• Ago. 20, 2008, 11:35 a.m.
Mucho se ha hablado a lo largo de nuestra historia sobre las marchas y las contramarchas de la unidad del continente y de la búsqueda trunca de un horizonte común.  El paso débil del acuerdo para el MERCOSUR (hace casi diez años que la integración debería estar en funcionamiento) muestra un distanciamiento mucho más marcado en los desarrollos económicos de cada país, que en los tiempos que se proyectó el mercado común latinoamericano.  

Si bien la economía y el desarrollo son los encargados de poner las diferencias sobre la mesa, la región está teniendo muchas coincidencias en los procesos políticos; dinámica que, en mayor o menor medida, lleva muchos años reproduciéndose a lo largo de estos territorios del sur.  Muchas veces a contramano de la corriente mundial o víctima de presiones externas.

Las coincidencias transnacionales fueron el hijo político de la partición del mundo entre capitalismo y comunismo.  El antecedente de Cuba y la experiencia del Mayo Francés había desperdigado por la región una nueva corriente de pensamiento y de acción política que comenzaba a buscar alternativas a los regímenes instaurados hasta ese momento.  Ese viraje fue el que llevó a una de las partes de esta división mundial a intervenir en los sistemas democráticos latinoamericanos alrededor de los años 70 y ayudar a la instauración de dictaduras militares que usaron el aparato del Estado para aplastar cualquier atisbo de insurgencia o pensamiento distinto, de la manera más cruenta.  Vanguardias del terror como las de Videla en Argentina, Pinochet en Chile, Banzer en Bolivia o Costa en Brasil, más la instauración del Operativo Cóndor, y la colaboración en la represión ilegal de los Estados, cerró el cerco de un plan premeditado.

Las mismas violaciones a los Derechos Humanos y el desgaste delos propios regimenes dictatoriales, decantaron en su extinción paulatina con el devenir de la década del 80.  Las nuevas democracias enfrentaron dos desafíos fundamentales, el enjuiciamiento a los responsables de los crímenes de las dictaduras y el rebrote inflacionario que aquejó a todos los países
de la región.  Las democracias jóvenes debieron zigzaguear entre la búsqueda de justicia y las presiones militares, que ya no tenían el apoyo externo de antaño. Las leyes del perdón de Argentina o Uruguay son claros ejemplos de
una realidad que dejó sabor a impunidad.

La nueva década trajo una nueva influencia del ahora vencedor de la vieja dicotomía.  En forma de economía neoliberal, la irrestricción de exportaciones y la llegada de los grandes grupos económicos desde el exterior, hicieron que  países como Argentina o Perú ingresaran en un proceso de desindustrialización y de dependencia de los mercados internacionales.  El efecto Tequila y las crisis de otras bolsas de comercio internacionales pegaron muy duro en un continente que no contaba con la suficiente generación de riqueza por valor agregado para atenuar su impacto, que repercutió en los que menos tienen.

Ya pasada esta primera mitad del 2008, en Sudamérica corren vientos de cambio y otra vez pareciera que el continente va a vivir una etapa en común.  

Los gobiernos electos, tras poco más de 20 años de democracia comienzan a discutir un tema tan urticante como la distribución de la riqueza.  Esta frase, que a priori suena a justicia y naturalidad, implica desmejorar una parte de la economía y mejorar otra; o en el mejor de los casos, generar una ganancia superior para mantener la de los que más tienen y mejorar sustancialmente a los menos afortunados.  Tocar los intereses de los más poderosos puede traer problemas sustanciales a los gobiernos de Latinoamérica.  El referéndum revocatorio al que se sometió el presidente de Bolivia, Evo Morales, muestra a las claras que el problema social de ese país está fuertemente relacionado con esa distribución desigual histórica que hoy se quiere discutir.  Argentina también está viviendo esta discusión, positivamente hoy en la calle se escuchan estos términos y se piensa en un modelo de país, de un lado de la balanza o de otro.  

Al parecer, la disputa es la misma, en distintos niveles y escenarios, pero con idéntica discusión de fondo.  Las adjetivaciones de autoritarismo o las descalificaciones son una puesta en escena y una escenografía de lo que realmente se debate.  Pero pasados estas intensas décadas que vivimos los latinoamericanos, que los gobiernos diriman estas diferencias en un marco democrático (como el referéndum boliviano o el tratamiento de las retenciones en Argentina) hacen voltear la mirada al futuro y comenzar a sentir que la maduración del sistema de la Democracia comienza a fortalecer sus raíces en estos países.  Queda mucho por hacer todavía, pero esta vez el camino comienza a valer la pena.



* El autor es licenciado en Periodismo
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Teléfono: 5411- 15 5755 1040
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