El viejo balcón de la Casa Rosada, vio nacer movimientos nobles, festejos populares, grandes manifestaciones que expresaron alegrías, tristezas y broncas, y a veces pudo atestiguar verdaderas farsas en su propia historia. Fue el responsable del "síndrome de la Plaza propia" y su letargo de hoy obedece a los tiempos que corren y a esa misma rica historia.

Se puede decir que el primer gran salto hacia la historia lo tuvo un 17 de Octubre de 1945 cuando la multitud que se había agolpado desde tempranas horas de la tarde en la Plaza de Mayo, vio salir a la figura de Juan Perón cuando se acercaba la medianoche.  A partir de esa manifestación y elecciones mediante, fue el lugar donde el Perón devenido Presidente se comunicó con su pueblo, tanto  para publicitar actos de gobierno como para festejar los acontecimientos que lo ameritaban.  Fue esa la época donde los denominados descamisados sintieron su pertenencia a la Plaza de Mayo y a
ese balcón que hicieron suyo y que jamás pudieron permitir que otro se suba. También sintió el amor mutuo entre los manifestantes y Eva Perón, quien dejó en la historia otro balcón que fue escenario de su renunciación en plena 9 de Julio, desde el edificio de Obras Públicas.

Pero no siempre estuvo vinculado a la festividad popular, vale recordar la furibunda manifestación organizada por la CGT el 30 de Abril de 1982, donde hubo serios incidentes, detenidos y el pedido de dimisión a la dictadura militar de Galtieri.  Para que muy poco después, el 10 de Abril, la misma multitud vivara al dictador por embarcar a la Argentina en una guerra desigual e injusta contra Inglaterra por Malvinas.  Ese general pisando el balcón y levantando los brazos fue una síntesis de esa parte de la historia argentina y una verdadera farsa de aquellas manifestaciones peronistas.
El síndrome de la Plaza propia empezaba a tener efecto.

La vuelta de la democracia mostró a un Alfonsín victorioso, mudado al balcón de enfrente, en el Cabildo; y al principio del fin de su gestión aquella fatídica semana santa, que precipitaron las hoy derogadas leyes de Obediencia Debida y Punto Final.

En 1986, un hombre y su equipo de trabajo fueron capaces de dejar la Plaza de Mayo repleta entre alegría y festejos.  Diego Maradona recibió prestado el balcón y tuvo su tarde de gloria, luego de conseguir el campeonato del mundo en México.


Con el advenimiento de los '90, la modernidad cerraba un ciclo. La irrupción de los medios masivos de comunicación como escenario virtual de política, comenzaron a alejar a la gente de aquel balcón.  Giovanni Sartori advertía desde su libro Hommo Videns que los ciudadanos ya no se acercaban al comité o a la casa del partido para enterarse de lo que estaba pasando con su país sino que simplemente se limitaban a prender la televisión.  Y el escenario político se mudó adentro de los aparatos de comunicación, con un inmenso atril al que asistían innumerables cantidades de pseudo manifestantes desde la comodidad de su living.  Así el balcón se redujo a tibios saludos de un presidente recién asumido o la vuelta al espacio de observación de otras cosas que pasaban en las cercanías.  Pero el poder ya no pisaba sus baldosas.

Hoy extraña su esplendor de antaño, las mega manifestaciones de Plaza de Mayo se realizan desde un escenario que lo tapa.  Algunos dicen que no lo usan por respeto a aquel gran líder que supo ocuparlo y lo hizo suyo.  Pero la afición a llenar una plaza o subirse a un balcón a saludar, es algo que a los argentinos nos sigue sonando a poder.  Ya sea por nostalgia o por costumbre, en plena era de la información estas imágenes nos siguen subyugando.

Licenciado en Periodismo
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