• Sept. 13, 2017, media noche

Cuando mis hijos (tres varones) estaban pequeños, tenía que buscar creatividad hasta debajo de las piedras para poder “administrarlos”. Lo que me funcionaba con uno no necesariamente era igual con el otro; entonces, permanentemente buscaba maneras para corregirlos sin maltratarlos, a pesar de que había momentos que corría peligro de convertirme en la madrastra de Cenicienta, o de salir corriendo por las calles como loca. 

Con Alejandro, el mayor, me inventé una forma de calmarle los berrinches. Un día le dije: “Alejandro, vamos a botar al niño malcriado”. Lo tomé de la mano y lo llevé frente al inodoro, donde hice un gesto como quitándole algo de su cara, lo tiré en el inodoro y le pedí que bajara la palanca. Pusimos la tapa y salimos del baño… santo remedio. No sé cuántas veces lo repetí, no importaba donde estuviéramos, cuando le agarraba la “chiripiorca”, corríamos para el baño. Me funcionó por un tiempo, hasta que apareció Andrés (nuestro segundo hijo), y un día que intenté hacer lo mismo con él, me quedó viendo con una mirada escéptica y no se movió. Entonces tuve que buscar otra estrategia para él.

Todos los días tenemos retos porque hay que lidiar con situaciones incómodas o difíciles y con seres humanos de todo tipo, en el matrimonio, en la familia, en el trabajo, en el negocio, etc. Y hay momentos donde uno anda propenso a enojarse, a sofocarse, y si nos descuidamos podemos maltratar a los que nos rodean. A veces abrimos los ojos en la mañana y ya estamos de mal genio. Nos comportamos como “niños malcriados”, o bien, nos toca lidiar con personas que se comportan como tal. Los humanos somos propensos a dejarnos llevar por las emociones, como el enojo y la ira, pero es fundamental que aprendamos a controlarnos. Aunque tengamos razón, las manifestaciones de la ira son terribles, pueden llegar a ser hasta físicas. Las palabras hirientes que salen de nuestra boca no hay forma de traerlas de regreso.

Admiro a las personas que se conocen bien y hacen todo lo que está a su alcance para tener dominio propio, uno de los frutos del Espíritu como lo es la paz, la paciencia, la alegría…Gálatas 5:22-23. El otro día mi esposo me contó que estaba trabajando y lo llamó por teléfono una persona que lo sacó de sus casillas, a tal punto que cuando terminó la llamada, se levantó y se fue al baño. ¿Qué creen que hizo?... Se pasó las manos por la cara e hizo el gesto de botar al niño “malcriado”. ¿Qué tal?, hasta a los adultos les funciona. 

Hay muchas maneras de “agarrar aire” cuando estamos enojados; hay gente que da la vuelta y te deja hablando solo, o cierra los ojos y hace respiraciones profundas, o cuenta hasta 10 (yo probé esto una vez y cuando iba por 70 me di por vencida…); cuando “se me sale el indio, se me sale” (mi esposo y mis hijos son testigos), pero desde que decidí buscar a Dios más íntimamente, he venido experimentando cambios positivos en todos los aspectos de mi vida. 

Pero, ¿cómo nos conectamos con Dios para que el Espíritu Santo nos renueve y nos regale de esos frutos que mencioné? Sebastián, nuestro hijo menor, nos recordaba que para conectarnos con Dios necesitamos acercarnos a Él con una actitud de:

1Gratitud: agradeciendo, en vez de pidiendo.

2Alabanza: exaltando las cualidades y la grandeza de Dios. 

3Adoración: rendición; aceptar nuestra limitada humanidad y permitirle que trabaje en nosotros, como el alfarero trabaja el barro.

Como dice Efesios 4:26, enojémonos pero sin que nos controle el enojo, y no nos vayamos a dormir enojados. Esto último es clave para tener un matrimonio sano.

En resumen, aprendamos a botar al niño “malcriado.

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