• Sept. 4, 2017, media noche

¿Cuál es el significado de las expectativas? En esencia, las expectativas son predicciones informadas sobre eventos futuros. En una economía donde no exista la acumulación, donde las personas sean indiferentes al almacenamiento de valor o sean hippies al hablar del futuro no tendría sentido, y las decisiones que se toman hoy día no afectan las oportunidades del futuro. Sin  embargo, la existencia de activos financieros o físicos obligan a las personas a dividir en períodos de tiempo los flujos de ingresos y gastos que se generan. 

Los individuos pueden ahorrar o desahorrar afectando los flujos de ingresos y gastos. Si hubiera un conjunto de mercados futuros completos en que los individuos realizaran contratos sobre futuras transacciones a precios que se conocen de antemano no habría necesidad de formular escenarios sobre el futuro. En realidad, esos mercados solo existen en forma muy limitada debido a que la información es costosa e imperfecta, dando lugar a costos de transacción y a la incertidumbre. Resulta pues esencial formular expectativas sobre el futuro a la hora de hacer decisiones intertemporales.

Las opiniones de los economistas se han dividido debido a los distintos criterios que se han usado para formular expectativas. En el pasado se usaron las expectativas estáticas y las adaptativas. Las estáticas son la forma más simple y práctica, ya que se asume que las condiciones que prevalecen hoy se mantendrán en períodos subsecuentes. Los valores futuros esperados son iguales a los valores presentes implicando que dichas variables no quedan sujetas a cambios imprevistos, o bien, que dichos  cambios se cancelan entre sí. Así mismo, esta formulación  incorpora ciertas características institucionales como controles de precios o de costos y de salarios, todo lo cual imprime simetría a la distribución de probabilidades. 

La metodología mejor conocida, sin embargo, es la de las expectativas adaptativas modeladas primeramente por Phillip Cagan en el contexto hiperinflacionario que siguió a la derrota de los Habsburgo, en la Primera Guerra Mundial. En el ambiente hiperinflacionario, todos los contratos de largo plazo quedan eliminados, así que desaparecen las rigideces de corto plazo. Por otro lado, no tendría sentido desconocer las experiencias del pasado; además hay que dar margen al aprendizaje, es decir que los individuos aprendan de los errores del pasado. De aquí se sigue que las expectativas de una variable que prevalecerá en el futuro es una función de las expectativas pasadas con una estructura de rezagos donde dicha influencia o poder explicativo disminuye conforme se retrocede en el tiempo.

Esta versión tiene sus méritos. Los individuos aprenden de las experiencias del pasado, lo que es más útil que las expectativas estáticas donde dicha memoria no existe, aunque también tiene sus limitaciones, ya que el aprendizaje excluye los shocks exógenos y solo recoge las experiencias endógenas dentro del modelo. Es más, supónganse que se genera una inflación contínua, entonces las predicciones en base a las expectativas adaptativas funcionan muy mal, ya que desaparece la gradualidad del aprendizaje. 

Estas expectativas estuvieron en el centro  de la visión de Keynes de la economía. Keynes rechazaba el rol de las probabilidades para predecir comportamientos económicos. Por ejemplo, el precio de un mineral es afectado por eventos únicos como los cambios de tecnología cada veinte años, en cuyo caso no podría aplicarse una distribución de probabilidades, es un evento totalmente impredecible a diferencia de un tiraje de dados donde las probabilidades ya están definidas. Así, en un mundo incierto, sostenía Keynes, hay una tendencia inevitable a apoyarse en el “conventional wisdom”, el criterio de la mayoría (“Vicente va donde va la gente”), pero el procedimiento queda expuesto a cambios repentinos y violentos, a comportamientos de manada, el impacto masivo de personas que no tienen sentido de las consecuencias y cuyo subproducto son los pánicos y los rumores sin fundamento.

La hiperinflación alemana de 1923 y su drástica reducción en el corto plazo debido a una política de estabilización altamente creíble, y el programa económico de Reagan resumido en una política fiscal expansiva y política monetaria restrictiva han sido dos ejemplos de la eficacia  de una nueva versión de las expectativas llamadas racionales. Las expectativas racionales ponderan más el futuro que el pasado, valoran más la información que la sabiduría popular. Esta versión no implica que los individuos utilicen toda la información relevante, sino que adquieren y procesan la información hasta el punto en que el beneficio marginal (en el sentido de un mejoramiento en el valor esperado o un beneficio con menos incertidumbre) excede al costo de adquirir y procesar dicha información. Lo que las expectativas racionales implican es que los individuos colectan y analizan información de una manera consistente con los principios de maximización. 

Cada individuo usa la información de acuerdo a sus circunstancias, no significa que siempre se estará en lo correcto pero sí asegura que la decisión que se tome es la que tiene una menor dispersión; en este sentido, implica que los individuos no hacen errores sistemáticos y el aprendizaje es rápido en vez de gradual. Tampoco implica que los individuos utilicen modelos complicados o que tengan un conocimiento exhaustivo de la economía, solamente sostiene que de una manera consciente las personas se esfuerzan por predecir las consecuencias de un determinado cambio a la luz de su experiencia pasada y logran eliminar errores sistemáticos en sus predicciones. De esta forma, las personas aprenden a anticipar los cambios de política económica, lo que los lleva a modificar su comportamiento y, dependiendo de la credibilidad en las autoridades neutralizan o, al contrario, le imprimen eficacia a las políticas económicas.

Un caso célebre se dio con Reagan, cuando presentó su plan económico que incluía rebajar impuestos personales y corporativos y una reducción sistemática de la oferta monetaria. Esta combinación de política monetaria restrictiva y fiscal expansiva representaba  un cambio de paradigma, de régimen de política mejor conocido como política de oferta. Y es que las expectativas racionales priorizan las variables reales (la oferta) por encima de las variables nominales (la demanda).  La propuesta de Reagan provenía de figuras que no resonaban en el ambiente científico como Arthur Laffer y John Rutledge del Claremont Economic Institute. La ironía es que la propuesta fue recibida  con escepticismo por los mismos economistas que habían fundado la doctrina de las expectativas racionales como Lucas, Sargent y Barro. Pero la evidencia de la eficacia del nuevo paradigma quedó demostrada con el crecimiento económico sostenido que con dos o tres altibajos se prolongó hasta 2006.

Las probabilidades nacieron con el Big Bang según los científicos y de seguro las utilizaron los dioses Zeus, Poseidón y Hades que, de acuerdo con la leyenda griega, se repartieron el universo en un juego de dados. Desde entonces los cielos, los mares y el infierno se manejan bien (aunque de este último hay sus dudas). Igualmente, el mejoramiento en el manejo de la política económica ha sido sustancial cuando los criterios son racionales y, al contrario, los países que lo han ignorado, que se comportan irracionalmente, lo han pagado muy caro. 

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