• Nov. 22, 2017, media noche

Este fin de semana anduvimos de paseo con varias parejas, la mayoría más jóvenes que nosotros, algunas aún sin hijos, otras sí, pero pequeños. 

Confieso que me dio un poco de nostalgia de los años cuando nuestros hijos tenían esas edades. El estar pendiente de ellos, de vestirlos, de servirles la comida… “mami mirá esto, o papi vení… o dejen de estar peleando, no jueguen así” y los abrazos apretados…

Sé que son años difíciles, cansados, a veces desesperantes, especialmente cuando uno está debutando como padre, tratando de hacer las cosas bien, aprendiendo de los errores, pidiendo consejos a los más experimentados; pero son años que pasan demasiado rápido. Ahora reflexiono sobre cuánto tiempo perdí trabajando fuera de casa más horas de las requeridas… Si lo pudiera hacer otra vez, definitivamente lo haría diferente.

Hay muchas cosas que extraño de los años de niñez y adolescencia de nuestros hijos, pero creo que lo que extraño más son aquellas interminables conversaciones durante la cena. Era para todos como una cita que esperábamos con ilusión. Había risas, a veces disgustos, eran los momentos donde todos poníamos nuestro corazón sobre la mesa; intercambiando inquietudes, experiencias, aconsejando y pidiendo consejos.

 Nosotros decidimos estar muy pendientes de nuestros hijos, pero no solamente de sus necesidades o de su educación y crianza, sino también de sus corazones. Sin estar encima de ellos exasperándolos, estábamos atentos de lo que estaba sucediendo en sus vidas; todavía lo estamos, y el resultado ha sido  el canal de comunicación que hemos logrado tener con cada uno de ellos. 

Tenemos tres hijos con personalidades diferentes, unos se comunican más que otros.

Hemos promovido la comunicación positiva, abierta, honesta. En la medida que iban creciendo y madurando, incorporábamos nuevos temas a nuestras pláticas, como por ejemplo, sexo, alcohol, drogas, entre otros, tratando de promover la apertura y la confianza entre nosotros, dejando claro los principios y valores sobre los cuales hemos construido nuestra familia. Fuimos identificando cuáles temas preferían abordar con su papá y cuáles conmigo. Ahora que son mayores, el canal de comunicación que abrimos con ellos y hemos logrado mantener a pesar de la distancia, todavía prevalece. Una de las cosas más preciadas de nuestra familia es precisamente la comunicación, y no solo la nuestra con ellos y viceversa, sino también la que hay entre ellos. Me he fijado que son muy discretos con lo que se cuentan entre ellos, de la cual no nos hacen parte; está bien, no tenemos que saber todo siempre. 

Hemos hecho algunas cosas que nos han ayudado a tener una buena comunicación con nuestros hijos y nos gustaría compartirlas:

1Escuchar. Muchas veces ellos necesitan que escuchemos más de lo que hablamos.

2Respeto ante todo. A veces no querrán hablar; hay que buscar el momento.

3Cuando quieren platicar, no se vale el “multitasking”; hay que darles toda la atención.

4El tiempo especial con cada uno es importante. Un día a mi esposo se le ocurrió la noche padre-hijo. Se iba con uno de ellos, lo invitaba a cenar a su restaurante favorito, y pasaban un rato compartiendo. Yo me copié e hice algunas cenas madre-hijo, que me permitieron estrechar aún más la comunicación con ellos. 

5El desayuno familiar en las vacaciones cuando se juntan todos en la casa. Esto ya es una tradición en nuestra familia que la planeamos desde antes que comienzan a llegar. De alguna manera, en ese desayuno revivimos las cenas donde se daban aquellas interminables conversaciones.

Todos tenemos múltiples ocupaciones y los días pasan muy rápido, pero la inversión de tiempo en nuestros hijos debería ser una prioridad para nosotros. Escucharlos nos da la oportunidad de saber por dónde andan sus sueños, sus preocupaciones, sus temores; nos da chance de reaccionar rápidamente ante cualquier situación y buscar ayuda si fuera necesario. Lo que comencemos a sembrar en sus vidas desde niños, lo cosecharemos cuando lleguen a la adolescencia y más allá.   

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