• Jul. 28, 2008, 10:40 a.m.
(Comentario a “La invención de Nicaragua” de Carlos Midence)


El texto “La Invención de Nicaragua” (Edit. Amerrisque, 2008) de Carlos Midence, es parte de una “tradición nueva”, valga la paradoja, que deconstruye el origen de los nombres de continentes y países, decididos  por colonizadores como descubrió Edmundo O´ Gorman para América, Valentín Mudimbe para África y Walter Mignolo para América Latina, el mismo que prologa la obra y saluda la integración del autor en la escuela modernidad/decolonialidad que representa.

Dentro de Nicaragua, se une a la tradición inaugurada por Ileana Rodríguez, Leonel Delgado, Erick Aguirre, Erick Blandón, con los textos “Primer inventario del invasor”, “Márgenes Recorridos”, “Máscaras del Texto”, y “Barroco Descalzo”, respectivamente. Todos tributarios del paradigma de los Estudios Culturales, esa nueva disciplina que combina teorías antropológicas, crítica literaria, estudios comunicacionales y distintas filosofías “post”. Probablemente estos estudios, y otros más que les seguirán, sean los nuevos cánones del futuro que ya rivalizan y desafían las explicaciones que brindan los anteriores, alrededor de los cuales siguen girando la mayor parte de nuestros intelectuales. No sería exagerado decir que ese “aire de familia” que guarda este racimo de textos seminales, ya constituyen en sí mismos una ruptura epistemológica con la tradición anterior.

“La Invención de Nicaragua”, es un libro para especialistas y, aún siendo para ellos, se enfrentarán a una prosa áspera, densa y a ratos impenetrable. Me pregunto si no había otra manera de decir el par de cosas sencillas que alude el texto. Peter Sloterdijk, el filósofo irreverente alemán, siempre ha sospechado de la obra de Heidegger Ser y Tiempo, como una broma gigantesca que puso en códigos crípticos las preguntas sencillas que se hacían los campesinos de Selva Negra, en Alemania. Pero nadie sabe cuando uno pasa de lo sublime a lo ridículo.

El eje de “La Invención de Nicaragua”, gira alrededor de demostrar que Nicaragua, sobre todo su nombre, es una imposición colonizadora que se ejerce desde la letra y la polis, como expresa correctamente el subtítulo de la obra.

El autor reproduce una cita de Sandino de una entrevista brindada a José Román, autor de la novela- Cosmapa: “Porque fue tan generoso o cobarde, por eso le llamaron Nicaragua a nuestro país. ¿Por qué no le llamaron Diriangén?... sino ha sido por la ayuda traidora de Nicarao, Diriangén les hubiera echado al lago y acabado con ellos. Nicaragua se debería llamar Diriangén o Diriamba.” (Midence, 2008: 206). La correa de trasmisión del nombre y su carga simbólica es y ha sido empujada por un grupo muy pequeño de intelectuales que ejercitan su poder desde una ciudad letrada. “... la intelectualidad nicaragüense ha establecido una hegemonía en la ciudad letrada en la cual se ha manejado sus propios proyectos políticos (colonial, vanguardia conservadora..., liberal, imperialista y neocolonial) que al final se ha impuesto a esos sujetos que habitan los márgenes de esa ciudad.” (Midence, íbid: 141).  Hay que incorporar también, en la serie, al socialismo.

En América Latina, dice el autor, “... la Historia, la literatura y más adelante el periodismo constituyeron los pilares de las formas letradas de circulación de ideas y el espacio por excelencia de mediación entre la letra y la experiencia.” (Midence, íbid: 171). La diferencia de nuestro país, con respecto a otros de América Latina, donde sus ficciones fundacionales giraron alrededor de la novela romántica (como en efecto demuestra Doris Sommer), será la poesía.
Combinada con el periodismo, la historia, y muy adentro del siglo XX, con el testimonio y la novela, la poesía será la piedra fundamental que anudará nuestra identidad como tradición inventada o imaginada desde una ciudad letrada, tal como señala Ángel Rama, en manos de criollos y mestizos que seducirán al pueblo con sus cantos y explicaciones sobre nuestra diferencia con los demás. 



“Álvaro Urtecho, al igual que José Coronel Urtecho, Zepeda Henríquez y Tomás Ayón, quieren mostrar algo, y ese algo es que la única tradición presente y perenne en Nicaragua es nuestra poesía, la única que puede fundar un lazo de unión, una línea de sentido, una común visión del mundo. Para estos autores hay una continuidad de tradición excepcional de poetas que fundamenta toda la creación poética en el poder del encantamiento en lo que respecta al lenguaje (Álvaro Urtecho), lo mítico (Zepeda) lo hispánico abolengo (Coronel) y el mediador entre dos mundos (Ayón). Lo cierto es que en los cuatro se ofrece una raíz monumental al discurso poético.”  (íbid: 140-141).

El eje anterior refuerza esa idea que los decoloniales señalan con pertinencia para los antiguamente llamados tres mundos y la forma cómo ejercía su hegemonía el primero: la ciencia exacta, objetiva y universal sería privativa del primer mundo ; (1) la ideología, subjetiva, parcial y contaminada, para el segundo; y la cultura, rica, colorida y original, para el tercero. Por la fuerza de las cosas sucedió que, dentro de cada uno, operarían los demás, sin renunciar a una diferencia entre uno y otro que se convirtió en jerarquía y en dominio epistémico.

1 Sin embargo, aún dentro de Europa existían, y siguen existiendo, rivalidades muy fuertes. Es conocidísima la frase de Heidegger, ofensiva no sólo para todo el mundo colonial sino, sobre todo, para sus hermanas europeas, que sólo se podía pensar en dos lenguas, la griega clásica y el alemán, cuento germanocéntrico que se tragó hasta el francés argelino Jacques Derrida, al creer que sólo dos pensadores en el mundo eran los verdaderamente complejos y fecundos: Platón y Heidegger.


Álvaro Urtecho solía decir que nuestra poesía es una fuente generosa para la reflexión filosófica y, en particular, la de él mismo que se la emparentaba con la de Alfonso Cortés en línea con “El Coloquio de los Centauros” y “Lo Fatal” de Darío. Midence expresa “... se le endilga a la poesía el rasgo de sujeto teórico, de aparato sociológico que bien retrata y propone mutaciones sociales. Es, de una u otra forma, la función de la poesía como elemento societal en el que se encuentran implícitos códigos de distribución epistémicos, estéticos, sociales, culturales, entre otros. No es vano que se le atribuyan condiciones de filosofar en sentido de pensar original.” (íbid: 127-128).

Sin embargo, la poesía, creo que no logra todavía explicarse a fondo para nuestro caso, pese a lo llamativo de la presentación de Midence. ¿Por qué ella y no otra rama de la literatura o del arte, por qué no el teatro, la música, la pintura o la estatuaria?

 La poesía (de origen religioso, musical y oral) tiene algo fuera de la prosa que la hace encantadora para sectores desilustrados, de donde le llega su recitabilidad y hechizo, y que pudiese explicar acaso el efecto abrasador que produjo en sectores fuera de la ciudad letrada. A riesgo de parecer eurocéntrico, me gustaría recordar que los alemanes descubrieron o inventaron estas propiedades de la poesía desde el romanticismo, de la mano de Herder y Hölderlin, hasta llegar incluso a ser reelaboradas por Heidegger y el arte como el depósito de la verdad.

Es curioso que lo expresado por los decoloniales contra la modernidad (que reclama que las culturas “otras” suban desde todos sus lugares y se parezcan a ella), pueda ser aplicado a ellos mismos, en verdad, a todo letrado: que los “otros/as” busquen cómo “subir” y parecerse a los “ilustrados”, bajo las normas constitucionales y gramaticales de su ciudad, que ejerce una violencia gramatológica contra sus habitantes, ya entregados, la mayoría de ellos, al embrujo de los medios de comunicación, en especial la televisión.

Por otro lado, hay que hacer una tipología de los letrados en todas sus gradaciones, algo que nos adeuda el autor. Tipología que tiene que ir desde el que produce ideas hasta el iletrado completo, pasando por los escribanos burócratas (en los que parece que estuvo siempre pensando Ángel Rama) y semianalfabetos. La escritura en América Latina, como la explicita Rama, no fue para crear mundos sino para registrarlos, administrarlos y controlarlos. Empezó por donde terminó el papel de la escritura en Europa que, en su despegue, se puso al servicio de las rupturas con el orden medioeval y, sólo al final, ejerció los disciplinamientos y controles que la pondrían en evidencia.

La cultura nacional, similar a la de “un jardín de invernadero”, según Midence, “sólo fue posible tras la alfabetización y, a través, en principio, de la prensa de circulación nacional, ulteriormente de la radio y de la televisión.” (íbid: 139). Al respecto, hay que hacer una consideración.

En Nicaragua, así como en toda América Latina, Ángel Rama brinda consideraciones sobre la época colonial: las clases letradas eran una minoría en todos los sentidos. Sin embargo, el efecto que siempre produjeron fue el de representar una mayoría significativa por el consenso (más parecido a un colonialismo interno) que obtuvieron de los amplios sectores mestizos medio letrados y ambiguos. Estos fueron capturados literalmente, mucho después, por la radio y hasta hace poco por la televisión, donde se convirtieron a unas identidades móviles, frágiles y negociables.

Algunos sectores semi-rurales, a mediados del siglo XX,  aprendieron a imitar el modo de hablar urbano a través de presentaciones de películas mexicanas en cines ambulantes, y la radio (fundamentalmente con las radionovelas, la música y los deportes) para los sectores semiletrados y desilustrados, jugó el mismo papel de los folletines por entregas en los periódicos de Europa y EEUU que construyeron los imaginarios populares. La Televisión los reuniría después a todos.

Pero, en el fondo, la diferencia entre letrados y no, habría de revelarse por encima de las propias diferencias entre letrados mismos que terminarían por solidarizarse ante las amenazas de desbordes, como frutos de procesos anárquicos y de revueltas (convertidas en revoluciones o rebeliones, como decía Octavio Paz, por la sola presencia de intelectuales), de tiempo en tiempo, en nuestras sociedades. Sólo entonces, acaso, podamos decir que se manifiestan ante sí mismos como los “otros” de la ciudad letrada, sobre los que se ha ejercido una hegemonía despótica.

Otra deuda del autor es el papel del Estado nación, cuyo uso de un autor canónico en sociología, como Edelberto Torres Rivas, ya no cubre las nuevas explicaciones, y que exige más profundidad y debe vincularse, para la época que analiza Midence, al área centroamericana donde el concepto de Estado nación, además de no coincidir en términos reales con los cánones euro-norteamericanos, fuera de los precisamente letrados y formales, puso en juego una serie de dispositivos, desde archivos hasta normativas jurídicas, desde etiquetas hasta educación cívica, desde gramáticas hasta recitación de poesía culta, para disciplinar a los “otros” de la ciudad letrada que, para la época, coincidían en gran medida con aborígenes y afrodescendientes en algunas áreas.

Paradójicamente, este disciplinamiento desde aparatos y dispositivos fue separándolos a medias de sus matrices culturales, arrojándolos a un universo de remedos, simulacros, mímicas y dobleces, propias de las estrategias de débiles y subalternos. La llegada de la radio y la televisión potenciarían su peso, por razones de mercado que haría de la necesidad virtud con la cultura de masas, y los términos se invertirían coincidiendo de modo espectacular la semiletralidad, o la desilustración completa, de todos estos sectores con medios no escriturarios, como hechos para ellos. Entonces la alta cultura empezará a retroceder y será ella ahora la que empleará estrategias de subalterno para hacer oír sus regaños, malhumor y desprecio a través de los mismos medios que condena.

Los “otros” no sólo son, pues, los afrodescendientes y los pueblos originarios que, por cierto no guardan esa pureza que se imaginan los decoloniales que, al menos en Nicaragua, están altamente mezclados entre unos y otros , (2)sino también los desilustrados, dentro y fuera al mismo tiempo de la ciudad letrada. Son los que juegan (y bailan como la danza de Shiva) en la centralidad del poder, como los “otros” de la ciudad letrada, siendo que los afros y aborígenes, ejercen sus presiones como los “otros” de los “otros”, desde la reflotadura de una segunda línea de invisibilización.

¿Pero, a todo esto, quiénes son “ellos”? Si se ha venido precisamente hablando por ellos, desde esa ciudad letrada a la cual suponemos, en otra pirueta, que se le oponen, no corremos el riesgo de repetir el error al imaginarnos que hay otra manera de definirlos, que no sea callando y protegiéndolos con nuestro silencio?

2 No podemos hablar de pureza absoluta, incluso de nuestros grupos originarios y étnicos. Los miskitos son un grupo altamente mezclado con otros grupos nacionales e internacionales; los mayagnas, que pudieran ser los más endogámicos (hay tres variedades: twakas, panakas y ulwas), la dominante se abre cada vez más para sobrevivir,  del mismo modo que, al revés, las más cerradas tienden a disminuir en número y hasta desaparecer como los Garífunas y Ramas). En nuestra Costa Atlántica hay una cosa curiosa y digna de ser pensada. La Ley de Autonomía y su respectivo Reglamento, fue concebida para responder a los derechos de los grupos étnicos y originarios que, en términos estadísticos, son minoría, frente a los mestizos caribeños, en las dos regiones Autónomas. Esta situación, no prevista por nadie, está siendo aprovechada ahora por los mestizos caribeños alegando su peso en número y no renunciando a las prerrogativas autonómicas como grupo étnico. Ahora los mestizos del Caribe, algunos de los cuales exigen una tercer Región Autónoma, quieren retener lo mejor de los dos mundos, su hegemonía por el peso de su número (expresada en términos de representación en los órganos del gobierno autonómico) y las ventajas que les confiere la Ley de Autonomía. ¿Qué podemos decir? Si nos oponemos a las aspiraciones mestizas somos antidemocráticos, violando las propias reglas del sistema autonómico; si aceptamos tales aspiraciones, nos convertiremos en cómplices de un probable hegemonismo del Pacifico sobre el Caribe, a través de una parte de los mestizos mismos que comparten valores con ellos.


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