• Ago. 17, 2008, 5:12 p.m.
Esta tipología de letrados que presentaré, nace de un comentario crítico que me despertó la obra de Carlos Midence, “La invención de Nicaragua”, la cual carece de ella. Para aproximarme un poco más a esos “otros” de la ciudad letrada que, para mí, son los desilustrados, en nombre de los cuales han venido hablando, para bien o para mal, intelectuales modernos de todo tipo y lugar, decidí presentar una tipología tentativa sobre ellos.

No es una tipología educativa ni sociológica propiamente dicha, sino una caracterización de celdas abiertas de un panel articulador de diferencias de poder entre unas categorías y otras.

Carlos Midence habla en general de los letrados, siguiendo la tradición de Ángel Rama y su obra canónica “La ciudad letrada” y vincula esta matriz a la poesía en Nicaragua como ficción fundante, siguiendo la tradición de Doris Summer, articulándola con la polis y su identidad como nación poética.

Todo el trabajo está cubierto por el paradigma del poder que han ejercido en condiciones coloniales / modernas, las elites letradas y las formas que tienen de seducir, disciplinar, controlar y racializar, precisamente, a los “otros” de esa ciudad. “Otros”, que todos los días quiebran sus normas jurídicas, corrompen su etiqueta, desfiguran las reglas gramaticales, ignoran bibliotecas, se resisten a visitar archivos y museos, irrumpen periódicamente a través de revoluciones, o ahora, en los medios de comunicación, se presentan sin mucha mediación letrada como: en la nota roja, los talk y reality shows o con su desobediencia epistémica desde sus “otras” racionalidades (campesinas, desilustradas, étnicas y aborígenes).

Esa ciudad, cuyo vientre reproductor de pequeña abeja reina, son las universidades. Las cuales producen cuadros para el Estado (la verdadera ciudad letrada postcolonial, por su monopolio de la violencia legítima), las cúpulas de la sociedad civil y el mercado.

Dentro de los regímenes escriturarios, la norma es la diferencia que se establece entre todos los que la habitan como universo dominante. Pueden incluso tratar de anularse entre ellos por medio de cosmovisiones, teorías, ideologías y hasta guerras, pero siempre compartirán esa hermandad secreta de segundo grado que es la reflexión a través de la escritura y la lectura. No hay “afuera” en este universo. O no hay nada o están los bárbaros a los que hay que reducir. Las universidades y sus representantes, sean críticos o apologistas, la ven siempre desde adentro hacia el mundo que hay que refinar.

Todos ellos, pese a sus diferencias entre modelos (tomista, humboldtiano, napoleónico, norteamericano, reformista) y métodos (tradicional, aprender jugando, liberacionista, constructivista, facilitador, alternativo, aprender a aprender, etc.) nunca ponen en cuestión la violencia gramatológica o más bien, seducción, que ejercen entre los “otros/as” no letrados/as.

Obviamente, no todos los ilustrados son iguales entre ellos. Aún dentro de las recámaras de la “abeja reina”, se establecen campos de lucha, jerarquías que les llegan de mil fuentes (como demostró Bourdieu para las grandes universidades francesas) y que suponen parecer a las altas casas de estudios, verdaderos campamentos militares en tiempos de paz (con su cuerpo de oficiales, reclutas, ordenanzas, simulacros, capacitaciones, contingentes ante desastres, entrenamientos, rutinas, mapas y burocracias). Del mismo modo se reproduce ese modelo, a veces con menos disimulo y elegancia, en los techos del Estado y de la sociedad civil.

El régimen escriturario (asediado desde siempre por amplias mayorías semiletradas) es débil en países como Nicaragua. Sus miembros son minoritarios y subalternos epistémicos de las metrópolis. Están expuestos constantemente a crisis periódicas.

Primero por factores económicos, quebrando la movilidad ascendente de la meritocracia académica, donde no siempre los doctores son los dirigentes principales de un país, a veces ni siquiera de la misma universidad para que la trabajan; donde los hijos heredan las empresas de sus padres, sepan leer bien o no; donde las destrezas en mercados reducidos no necesitan las calificaciones de las economías de escala y los más obedientes políticamente, muchas veces letrados básicos, escalan más rápido en las esferas del Estado y la sociedad civil, que letrados de mayor calificación.

Segundo, la crisis más fuerte le llega al régimen letrado, de los medios audiovisuales y su actual hegemonía, que ha encontrado a receptores semiletrados o iletrados completos, como rescoldo amplio y poderoso de sus propias estrategias de dominio y hegemonía frente al mundo de la imprenta y la escolaridad.

La universidad no sólo está involucrada en el fenómeno como institución, sino también como paradigma epistémico (ajustándose al mercado y a las nuevas tecnologías) y ha tenido que reconocer el debilitamiento del régimen letrado y escriturario en sociedades que jamás fueron, ni cercanamente, alfabetizadas. Nos engañamos al confundir nuestra misión “civilizadora” con la realidad, que nos hizo ocultar nuestro carácter siempre minoritario y elitista. Hay que decirlo con todas las letras: los letrados, en especial los superiores, nunca hemos sido mayoría en nuestro país.

Por aquí debiera empezar todo evaluación descarnada sobre las universidades en países postcoloniales. Esta conciencia de minoría cambia todo el modo de ver la sociedad, sus grupos sociales y las relaciones de poder que se establece entre todos ellos. Pero sobre todo el poder de crear, recrear o reproducir de los letrados superiores o intelectuales, ideas que, tarde o temprano, recogerán (y morirán o matarán por ellas), los no letrados.

La idea que el pensamiento, precisamente, es el núcleo más importante de todo ser humano y que es la cabeza, para todo occidental, el más valioso de los tesoros, como una vez lo señaló Osho (recordando la anécdota de Alejandro Magno contra un sabio hindú al que lo amenazó con cortarle la cabeza sino le respondía sus preguntas) lleva de la mano a la conclusión que los profesionales del pensamiento, es decir, los intelectuales, son lo más preciado, aunque no los más poderosos, entre todos los grupos sociales.

Sus conceptos madres, de los que no pueden prescindir, a menos que estén resueltos a suicidarse intelectualmente y desaparecer como grupo social, son la representación, sobre todo de los demás (y hasta de sí mismos cuando las cosas se vuelven críticas para ellos), y la emancipación, de la que siempre se presentan como confidentes del porvenir. Su mundo son las ideas y sus casas las universidades, pero tal cosa no los libra del mundo de luchas y estrategias que se encuentran en todos lados, tanto entre ellos, como de todos ellos contra los “otros”, ya sea para seducirlos o neutralizarlos.

¿Pero quiénes son los “otros”? Pregunta clásica que le hicieron una vez a Edward Said (La representación del colonizado) a la cual respondió, que precisamente de eso se trataba todo, de averiguar quiénes son para seguirlos dominando. No sé si yo traiciono esa estrategia de Said y en general de los postcoloniales, al hacer una tipología que, en cierto sentido, destruye definiciones únicas, homogéneas y universales. Es decir, propongo no definir nada, quebrar un concepto, desmenuzarlo, astillarlo y ofrecerlo de modo oblicuo para cubrir, precisamente, su retirada de una mirada colonizante y racializadora.

Estoy claro que la tipología que presentaré, adolece de un respaldo empírico y estadístico, fácilmente obtenible de los censos nacionales más recientes y algunas presunciones cuantitativas. Pendiente de ello, debo alertar que, sin embargo, el propósito no es atiborrar de cifras y hablar en su nombre, sino establecer una cartografía, que nos oriente en este régimen y nos pueda brindar mejores pistas que otros más clásicos, como el marxista de clases sociales, el neoliberal de empresarios y mercado, el postmoderno de movimientos sociales entre otros. Para el caso específico de las universidades, romper su condena de producir empleados o desempleados, altamente calificados, o egresados que produzcan ellos mismos las empresas que, a su vez, ofrecerán empleos.

Es de mi interés resaltar la conexión que guardan, dentro de regímenes letrados, hegemónicos, pero minoritarios, en países postcoloniales: el Estado y los desilustrados diversos, subalternos, pero mayoritarios que lo acompañan en sus proyectos. Estado que ya ha definido a priori a los “otros”, y en contra de los cuales, ha logrado afirmar su identidad reconocida por todos.

Veamos los tipos:
a) los superiores, subdivisibles en dos: los que producen y los que reproducen ideas, retomadas luego por uno o varios de ellos, desde liderazgos nacionales (verdaderos despotismos ilustrados), autoritarios o democráticos, no importa para los fines de esta clasificación. Para el caso de Nicaragua, país postcolonial, nuestros letrados superiores son más bien del tipo de reproductores (a través del aspecto educativo, hoy débil, de los medios de comunicación) y sólo crean en el ámbito artístico, respondiendo de ese modo a la jerarquía epistémica que ha hecho el eurocentrismo donde el tercer mundo está condenado a producir cultura, pero nunca pensamiento;

b) los intermedios, que constituyen la base letrada del régimen, constituida por profesionales, profesores, estudiantes y trabajadores calificados de todo tipo, son la cadena que legitima todo el sistema, le da su peso y brinda esa ilusión óptica del poder de un gran número de “ciudadanos” que los marxista descomponen en clases sociales y lo postmodernos en movimientos sociales, pero que, en realidad, están racializados en criollos blancos (a su vez reproductores del paradigma) en contra de mestizos, mulatos, “negros” e “indios”.

c) los semiletrados, verdadero grueso de la población, que se subdivide en dos tipos: los que no cultivan la lectura y la escritura, alegando olvido, porque no lo necesitan en sus operaciones cotidianas, y los que se dedican (como los niños y jóvenes de clase media) a los multimedias (radio, mp3, televisión, Internet) por encima de la lectura o la escritura formal;

d) los iletrados, son los que están totalmente fuera de la ciudad letrada en el ámbito rural (campesinos analfabetas), en el urbano (indigentes y desestructurados), los que dominan “otro” régimen escriturario (inmigrantes recientes) o cultural (afrodescendiente, aborigen).

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