• Ago. 19, 2008, 8:20 a.m.
Durante los años más cruentos de la lucha popular y sandinista contra la dictadura de Anastasio Somoza, hubo un país lejano, un país de soleadas medianoches de verano, que contribuyó con su voz, sus recursos y su solidaridad a la liberación del pueblo nicaragüense: ese país fue Suecia.

Durante los once años de la  Revolución Sandinista y los dieciséis años de los gobiernos que sucedieron a ésta, la cooperación sueca fue generosa y respetuosa.

La Embajada de Suecia tuvo la particularidad siempre de no ser una sede diplomática ajena, fría observadora de los dolores de crecimiento de nuestro país. Creo no ser la única que puede atestiguar y dar fe del interés genuino, del cariño, de la manera tan especial y cuidadosa en que los funcionarios y personalidades de la política sueca se involucraron emocionalmente con el destino de Nicaragua y hasta, me atrevo a decir, fueron seducidos por la intensidad y la fácil cordialidad del pueblo nicaragüense.

Igual que Olof Palme y Pierre Schori jugaron un papel importante en la historia de nuestro país, las mujeres embajadoras de Suecia en nuestra patria, no fueron simples y desapasionadas observadoras de nuestro desarrollo. Ellas se encariñaron con nosotros, para decirlo en nicaragüense, y por lo mismo su gestión fue crucial para promover el aporte activo y de enorme importancia de la cooperación sueca en Nicaragua, un aporte que, creo, merece nuestro agradecimiento.

Dados estos antecedentes, no deja de resultar pasmosa la manera grosera, visceral y carente de toda mesura con que, tantos los funcionarios del gobierno, como los medios oficialistas, se refirieron en estos días a la Embajadora de Suecia, Eva Zetterberg. Esta mujer viuda, madre de cinco hijos, que desde los años 70 inició su relación con América Latina en Chile, que fue miembro del Partido Comunista de su país –ahora Partido de la Izquierda- miembro del Parlamento sueco, segunda vice-presidenta de éste, es, además de diplomática, una mujer política.

A punto de marcharse de Nicaragua, de cerrar la sede de su embajada, que se le ofenda de esa manera por dar su opinión sobre lo que ella percibe como problemas en nuestra frágil y amenazada democracia, resulta vergonzoso. Es una patente demostración de esa mentalidad utilitaria, carente de ética que no vacila en descartar aquello de lo cual ya no puede sacar provecho.

Es también una actitud machista pues yo he visto aquí a otros embajadores inmiscuirse de verdad en los asuntos internos de nuestro país y nunca los he visto calificados como “diablos”, ni nada parecido.

Es más, cuando se inmiscuyen a favor del gobierno, nunca se les reclama, porque la verdad es que la diplomacia es una de aquellas áreas de la política donde reina la ambigüedad y donde el principio de la no-intervención se ajusta a la conveniencia del cliente.

Por eso a mí, que no soy diplomática, no sólo me parece correcto, sino loable, que esta Eva sueca, que hemos tenido el gusto de tener en Nicaragua todos estos años, reclame y utilice –en medio de este marasmo de contradicciones que es la política nacional- el derecho que le da su servicio a este país, los millones de dólares que los ciudadanos suecos han contribuido a nuestro desarrollo, para ya con un pie puesto en la escalerilla del avión, dar su opinión sincera sobre lo que piensa tendríamos que cuidar en nuestra democracia. Es un cierre consecuente con la manera directa y clara con que ha sostenido, para suerte nuestra, posiciones de principio a lo largo de toda su estancia en estas tierras.

Me parece que si aquí cualquier otro personaje extranjero puede venir a decirnos lo dichosos que somos por tener a Daniel de presidente y hasta a decir que cinco años son muy pocos para que se quede en el gobierno, no veo por qué Doña Eva no pueda lamentarse de que se cierren los espacios políticos; opinión que además no sólo comparten amplios sectores de la sociedad, sino la misma Conferencia Episcopal.

Después de todo, lo que dijo Doña Eva no fue más que la verdad.

Pero, claro, en estos días a la verdad se la califica de amenaza diabólica. Sobre todo las verdades que dicen las mujeres.

De manera que, en mi carácter de puebla-presidenta, yo saludo a Eva, le agradezco todo lo que su país brindó al mío y le dejo este pequeño epigrama:

En verdad, en verdad os digo:
No hay nada en el mundo más poderoso que una mujer,
por eso nos persiguen.

Managua Agosto 17, 2008

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