• Sept. 18, 2017, media noche

“Ya se oyen los claros clarines, la espada se anuncia con vivo reflejo” .

Septiembre ha sido el mes de la patria y debería ser una época de reflexión sobre la situación del país y las costumbres del poder. Guardando las debidas proporciones, podría tomarse en cuenta que los idus romanos sirvieron para deshacerse de la demagogia política. Europa, en la posguerra, desarrolló una estrategia social única en la historia como un tributo a los sufrimientos y privaciones de sus pueblos. En Nicaragua, la pacificación en 1989, después de tanta violencia, fanatismo y barbarie, el pueblo no tuvo ningún reconocimiento, siguió con sus mismas privaciones, sus mismos temores por la falta de instituciones solo observando como una clase política inepta se repartía el escuálido presupuesto de gastos de la nación.

Aún más, el enfoque práctico y la búsqueda trivial del equilibrio que no del avance se distorsionó llevándolo a extremos de cinismo. Buscando un falso equilibrio, los nuevos gobiernos primero sacrificaron con el protocolo de transición, la oportunidad de una vasta reforma institucional como había sucedido antes en Costa Rica  y había sucedido también en Panamá. Siguieron las reformas políticas de 2000 que fue el comienzo de la degradación institucional. Siguió la división del voto liberal que había sido una conquista histórica, lo dividieron como quien divide un pastel ignorando por completo el sentido de la historia. Fueron dieciséis años de asonadas, inestabilidad, la búsqueda y el dominio de la calle, un falso celo en la rendición de cuentas, etc. hasta finalmente ceder el Gobierno, que no el poder. Podría decirse que más que un triunfo sin victoria el retorno de la oposición izquierdista fue el derrumbe de la razón práctica, el paso de una pax americana a una pax rusa.

Tras las elecciones del 2006, se desecharon las fuentes tradicionales de cooperación financiera sustituyéndola por fuentes estrictamente políticas, con sus respectivos condicionamientos. La política tributaria profundizó un objetivo completamente recaudorio; el gasto público se marginó de los criterios de eficiencia y optimalidad  proyectando una visión de asistencialismo partidista mal diseñado y peor medido. Siguió el hostigamiento a los programas de las Naciones Unidas. Para colmo, se expulsaron intempestivamente a inspectores que certificaban la calidad de las exportaciones del país, a estudiantes, a miembros de iglesias y se cerraron las fronteras a inmigrantes, salvo que fueran de la misma índole ideológica. El proceso electoral se vació de credibilidad siguiendo la pauta de regímenes extremadamente autoritarios. Sin embargo, sucede que a nivel regional aún prevalece una política de balances. Así, sobre el país está pesando la Nica Act que representa una conciencia superior a las estrecheces provinciana
s del país, y cuyas consecuencias están por verse.

En política las cosas se deshacen de la misma manera a como se hicieron, pero no se observa una convicción interna de proceder así. Una vez más, el país da muestras de vivir en un futuro no preciso, con métodos del pasado, pensando que unas futuras elecciones van a ser creíbles, sin percibir con claridad el fondo del precipicio.

Kissinger sostiene que la historia castiga, tarde o temprano la frivolidad estratégica. Lo que se ha reseñado son dos concepciones de la legitimidad del poder, una de corte liberal que toma en cuenta intereses más generales, afirmando que los grandes axiomas de la política derivan de un balance entre la diversidad de intereses y de actores.  La alternativa, que actualmente lleva a cabo el gobernante, supone que lo importante es el cálculo del poder. Si el liberalismo como producto de la Ilustración creía en las leyes del equilibrio, los fundamentalistas se apasionan por la voluntad del poder, tal como sostenía Carl Schimdt, un intelectual nazi que creó el estereotipo de que al enemigo hay que crearlo, de que todo se reduce a un cálculo, sin tomar en cuenta que esos métodos han quedado obsoletos ante los avances de la ciencia y la demostración de la estructura fractal de la historia. Me explico.

El país debe reflexionar que los riesgos son impredecibles; que los intentos por formular pronósticos lineales como los de Funides respecto a las consecuencias del Nica Act han sido superados por formulaciones más profundas sobre los comportamientos no lineales de los eventos en la historia. Estos procesos enseñan que pequeñas perturbaciones generan grandes consecuencias. Metafóricamente se demuestra que el aleteo de una mariposa en Brasil se transforma en un huracán en Texas.

Esta posibilidad responde a las leyes de la dinámica. La historia es un sistema dinámico, altamente complejo que puede presentar puntos críticos de inestabilidad (nuestra historia es una de inestabilidades), encrucijadas, bifurcaciones. Este efecto llamado Efecto Mariposa no es solo un sistema de predicción, sino también de modificación y control. Este efecto incorporó un fenómeno muy importante: dependencia sensible de las condiciones iniciales. Así, para entender y manejarse en sistemas dinámicos es mejor evitar los puntos críticos, las encrucijadas, ya que jugar a los puntos críticos o inestabilidad implica que las reglas del juego se cambian constantemente y conduce a resultados imprevisibles. Matemáticamente los comportamientos no lineales no se pueden predecir. Por eso Nicaragua más que un país de oportunidades es un país de sorpresas.

En este sentido, no se puede predecir con simplezas lineales, con simplezas predictivas, ya que todo va a depender del estrés político en el sistema, esto es, en el país, que tan agobiado está con los desequilibrios, en especial los sociales. A mayor estrés, menor linealidad y a menor linealidad, mayor estrés. Mientras más fallen las predicciones simples –hago esto sucede aquello- mayor es la posibilidad de consecuencias no esperadas, de sorpresas no anticipadas.

Esto determina el destino del sistema, es decir, países que pueden hundirse o incluso imperios. Para muestra la URSS. Así, las diferencias de concepciones políticas determinan el grado de inestabilidad. Si las divergencias son pequeñas, el sistema permanece sin cambios; a medida que las divergencias se amplían, el sistema va perdiendo estabilidad. Pequeñas perturbaciones producen pequeños cambios dependiendo de las condiciones iniciales, del estrés inicial en el sistema. Si las divergencias se profundizan y el estrés político adquiere intensidad, el 
sistema se torna complejo y surgen las encrucijadas y al final surge un nuevo orden. Es el orden surgiendo del desorden.

Ergo, se requiere una conceptualización profunda sobre el destino del país, incorporar la convicción de que la carreta no va a ningún lado si los bueyes jalan en distintas direcciones. Esto demanda de mucha claridad en las reglas del juego y la comprensión de los factores que desestabilizan el orden de un país. Superemos la escena cantada por Darío de que “Día a día cantamos la Marsellesa, para acabar danzando la Carmañola”, o sea, terminar bailando María de los Guardias. 

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