• Sept. 18, 2007, 3:25 p.m.
¿Dónde pongo este país de mi alma
para que nadie más me lo golpee?
Nicaragua herida sangra lodo
por las llagas abiertas de su corazón.

A veces me dan ganas de agarrar a Nicaragua, mecerla y cantarle una canción de cuna. Lo escribí en ese poema que cito arriba y que escribí cuando el Mitch.
La canción de cuna es así:
Dormite Nicaragua,
dormite mi amor,
dormite paisito
de mi corazón.

El poeta cubano Nicolás Guillén decía que él quería ponerle remos a la isla de Cuba y llevársela lejos de Miami. Lástima que pese tanto la tierra y que no podamos alzarla y guardarla de todos los males, guardar sobre todo, a la gente de esos lugares castigados por la furia de los elementos.

Me alegro que el Gobierno se haya movilizado rápido y que las víctimas hayan sido pocas. Me alegró y me provocó admiración leer que la Ministra de Salud estuvo en Puerto Cabezas para el huracán, para así poder salir inmediatamente a ver los daños y tomar medidas. De todos los funcionarios de este gobierno, tengo que admitir que ella es mi preferida. Es fuerte, tranquila y se nota que es mujer de armas tomar, en este caso armas buenas como la asistencia médica.
Es heroico tomar un sistema de salud como el nuestro y tratar de mejorarlo y más heroico aún tratar de hacerlo en condiciones de desastre. Así que, como mujer, me siento orgullosa de ella y la felicito. Ojala cuente con todo el apoyo necesario. Y ojala su heroísmo la lleve a tomar un papel destacado en la lucha no heroica pero cotidiana de ese huracán silencioso que son las amenazas que pesan sobre las vidas de las mujeres. Tanto por la violencia doméstica, como por la falta de planificación familiar, como por esa cuestionable y mortífera ley que prohíbe el aborto para las madres en condiciones de riesgo mortal por los embarazos.
Necesitamos esa clase de energía también para las catástrofes cotidianas.

Pero no quiero desviarme del tema, ni de la tragedia de tanta gente desplazada, sino señalar lo imponentes y hermosas que son las energías que se desatan a partir de la solidaridad en las grandes debacles causadas por diversas causas.

Es como si los seres humanos tuviésemos lo mejor de nosotros mismos guardado para las tragedias. Es en éstas donde salen a relucir las cualidades que tanto bien nos harían si pudieran mantenerse despiertas y vivas para los dramas que a diario enfrentan tantos de nuestros semejantes en la vida cotidiana. Las mujeres, por ejemplo.
¿Por qué somos así los seres humanos? Nos movilizamos y nos desmovilizamos con tanta facilidad. No tengo la respuesta. Me lo he preguntado muchas veces. Lo más cerca que he llegado a una comprensión del fenómeno es pensar que hay algo que despierta en nosotros cuando se afecta nuestro sentido de colectividad y la vida de muchos corre peligro.

También pienso que tiene que ver con que la correcta manera de actuar está clara frente a nuestros ojos y no requiere ni de análisis, ni de “poner la barba en remojo” ni siquiera para las que no tenemos barba. Cuando está claro el objetivo y las vidas de otros semejantes corren peligro, el heroísmo surge espontáneo casi del fondo de los corazones.

Apenas pasa el peligro, sin embargo, volvemos a nuestras crisálidas.

¿Por qué es tan difícil la solidaridad cotidiana? Meditemos la pregunta sin olvidar la solidaridad que demanda esta emergencia.

Septiembre 5, 2007
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