• Oct. 4, 2017, media noche

La semana pasada cumplí 50 años y en la víspera de llegar a esa edad, se me cruzaron muchas cosas en la cabeza; desde ponerme un tatuaje, hasta replantearme el camino que debo tomar para que se cumpla el propósito que Dios tiene para mi vida.

¿Dónde se fueron 50 años tan rápido? Creo que la primera mitad “transcurrió despacio”, pero la segunda, se esfumó. Entonces analicé mi vida en cuatro etapas: 

De 0 a 18 años: tímida, insegura, temerosa. Dios era un señor grandote, sentado en un trono, con un látigo en su mano derecha listo para darme con él si me portaba mal; Jesús, su hijo, pero para mí sin mucho protagonismo. Dios “tenía sus momentos de compasión”, cuando en distintas situaciones difíciles de mi vida le pedí que me ayudara y algo sentí de consuelo y tranquilidad. O sea, el “Dios castigador”, pero compasivo de vez en cuando en la medida que yo lo buscara. 

De los 19 a los 27 años: por las circunstancias que me tocaron vivir, exilio, inestabilidad, limitaciones económica, problemas matrimoniales, “El Señor es mi Pastor nada me faltará” se convirtió en parte de mi vida (Salmo 23).  En los momentos difíciles, volteaba a ver al cielo y pedía ayuda. El “Dios de la gaveta”. Lo sacaba cuando lo necesitaba y lo volvía a guardar cuando todo estaba en orden. Jesús, por ahí seguía pero con poco protagonismo.

De los 28 a los 45: me creo la dueña del mundo; un amigo me decía “la Súper Karla”, por burlarse. Ocupada todo el tiempo tratando de desempeñar mis roles con excelencia: esposa, madre, hija, profesional. Conozco a Jesús y al Espíritu Santo, y logro entender el rol de cada uno de ellos en mi vida. Experimento una transformación y mis prioridades toman un nuevo orden. Ahora Dios, ya “acompañado”, se convierte en el “Dios de la bandeja”: pongo mis problemas en Su bandeja, recibo alivio pero luego se los quito porque “no me los resuelve” en el tiempo que quiero y/o de la forma que quiero. Intento solucionarlos, y así ese círculo vicioso por años. Además, hago una lista de todas las cosas buenas que hago y las malas que no hago y se la presento a Dios constantemente reclamando lo que según yo me merezco por mi “buen comportamiento” ¡ORGULLO! Sin embargo, la “Súper Karla” se cansó y tiró la toalla. Justamente era lo que tenía que haber hecho desde el inicio: RENDIRME. 

De los 46 a hoy: inicio una búsqueda intensa para conocer a Dios de una forma más íntima, leyendo la Biblia, libros con mensajes de fe y sobre el Espíritu Santo; aumentando mis momentos de oración, adoración, escuchando alabanzas, charlas, prédicas, testimonios de vida, todo lo que tenemos disponible. Hasta entonces comienzo a experimentar lo que significa tener una amistad con Dios y me doy cuenta que emociones que antes me aplastaban (temor, inseguridad, inestabilidad, etc.) y hasta me provocaban afectaciones físicas, van poco a poco desapareciendo. Logro entender  que se trata de EL y no de mí; que en su presencia no te falta nada. A los 48 años me diagnostican un cáncer de seno y tengo que pasar por cirugías y tratamiento de quimioterapia; los 5 meses más difíciles de mi vida, pero los mejores hasta hoy. En esa batalla descubro al Dios de la botella de agua……

Cuando mi esposo y yo caminamos en las mañanitas, el siempre lleva una botella de agua y me va ofreciendo. A veces bebo, a veces no; pero cuando tengo sed yo sé que él está a mi lado con la botella, puedo beber cuando quiero. A esto me refiero cuando les digo el Dios de la botella de agua. Mientras estaba en los momentos más difíciles de mi vida descubrí que podía “beber de Su botella” lo que yo quisiera y necesitara: paz, consuelo, fortaleza, energías, fe.

Jesús dijo: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba….” Juan 7:37. 

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