• Dic. 6, 2017, media noche

Hace un tiempo conocí el término “resiliente” y encontré un artículo en el Internet escrito por Rosario Linares, sicóloga y sicoterapeuta: “Resiliencia: los 12 hábitos de las personas resilientes.” Ella comienza definiendo resiliencia como la capacidad que nos permite afrontar las crisis o situaciones potencialmente traumáticas, y salir fortalecidos de ellas. Continúa diciendo que la resiliencia no es una cualidad innata, aunque puede haber una predisposición genética, sino, algo que podemos desarrollar en el transcurso de nuestras vidas. 

Conversando con mi esposo, reflexionábamos que hoy en día la máxima preocupación de los niños y jóvenes es que se caiga el Internet. Recordábamos que cuando nosotros éramos adolescentes, durante los años 70, nuestras preocupaciones eran los enfrentamientos que se daban en las calles de Managua, entre guerrilleros y guardias, o divisar un avión del Ejército dejar caer bombas en el residencial contiguo al nuestro. Hoy nos sorprendemos de haber vivido esas situaciones; en aquel momento tuvimos miedo. Evidentemente, si conversamos con personas de nuestra generación que nos tocó experimentar una guerra y en algunos casos un exilio, lejos de nuestra familia como fue nuestro caso, nos damos cuenta que las dificultades que nos tocó enfrentar no solo hicieron que maduráramos más rápido, sino, que nos convirtieron en personas “resilientes”. 

Nuestros padres permitían que de niños nos metiéramos al mar sin supervisión; por el contrario, ahora somos cautelosos. Mi esposo se compró un silbato de árbitro para cuando íbamos al mar con nuestros hijos… Siempre andaba el silbato en la boca caminando de un lado a otro en la costa, controlando a los tres chavalitos… en Pochomil deben de haber dicho “ahí está el loco del silbato otra vez.” 

Recuerdo un incidente en el colegio de nuestros hijos, que era académicamente demandante; cuando varios profesores habían puesto exámenes y entregas de trabajo en una misma semana, una mamá envió un correo a todos los padres del aula pidiendo apoyo para hablar con el director para que dejaran sin efecto los exámenes. Ella argumentaba que los muchachos no estaban preparados para tomarlos, porque habían dedicado su tiempo a los trabajos y que en una semana sería imposible prepararse. Se me cayó la mandíbula después de leer el correo y peor aún, cuando la misma mamá me llamó por teléfono buscando aliados, llamada que no contesté por supuesto. Cuando llegué a mi casa le conté a mi esposo y a mi hijo lo sucedido y les dije, --ya quisiera yo en mi trabajo poder decirle al jefe, sabe qué, no tengo tiempo para hacer esto hasta que termine de hacer lo otro--. ¡Bienvenidos a la vida real!

Ejemplos como estos hay miles, y tal vez algunos pensarán que soy demasiado estricta, pero no me parece sano ni correcto abogar por nuestros hijos con las autoridades escolares para que les hagan la vida más fácil. En nuestros tiempos había que bucear en unos libros gordos y gigantes que se llamaban enciclopedias para poder hacer una tarea… ahora solo entran a Google donde están todas las respuestas que ni siquiera transcriben, sino, que les dan “copiar y pegar”. 

Nosotros hemos estado de acuerdo en que “ponerles almohadas” a nuestros hijos para que no se golpeen en la vida es un error. Les hemos permitido tomar decisiones, equivocarse y sufrir las consecuencias; pero al mismo tiempo les hemos hecho reflexionar para que aprendan de las situaciones difíciles y de sus errores. Sin saberlo, estábamos desarrollando en ellos la resiliencia. Nuestros hijos están lejos de ser perfectos, pero si algo tienen es que son luchadores, enfrentan las circunstancias difíciles con valentía (unos más fácilmente que otros), y experimentan la satisfacción de sus logros cuando alcanzan sus metas.

Hay una cita que le repetimos a nuestros hijos muchas veces: “Esfuérzate y sé valiente, y haz la obra; no temas ni te acobardes, porque el Señor Dios está contigo. Él no te fallará ni te abandonará…..” 1 Crónicas 28:20.

elpoderdelamor2016@gmail.com

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