• Sept. 18, 2007, 3:08 p.m.
Nunca olvidaré el momento en que posaron en mis manos un recipiente parecido a un casquete, enchapado en oro y color “hueso”. Para los monjes tibetanos que confeccionaron tal copón, ese era el mejor recipiente para beber cualquier sustancia, porque precisamente allí estaba contenida la “sabiduría del difunto”.

Esa delicada copa era ni más ni menos que el cráneo de un ser humano que se distinguió por alguna razón en las cumbres más elevadas del mundo, que comprende incluso en Monte Everest.

Me mostraron la copa ósea en el extensísimo Museo del Palacio de China, en Taipei, donde la traductora, una brasileña de quien sólo recuerdo que se llama María, nos hizo énfasis en que la cultura tibetana, mil veces reprimida por el régimen chino, se había resistido a los cambios y continuaba su rito fúnebre de dejar al aire libre los cadáveres de los suyos, en una especie de retribución a la naturaleza, y una vez que los elementos cilmáticos y las aves de rapiña habían degradado los restos, los monjes recogían el cráneo, lo limpiaban y luego enchapaban en oro para beber la sabiduría del fallecido.

Dirán algunos ante tal práctica ¡qué espanto! Por mi parte admito que no me resultaría muy agradable que digamos degustar cualquier bebida en un cráneo de ninguna persona o animal, pues no va con mis principios. Pero he allí lo complicado, pues lo que me puede perturbar a mí, a otras personas les es imprescindible.

Costumbres vrs. salubridad

En una emergencia como la que causó el paso del huracán “Félix” por la Costa Caribe, es comprensible que los lugareños apelen a la recuperación y cristiana sepultura de los suyos, tal como lo expresó la alcaldesa de Puerto Cabezas, Nancy Elízabeth Enríquez.

Debe ser realmente angustiante no saber dónde quedan los restos de un hijo, un hermano, un ser querido o un amigo, y lo peor es ni siquiera tener certeza de si murió o sobrevivió en precarias condiciones.

En esta circunstancia recuerdo a una familia de Masaya, que hace muchos años perdió una hija, en un paseo escolar. El cuerpo nunca fue encontrado y sólo las chinelas y la toalla quedaron de evidencia que la joven estuvo en la playa y no volvió a aparecer.

Transcurridos casi 20 años, la madre de la joven de Masaya aún se niega a celebrar una misa por el alma de la desaparecida, aferrada a la idea de que ésta por alguna razón se fue y de igual forma volverá sana y salva con su familia.

Más que cultura, creo que ese afán de los hermanos costeños, por recuperar cadáveres, se fundamenta en la vaga esperanza de encontrar con vida a las víctimas. En segundo lugar veo la necesidad de tener los promontorios que identifican el lugar de reposo final de sus seres queridos, para colocar ofrendas o para realizar algún oficio religioso.

Pero más allá del asunto cultural en la Región Autónoma del Atlántico Norte debe privar el sentido de la salubridad y de eso deben encargarse las autoridades locales, más que las nacionales, ya que pueden lograr una mejor sensibilización en el tema con los residentes que perdieron a sus seres queridos.

En estas latitutdes un cadáver se descompone rápidamente, sobre todo en las condiciones climáticas de nuestro país, donde el calor tropical y la alta humedad en el ambiente propicia la acción de las bacterias que degradan los restos.

Los cuerpos que aún flotan en el oceáno, por mucho que sean lo que quedó de los seres queridos que perecieron al paso de “Félix”, son material que la naturaleza reclama y que por el proceso de descomposición representan un peligro tanto para quienes los recuperan como para quienes los reciben y los velan para luego darles sepultura.

La emergencia debe dispensar otras formas de inhumación, incluyendo la cremación, debido al peligro de contaminación y aparición de enfermedades entre las personas dolientes y la comunidad impactada por “Félix”. La cultura o costumbre debe dar paso a la lógica. Un abrazo solidario para los hermanos caribeños.

kcastillo@elnuevodiario.com.ni
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