• Ago. 20, 2008, 10:32 a.m.
Desde que tengo uso de razón en “política”, por llamarle así, siempre me he preguntado cuál es la magia que han tenido las dictaduras (franquismo, pinochetismo, somocismo, etc.) para sostenerse  durante décadas en el poder, ante la pasividad por mucho tiempo, en general, de la sociedad civil.

El discurso de los sistemas actuales sobre que el pueblo es la causa principal de legitimación en el ordenamiento jurídico democrático de un país, constituye un cinismo más del poder por un lado y, por otro, no  desculpabiliza al discurso, sobre sus actos o  pretendida propiedad sobre la verdad.

Sería muy atrevida en denominar en la actualidad a un sistema político como “dictadura”, más bien, lo que tenemos es un “remake” de viejas ideologías  fracasadas. Y si se quiere hablar de socialismo o revolución en estos tiempos, estos, presentan escasa o nula simetría con las conceptuadas en su momento, más bien son una ilusión de crear una democracia con lenguaje y símbolos desenterrados de los manuales de Rius. Se conserva el mismo sistema, solamente que menos definido en su naturaleza de ser. Algo similar ocurrido con el capitalismo, al que concibió en sus intenciones (según Adam Smith) en esta frase: “Las transacciones, cualesquiera, que no generen mutuo beneficio tienden inexorablemente a desaparecer”. Y ahora, su nueva versión es la Globalización.

La antigua y nueva modalidad del poder, ha girado y continúa haciéndolos, en redimir al “otro”: los oprimidos y desfavorecidos. Para darle legalidad  categoría que tiene un valor de uso, mal-usado por la democracia a sus discursos, se ampara a través de reformas constitucionales, decretos-leyes, por ejemplo, aunque las mismas carezcan de legitimidad.
Realizando una rápida lectura del pasado mediato y del pasado inmediato de nuestra sociedad, identificamos una cadena de acero formado a través de momentos por cuentitas llamadas dolor, angustia, miedo, incertidumbre, desconfianza, dificultad, pobreza, injusticia,  ilegalidad, entre tantos hechos de orden destructivo no sólo para el desarrollo de la sociedad en sí y para sí sino también para la salud mental del conjunto de personas.

Por eso, no resulta extraño que esperando en una parada de bus u observarla desde un vehículo, descubramos en adultos y semi-adultos, expresiones en sus rostros de  desesperanza, pesimismo, tristeza, preocupación, apatía y ansiedad.

Difícilmente (excepto para los socios y dueños de la –elit-e, algunos grupos burócratas de Organismos u otros  “iluminados” por la filosofía oriental, cristiana, etc.) coincidimos con personas optimistas, alegres o satisfechas.

Es muy común, escuchar en cualquier ambiente la pregunta ¿Por qué el pueblo que no reacciona?  ¿Qué está pasando? Y una de las respuestas más cotidianas es: estamos cansados. Me propuse ir más allá de esa preocupación general y esa respuesta cómoda que  denota una aceptación a la situación, algo inaceptable en estos tiempos. Confieso que en este caso, disiento de un consejo budista que dice algo así: Si un problema no tiene solución, para qué  preocuparse y, si la tiene ¿para qué preocuparse? Es un deber. Somos parte una  estructura social en la que nos desenvolvemos.

Para salir de los pensadores tradicionales que abordan estos tópicos, voy a referirme a una entrevista realizada a Heisemberg, un notable físico alemán, de esos “puros” que anulan este otro “mundo” (social, antropológico, etc.) por ser apolítico, en donde  define a la persona pasiva como la que decide no preocuparse por ningún problema y vivir al margen de lo que ocurre; el que no se anota ni se compromete con nadie; falta de análisis y mucha flojera mental, entre otras cosas. ¡Hasta Heisemberg sorprendentemente se expresó al respecto¡

Asociando sus respuestas con nuestros comportamientos se advierten menos analogías que  disimilitudes: hay preocupación e interés generalizado por la situación (ilustrados, desilustrados e iletrados realizan sus propios análisis,  sino amigo lector,  recuerde su última conversación con el taxista), resalta la  incredibilidad política (veamos pues, los resultados de la reciente verificación ciudadana para las elecciones municipales), manifestaciones de comportamientos agresivos e  intolerantes (les invito a revisar los comentarios de los blogs de periódicos nacionales), entre otros. Es decir, no podríamos hablar categóricamente de una pasividad generalizada hay rebeldes a como les llama Osho, pero que se mueven en los suburbios de nuestra mente.

De lo contrario, no se producirían algunas manifestaciones de ese “rebelde” como son las recientes movilizaciones, que si bien es cierto han surgido desde grupos de poder de la “sociedad civil”  (intelectuales, profesionales, empresarios y políticos excluidos), encontramos alguna representatividades de los que “no creen en nada, ni en nadie” y se suman a éstas como un escape para canalizar su ira, impotencia y descontento hacia el poder ya que carecemos de líderes.

Me atrevería calificar a esta sociedad, como una sociedad pasiva consciente, un tanto enfermiza y evasiva (alcohol, drogas) que está agonizando poco a poco. De tal manera, que nos hemos sumado como un país más en la lista de las “sociedades depresivas”, como si fuéramos ciudadanos del primer mundo, aunque vivamos como los africanos.

No en vano y en parte son responsables estos sistemas, la OPS/OMS señaló que la depresión en el año 2000 ocupaba el cuarto lugar en la tabla de enfermedades causantes de discapacidad, afectando a 350 millones de personas en el mundo y amenaza con ser, en las próximas dos décadas, la segunda causa de discapacidad. Aunque resulta difícil, pero no imposible romper con el pasado (no somos impermeables), descreer en el futuro (para no sufrir desencantos) y disponerse a vivir el presente: separando nuestras ideas de falsas ideologías a través del análisis crítico de la realidad.

Lo de “sociedad enferma” no debe causarnos estupor, ni llevarnos a negar el hecho. Existen diversos  comportamientos que lo corroboran (agresividad, frustración, pasividad, anomia). Por otro lado, vivimos el fenómeno de la cobardía moral, ésa cómplice y silenciosa ante el poder, que la encontramos en muchos de las clases medias y altas decadentes o en extinción: profesionales, empresarios, académicos, intelectuales, burócratas, etc. Los que critican bajo seudónimos, odian al poder, pero viven y quieren más de él. Mientras el poder,  hace su lectura del futuro y evalúa sus resultados a partir de lo que está sucediendo hoy, para seguir rediseñando estrategias, nosotros nos desgranamos en la disyuntiva: principios morales vs. factores económicos.

Como aditivo se suman las discrepancias en los diferentes niveles del poder, los exacerbados intereses políticos y económicos (sobretodo desde la elite), la ausencia de un plan de desarrollo económico y social coherente y participativo para salir de esta crisis que nos tiene privados cada vez más de nuestras necesidades básicas humana, la pérdida de la confianza en nosotros mismos, en quienes nos rodean, en el sistema y, ¡Hasta en nuestra pareja¡

Es necesario ponernos de acuerdo en lo esencial, de lo contrario continuaremos recorriendo el mismo circulo (reforma del estado, corrupción, pobreza…) y  seguiremos viendo con nostalgia cómo los grandes males sociales y económicos nos fusilan en los silencios de nuestros insomnios cada día. A como dice Osho, “… el pasado te ha dejado inutilizado completamente. La carga del pasado es tan pesada que todo el mundo ha quedado aplastado por ella”. Pero debemos ser ese rebelde a quien el  define como la persona que  “… está en un proceso constante, continúo. Toda la vida de un rebelde es un fuego que quema. No responderá a ninguna situación de acuerdo con su experiencia pasada, responderá a cada situación de acuerdo con su conciencia actual.
Y recordando a Schiller, con su poema "Sentencias de Confucio" que nos dice: "Sólo una mente plena es clara, y la verdad habita en las profundidades". Nos damos cuenta que solo estamos moviéndonos en la superficie…Me pregunto ¿Hasta cuándo?


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