• Nov. 8, 2017, media noche

Este fin de semana que pasó, mi esposo, nuestro hijo Alejandro y yo fuimos a visitar a nuestro hijo Andrés. Juega futbol para su universidad y es tradición que antes de iniciar el último juego de la temporada, les hacen un homenaje a los jugadores que se gradúan en ese año. No puedo describir la emoción que sentimos cuando caminábamos con él para recibir su camiseta del equipo enmarcada.

Mientras el presentador daba un resumen de sus logros como jugador, recordé aquella tarde hace cinco años, cuando nos sentamos frente a la computadora para hacer una lista de las universidades en Estados Unidos donde aplicaría. Las variables más importantes de la ecuación universitaria eran tres: que tuviera la carrera que quería, que lo aceptaran en el equipo de futbol de Primera División y que le dieran una beca. Cuando terminamos la lista, le pasé el archivo para que continuara con los siguientes pasos: llenar las aplicaciones y enviar videos de sus juegos a los entrenadores.

Tengo que confesar que cuando vi los parámetros que nos habíamos puesto, pensé que sería casi imposible. Quizás encontrar universidad que tuviera su carrera y además lograr algo de beca no era tan complicado, pero que además lo aceptaran en un equipo de Primera División eran “otros cien pesos”. 

Como dije en la columna de la semana pasada, todo es posible para Dios y gracias a Él, y por la disciplina y perseverancia, Andrés logró todo lo que aquella tarde se había propuesto. Vale mencionar que para mi esposo y para mí, apoyar con la educación universitaria a nuestros hijos ha sido una gran prueba de fe… Más bien, ha sido ¡prueba, tras prueba, tras prueba…!

Encontré un significado de fidelidad que me gustó mucho para lo que quiero compartir en este artículo. Fidelidad es una actitud de alguien que es fiel, constante y comprometido con respecto a los sentimientos, ideas u obligaciones que asume.  Una de las parábolas más conocidas de la Biblia es la de los talentos (monedas); esta trata sobre un señor que tenía tres empleados y cuando se fue por un tiempo, les entregó para cuidarlas, cinco, dos y una moneda respectivamente. Cuando regresó pasaron uno por uno a rendirle cuentas y los dos primeros habían duplicado el número de monedas que recibieron, entonces les dijo: “Buenos siervos y fieles; sobre poco han sido fieles, sobre mucho los pondré” (Mateo 25:23). En cambio, el que recibió una moneda, por temor, la enterró y le entregó malas cuentas a su jefe. 

¿Cuántas veces nos ha tocado estar en un trabajo que no nos gusta, o tener un negocio que no crece; peor aún, un matrimonio que se desbarata poco a poco? Nosotros muchas veces hemos enfrentado situaciones donde el camino que parece más fácil es dejar de luchar, dejar de perseverar, ceder al temor, y terminamos “enterrando la moneda”.Andrés pudo haber hecho lo mismo, llenarse de temor, perder las esperanzas de ser escogido cada vez que la respuesta de un entrenador no llegaba. Pero Dios le dio cinco monedas y decidió  ser fiel en cada oportunidad que tuvo: jugando en el equipo de su colegio, en las ligas de Don Bosco y de San Judas, o un verano en un campamento del Milán; en la Copa Viareggio en Italia o en la liga NSPL de Estados Unidos; en la juvenil de un equipo de Primera División en Managua, o cuando lo invitaron del mismo equipo para jugar con la mayor. Cuando fue momento de “entregar cuentas” y aplicó a las universidades, Dios honró su fidelidad y lo “puso sobre lo mucho”. 

Seamos fieles donde Dios nos ha puesto; tal vez es un trabajo o un negocio, quizás es en nuestro matrimonio. Perseveremos y tengamos fe. No “enterremos las monedas.” 

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