• Sept. 11, 2017, media noche

Como todo en el campo científico, la doctrina de las expectativas racionales es el centro de muchos debates sobre todo por la presencia de desviaciones respecto a lo que sería una expectativa racional. A nivel individual hay personas que aún creen que el universo tiene seis mil años de existencia, otros creen en platillos voladores y hay otros que hasta han visto diablos azules, pero estas desviaciones no impactan la idea de racionalidad. Sería útil un ejemplo. En el país hay una preocupación por lograr un crecimiento económico de, digamos, ocho por ciento, el doble del actual. El método de expectativas racionales requeriría plantear escenarios futuros, con un valor promedio esperado de ocho por ciento. Este sería el escenario optimista o el equilibrio bueno. El escenario alternativo pesimista o equilibrio malo sería seguir como estamos, con un crecimiento promedio de cuatro por ciento.

Para lograr el escenario optimista habría que construir mejores instituciones, capital humano adecuado, el ahorro interno necesario, una política de información sumamente amplia, una estrategia de modernización empresarial, etc. Para lograr el escenario pesimista nos quedamos como estamos, con mucha retórica, sin proceder a las reformas estructurales que demanda el equilibrio bueno. Cualquier escenario que se logre es racional pero el optimista representa el equilibrio bueno y el otro el equilibrio malo. La nación escoge su futuro. ¿Prefiere la comodidad del presente o el esfuerzo mayor hacia el futuro? Las expectativas adaptativas requerirían programar año con año tal como se hace actualmente, dar un pasito por acá y otro por allá, dando vueltas como si se estuviera bien atareado. El problema es que actualmente no solo no tenemos una estrategia de crecimiento compartida como visión de país sino que tampoco tenemos una política contracíclica, simplemente el “laissez faire, laissez passer”.

Las bases microeconómicas de las expectativas racionales son la información completa y la flexibilidad de los mercados, es decir la capacidad de ajustarse a los cambios en las condiciones económicas. Sus fundamentos son factores de oferta (no de demanda) como la tecnología, la población (el bono demográfico), las preferencias del mercado (en especial el externo), la educación, la calidad y el espíritu empresarial. Para bajar costos de transacción las instituciones deben funcionar eficientemente, un marco regulatorio óptimamente diseñado, y la corrupción eliminada.

Con mercados flexibles no sería tan persistente ni tan grande el subempleo ni el desempleo disfrazado (la buhonería). Hay aspectos institucionales que promueven el subempleo como los salarios mínimos, los costos de contratación laboral, la falta de inversión en equipamiento industrial; otros elementos institucionales reducirían el subempleo como los incentivos fiscales y crediticios. El criterio de las expectativas racionales implica olvidarse de las políticas de demanda, y las autoridades monetarias y fiscales deberían concentrarse en el control de los riesgos en la economía y evitar las decisiones discrecionales. Lo anterior implica seguir reglas fijas predecibles y transparentes. El aumento de la base monetaria únicamente a través del mercado cambiario no está mal pero contiene muchas vulnerabilidades, es mucho mejor en este caso la dolarización completa y desaparecer el riesgo cambiario y bancario.  El Ecuador, El Salvador y Panamá son ejemplos a imitar. No me imagino el costo de querer cordobizar el sist
ema monetario cuando las preferencias del mercado y del público están con el dólar. Las monedas locales enfrentan el ya conocido trilema que impone una escogencia necesaria: no se puede tener estabilidad cambiaria, autonomía monetaria y movilidad externa de capitales. La autonomía monetaria es propia de las economías autárquicas, son cosa del pasado.

Volviendo al problema de las desviaciones que se han expuesto en muchas instancias hay casos donde el beneficio de la información es tan poco que no amerita el costo de conseguirla. Bryan Caplan, de la George Mason University, cita una variedad de casos como el de los creyentes que no ven ningún conflicto entre religión y ciencia sin tener mayor conocimiento de teología y ciencia, o los que creen en fenómenos sobrenaturales y brujería donde el porcentaje de la población que los cree es una minoría; están las personas que votan por partidos políticos aún desconociendo sus programas y propuestas, o los socialistas revolucionarios que obstinadamente insisten en políticas totalmente desfasadas.

Estas desviaciones se conocen como “rational ignorance” y tienen un costo privado muy bajo, es decir el costo personal de practicar esas creencias lo que ofrece un contexto donde la irracionalidad puede persistir. No hay nada más cómodo que transgredir principios y con la confesión de creer que se salvaron si es que creen realmente en la salvación.   La vida no es como una ecuación donde lo positivo anula lo negativo. Estas situaciones se analizan mejor en teoría de juegos donde se demuestra que las pérdidas se sienten mucho más y se valoran más que las ganancias. El único efecto de estas creencias es aumentar la desviación pero no afecta el valor futuro esperado. La irracionalidad, esto es las desviaciones respecto a las expectativas racionales, son una excepción de la microeconomía más que una aplicación. Estas preferencias pueden ser manipuladas mediante acciones de desinformación. Como decía Walt Whitman, si no se leen periódicos uno está desinformado y si se leen uno está mal informado. 

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