• Sept. 25, 2017, media noche

Por los años de 1950, los bancos centrales en Centroamérica mostraban un mecanismo de ajuste en sus balanzas de pagos que operaba en forma automática. Un superávit externo resultaba en un aumento en la oferta monetaria que, a su vez, producía un aumento en las importaciones equilibrando el mercado monetario. Si se producía un déficit externo, el mecanismo se revertía disminuyendo la oferta monetaria e igualmente  reduciendo las importaciones y se restablecía el balance en el mercado monetario. En resumidas cuentas, todo desequilibrio externo se asociaba con un ajuste monetario de manera automática, sin intervención gubernamental. El primero que observó dicho mecanismo fue Robert Triffin, quien lo llevó al FMI y luego Harry Johnson le dio expresión matemática y operacional. Había nacido el enfoque monetario de la balanza de pagos, que en Nicaragua se adoptó en los años de 1970 al incorporarlo a la programación financiera. 

Sucede que Triffin fue también el pionero en la reformulación del dilema económico o paradoja del dólar, en los años  de 1960, cuando bajo el sistema de Bretton Woods puntualizó que el país cuya moneda se usaba como moneda de reserva para las transacciones internacionales debe estar dispuesto a suplir al mundo con la oferta de dinero que sea demandada conduciendo este mecanismo a un déficit comercial externo en el país de reserva. La utilización de una moneda, en este caso el dólar, como moneda de reserva lleva a una tensión entre el equilibrio interno y externo en el país de reserva (EE. UU.). Es decir, al ser el dólar una moneda de reserva internacional implica que el país en cuestión tiene que incurrir en desequilibrios en su balanza de pagos, sacrificando muchas veces sus políticas internas. Por ejemplo, en la crisis financiera de 2007/8, esta paradoja contribuyó al desbalance global entre el ahorro y la inversión, conduciendo a la crisis financiera.

Si el dilema es un juicio con dos proposiciones excluyentes (equilibrio interno vs. equilibrio externo), el trilema es un juicio con tres proposiciones excluyentes, es decir solo dos puede un país utilizar sacrificando la tercera, cualquiera que sea. Las tres proposiciones son: estabilidad cambiaria, libre movilidad de capitales y autonomía monetaria. Por ejemplo, la subida de la tasa de interés en EE. UU. en la crisis de 1999/00 fue rápidamente seguida por aumentos en otros países avanzados y en desarrollo independientemente del  ciclo económico en que se encontraban. Es decir, todos seguían las tasas de interés de la moneda de reserva, no importaba si su tipo de cambio era flexible o fijo. Se supone que una de las propiedades del tipo de cambio flexible es que permite la independencia monetaria. La crisis de 1999 y otras anteriores fueron un rechazo a dicha propiedad. Incluso, en los países emergentes sus activos financieros se comportan como “bonos chatarra”, ya que pagan un mayor premio al riesgo país o al riesgo cambiario.

La flotación cambiaria es el argumento clásico para las políticas discrecionales, los tipos de cambio fijos lo son para las reglas fijas. Pretender una política discrecional con tipo de cambio fijo es una contradicción y es autoderrotable. Bajo tipo de cambio fijo y movilidad de capitales el ajuste ante un shock sigue el mecanismo del enfoque monetario de la balanza de pagos. La fluctuación del tipo de cambio ha venido reflejando problemas de credibilidad, transmisión rápida a los precios y el problema de los pasivos externos, situación conocida como “temor a la flotación”. O sea, los países que flotan su tipo de cambio se comportan como si estuvieran con tipo de cambio fijo debido a problemas de credibilidad.

Los ejemplos que se han mencionado se refieren a la pérdida de soberanía monetaria no importa si son economías avanzadas o en desarrollo. Pero, qué se puede decir sobre la soberanía política. Dani Rodrik, quizás el estudioso más importante de la globalización, analiza este problema en su libro La Paradoja de la Globalización. Rodrik analiza el siguiente trilema como consecuencia de la globalización: limitar la democracia para minimizar costos de transacción internacionales; limitar la globalización para reforzar la legitimidad democrática; globalizar la democracia a costa de la soberanía del país. Como en las otras paradojas hay que escoger: un país puede globalizarse ampliamente y tener democracia, pero renunciando a sus políticas nacionales; se pueden mantener las políticas nacionales y también globalizarse, pero renunciando a la democracia; o se puede tener democracia y políticas nacionales, pero renunciando a la integración completa a los mercados externos.

Se han aducido dos ejemplos en relación con la paradoja de globalizarse. Argentina en su crisis de 1999/00 llevó al extremo sus compromisos internacionales llevando a cabo políticas represivas sobre su población con el resultado de la caída del Gobierno; el Gobierno privilegió sus obligaciones externas y preservó su democracia, pero abjuró de sus obligaciones internas y finalmente la democracia provocó un cambio de régimen. Actualmente, Venezuela está priorizando sus obligaciones externas pero a costa de sacrificar absurdamente el bienestar de la población y lo más probable sea también un cambio de régimen. El corolario podría ser que un país pobre, con escasez de capital humano, con instituciones muy vulnerables y una orientación eminentemente mercantilista su mejor opción es la globalización completa. La actual arquitectura internacional no permite aprovechar las oportunidades que tuvieron los países del Este Asiático y solo un país como China puede desafiar las actuales reglas del juego, así que lo mejor y más práctico es asegurarse un intercambio fluído de bienes, servicios, de capital y mano de obra con instituciones democráticas globales; los políticos criollos que vayan a casita a descansar.

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