• Nov. 7, 2017, media noche

Segunda entrega

El conjunto de prioridades planteadas requiere de un mecanismo de coordinación donde se junten el sector privado y el público. No obstante, con frecuencia se escucha a voceros empresariales enfatizar que del gobierno solo esperan que actúe como un facilitador ya que el sistema prevaleciente es el sistema de mercado donde la pequeñez del Estado es un sine qua non. Esta posición refleja una gran contradicción que compromete cualquier estrategia económica. La contradicción se encuentra en la relación entre competencia de mercado y democracia.

En una democracia la competencia es libre en el sentido que no existen costos importantes o barreras artificiales que impiden que una persona se postule a un cargo público y ofrezca a los votantes un programa electoral. A su vez, en un sistema de libre empresa o de mercado las empresas son competitivas sin ninguna ayuda o interferencia gubernamental y solo sobreviven las empresas de más bajo costo, las más eficientes. Esto es lo que significa el sistema “laissez faire, laissez passer” (dejar hacer, dejar pasar). De igual modo, en una democracia solo los partidos políticos de más bajo costo respecto a los competidores, los más eficientes, sobreviven; un sistema de libre empresa es incompatible con estructuras oligopólicas, y una democracia es también incompatible con plutocracias o grupos de presión. 

En estas condiciones, una industria o una estrategia económica sería manejada con igual eficiencia por el Estado o por el mercado, dependiendo de si el partido político es más eficiente (costos más bajos) que la empresa más eficiente.

El corolario de esta digresión es que en el país así como no existe la libre competencia en el mercado, tampoco la hay en el sistema político. El mercado está estructurado por grupos monopólicos u oligopólicos y el sistema político lo está por grupos de presión o grupos con una agenda distinta a las preferencias electorales. Y así como en el mercado hay una extensa informalidad al margen de prebendas, en el sistema político existe un extenso segmento poblacional al margen de los procesos electorales, los votantes electorales independientes. Estos son nuestros verdaderos NI-NI, ni mercado ni elecciones. En estas condiciones la pregunta obligada es cómo diseñar e implementar una estrategia económica que pone en entredicho al status quo. No hay laissez faire en el mercado y tampoco hay democracia política.

Cuando se habla de costos bajos no se refiere a que prevalezcan salarios baratos sino al contrario. La productividad en las distintas áreas de actividad depende de la cantidad de conocimiento que se tenga. La dependencia del conocimiento vincula la división del trabajo al progreso económico. A su vez, la especialización y la división del trabajo dependen de los costos de coordinación. Es esta coordinación la que produce rendimientos crecientes y da vuelo a los impulsos endógenos del crecimiento. Pretender lograr altas tasas de crecimiento sostenibles con la simple acumulación de factores productivos, y peor aún de baja calidad, es una idea equivocada. La historia está llena de estrategias fallidas porque nunca superaron la etapa más sencilla del crecimiento, la de los rendimientos decrecientes. 

Una función importante de los empresarios es la de coordinar los diferentes tipos de trabajo y capital lo que les permite reducir los costos de coordinación.  Con los políticos es igual ya que su especialidad es coordinar el trabajo y el capital para producir bienes públicos y su conocimiento del mercado político les permite reducir los costos de coordinación. Así, es imperativo que empresarios y políticos, unos con conocimiento del mercado de bienes y los otros del mercado político formen equipos de trabajo en un plano de igualdad para bajar costos de transacción. 

En esta tarea hay que poner la mira en el futuro y no puede ser implementada ni por políticos ni empresarios convertidos en estatuas de sal de tanto mirar al pasado. Ojalá no nos hagamos eco de esos personajes novelescos empeñados en remar en contra de la corriente, en una búsqueda porfiada del pasado.   

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