• Ago. 20, 2008, 11 a.m.
Eran las once de la mañana, teníamos una semana de no estar juntos y nos derretíamos de amor y deseo por lo que decidimos como todos los fines de semana buscar un sitio adecuado y seguro para saciar nuestros deseos carnales. Fuimos al motel de siempre, de donde casi somos socios, por la frecuencia con que lo visitamos.

Pero antes quiero contarles que para decidirnos por este “rincón de amor”, mi novio y yo visitamos cuanto motel encontrábamos en el camino, hasta que identificamos el que más se ajustaba a nuestras necesidades: acogedor, cerca de nuestro domicilio, con aire acondicionado, tv cable, sirven todo tipo de bebidas y buenos alimentos, está ubicado en un lugar estratégico sobre la carretera a Masaya y el precio es bastante aceptable.

Sin embargo, pese a nuestros deseos intensos por compartir en la cama un rato de intimidad,  nuestra velada de sexo y ternura se vio perturbada por el bochornoso calor que hacía. Así, nuestra  hermosa historia de amor de cada sábado se convirtió en un verdadero infierno, pese a que lo primero que hicimos fue encender el aire acondicionado.

Debo reconocer que mi amor es todo un experto en las artes de amar y desde que llegamos al sitio no descuida ni un solo detalle.  Él,  más que humano, actúa como autómata: llega, abre la puerta, revisa las condiciones higiénicas, enciende la luz a la intensidad que más nos gusta, enciende el aire acondicionado, prende la televisión, la que deja solo en imágenes, pone música y procede a hacer lo que corresponde…

Y obviamente la emoción nos embargaba, pero algo no estaba bien esta vez: el calor cada vez era más intenso y pese a que llevábamos prisa por cumplir nuestro cometido, hicimos una pausa para revisar el aparato que nos proporciona el aire frío, el que además de ruido, nos percatamos que no cumplía ninguna otra función. Él procedió a marcar el teléfono y llamar a la recepción, solicitando que revisaran el aparato, lo que accedieron hacer con gusto, pero lo bochornoso fue que para arreglarlo el joven que llegó hasta la habitación solicito que yo me metiera al baño para revisar el aparato desde dentro de la habitación.

Aunque la situación no es usual, decidimos aceptar la petición, y ya sin ropa y cubierta por una toalla, me metí apresurada al baño y esperé ahí por más de media hora que el bendito técnico arreglara el aparato de aire.  Mientras esperaba y sudaba a chorros en ese inquietante rincón, decidí darme una ducha, ya que nuestra velada de amor aún no empezaba por ese “pequeño inconveniente”.

Cuando el tipo se va, retornamos a la cama al punto inicial, ya un poco desmotivados, pero siempre con ganas de estar juntos, pero la temperatura incrementaba.  Obviamente el supuesto técnico no alcanzó a repararlo. Y nuevamente, mi compañero marca el número telefónico de la recepción para reportar que el aire acondicionado seguía malo, vuelven a mandar a otra persona y por la ventana incrustrada en la pared para la atención al cliente, nos llevan un control remoto con el que supuestamente graduaríamos la intensidad del aparato de aire, pero eso tampoco funcionó.

Y ya cansados de la situación, solicitamos cambiarnos de habitación y la joven que responde nos informa que todas las habitaciones están iguales condiciones, porque tenían problemas con los aires,  pero que quedaba a opción nuestra. Ya enojados por el inconveniente, solicitamos nos regresaran el dinero que habíamos pagado al momento de llegar –tienen la costumbre de cobrar el servicio por adelantado— para irnos a otro sitio con mejores condiciones y nos informan que no se puede, hasta que permitamos que una representante de la administración realice una inspección en la habitación y constate que no falta nada, que no hemos usado nada y que en el caso de encontrar una de las toallas húmedas, el dinero enterado ya no sería regresado.

Y es ahí donde radicó el problema, pues a como les relataba en párrafos anteriores, ya la toalla la había usado porque me sentí obligada a meterme bajo la ducha, porque el tipo que llegó a reparar el aire tardó más de media hora y sentí hasta claustrofobia.  Todo esto pasaba, pese a que estos sitios están diseñados precisamente para preservar el anonimato de sus clientes.

Por una cuestión de justicia, no estaba dispuesta a que la administración del motel nos vejara de esa forma y todavía se negara a devolvernos nuestro dinero, además del perjuicio emocional que nos habían ocasionado al frustrar nuestra velada de amor.  Mi amor empezó a reclamar la devolución del dinero y la dueña del motel le tiró el teléfono en tres ocasiones, hasta  que aceptó escuchar nuestro reclamo y después de discutir por teléfono nos envió a una de las muchachas de la limpieza, la que solicitó hablar con nosotros y que las dejáramos pasar para hacer una inspección en la habitación y constatar que no faltaba nada…. QUE ABUSO!!!

Para no atormentarlos con mi historia les cuento que: nuestra identidad quedó al descubierto, se negaron a darnos otra habitación, perdimos el tiempo y de no ser por la beligerancia de mi novio, estuvimos a punto hasta de perder el dinero.  Ahora pregunto ¿Quién regula estos lugares?, ¿y los daños y perjuicios que nos ocasionaron?  Al final tuvimos que salir en la búsqueda de otro sitio para saciar nuestros instintos carnales.

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus