• Sept. 6, 2017, media noche

“La mujer sabia edifica su casa, pero la necia la derriba con sus propias manos.” Proverbio 14:1

Creo que las mujeres hemos perdido un poco el norte respecto al diseño original y eso nos ha costado caro. Por seguir algunas doctrinas “modernas” de comportamiento, hemos perdido más de lo que hemos ganado. Como en todo, hay extremos con los cuales no estoy de acuerdo. He aprendido que las mujeres no somos ni superiores ni inferiores a los hombres; somos complemento. Yo soy esposa, soy madre y soy una profesional que me he abierto camino en un mundo corporativo donde aún prevalecen los hombres en los puestos ejecutivos más altos; y he cometido muchos errores en esos tres roles por falta de sabiduría. 

He visto mujeres frustradas en su rol de esposas, de madres y de profesionales o empresarias, queriendo nadar contra la corriente, cansadas y frustradas. Cuando nuestro hijo menor, que a sus 4 años era “un pandillerito”, fui a hablar con las dueñas del kínder, tres profesionales de la docencia, y les dije “me declaro incompetente como madre,  no sé qué hacer con este niño”.  Las tres se pusieron a reír; me dieron excelentes consejos que aplicamos al pie de la letra y logramos superar la crisis. Como esa experiencia puedo contarles cualquier cantidad de mi rol de esposa y de profesional, pero tengo un límite de palabras que quiero usar para compartirles unas reflexiones. 

En la Biblia hay ejemplos de mujeres sabias y de mujeres necias; algunas, ¡bien necias! Hoy quiero hablarles de 3 de ellas: Sara la esposa de Abraham y las hermanitas Marta y María, amigas de Jesús.

Dios le prometió a Abraham que su descendencia sería tan numerosa como las estrellas del cielo; le mandó a decir que tendría un hijo (Isaac), Sara no creyó en la promesa porque ambos estaban viejos. Al cabo de los años Sara se desesperó y decidió “ayudarle a Dios”, empujando a su marido a tener un hijo con la esclava (Ismael, el primer Plan B). ¿Cuántas veces por desesperación, por impaciencia, o por temor tomamos decisiones erradas, o peor aún, influenciamos a nuestros esposos para que lo hagan? No le creemos a Dios, no sabemos esperar Su tiempo, no buscamos la paz que Él nos puede dar para tener paciencia.

Marta vivía ocupadísima con todos los quehaceres de la casa; ya me imagino, de un lado al otro limpiando, lavando, cocinando, etc. Se nota que era de esas mujeres que “tienen todo bajo control”, mandona, pero que al final del día caen redondas de cansancio, llenas de preocupación y stress porque no lograron hacer todo lo que querían, o solucionar los problemas que se les presentaron. Marta, a pesar de que Jesús estaba de visita, no se detuvo más que a ponerle quejas de su hermana María que no le estaba ayudando… 

Y María, cuando llega Jesús, deja todo lo que está haciendo para sentarse a Sus pies, gozar de su presencia y escucharlo hablar. ¿Qué podemos hacer para ser más como María? Mujer sabia que supo hacer lo correcto y dejar los afanes de la vida para poner atención a lo más importante. 

Algunos problemas de nuestra vida los provocamos nosotras mismas por ser “Saras y Martas”, y muchas situaciones que están fuera de nuestro control se resolverían sin tener que pasar por marejadas de stress y preocupación, si buscáramos la fuente de sabiduría y de paz, si fuéramos más “Marías”. 

He batallado con los genes que tengo de Sara y Marta, tratando de avivar los de María, y he visto como mi vida ha tomado un giro para lo positivo en el desempeño de mis roles; y no estoy diciendo que me dejé de equivocar, sino que ahora los errores son menos que antes. Mi modelo de mujer es la de Proverbio 31:10-31. No es parámetro fácil, pero cada día podemos hacer un esfuerzo para acercarnos un poco más.

“Engañoso es el encanto y pasajera la belleza; la mujer que teme (ama, honra, alaba) al Señor es digna de alabanza”. Proverbio 31:30.

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