• Sept. 18, 2007, 11:18 a.m.
En un artículo publicado en El País –periódico del ala izquierda española- el 27 de Enero de 2002, Carlos Fuentes, uno de los intelectuales más lúcidos y consecuentes de América Latina, hablaba de las perspectivas de la izquierda.
“¿Y la izquierda?” –se preguntaba- ¿tiene razón de ser después de sus terribles fracasos, oportunismos, traiciones, pasividades a lo largo del siglo XX?”

El mismo se contestaba la pregunta. Es un hombre de izquierda y a juicio suyo sujetar la globalización y regular democráticamente los conflictos que de ella se derivan, combatir las distorsiones del mercado en la distribución de recursos, equilibrarlo con medidas de solidaridad social, ser fieles a los principios de igualdad y oportunidad para todos, proteger el medio ambiente, crear bienes públicos y priorizar la política como instrumento de decisiones racionales, serían algunas de las misiones de lo que él llamó la “nueva izquierda”. Nueva izquierda en contraposición, tanto con la izquierda dogmática, ineficiente y estática, como con la derecha económica, conservadora y defensora de la libertad irrestricta del mercado que preconizaran Ronald Reagan y Margaret Thatcher, con la idea de que el enriquecimiento de las cúpulas se filtraría hacia abajo y a la postre tendría un efecto benéfico sobre la sociedad en su conjunto.

A estas alturas, después de catorce años de la caída del muro de Berlín y del desplome del “socialismo real” en la Unión Soviética y los países del Este, la retirada de la izquierda ha terminado. La nueva izquierda existe. El fracaso del neo-liberalismo, en el caso de América Latina y las atrocidades de la política imperial de la era Bush, con sus terribles y trágicas consecuencias, ha abierto un panorama de posibilidades y realidades objetivas.

La izquierda, en este momento histórico en América Latina tiene puesto sobre la mesa no sólo el poder y los recursos para efectuar los cambios, tiene el respaldo de la voluntad de las mayorías: la pelota, como quien dice, está en su cancha. Domina el juego. Que lo gane o lo pierda es asunto suyo.

Pero así como variada es la historia y geografía de América Latina, variadas son las izquierdas que actualmente existen. Hablar de una izquierda o de “la” izquierda latinoamericana es una equivocación pues en cada país cada una se ha definido a su manera y cada una reclama para sí la raigambre izquierdista de su proyecto. Estamos entonces frente a unas izquierdas que no se definen como tales según el rasero de medir del Marxismo, sino más bien el de la Revolución Francesa, donde la izquierda era el lado del pueblo. Independientemente de que el manejo de sus economías siga presentando rasgos neo-liberales, la visión social de estos gobiernos de izquierda ha cambiado. Y ese cambio es sustantivo.

Si vemos la historia como un largo proceso de cambios paulatinos (un paso adelante, dos pasos atrás), que cada uno de estos proyectos más o menos de izquierda tenga su peculiar modus operandi, que cada uno de sus líderes sea más o menos radical, no debería de extrañarnos. Contrario a lo que piensan los ortodoxos (orto de correcto y doxa de opinión, o sea que piensan que sólo su opinión es la correcta), la emergencia de tantos modelos diversos es, a mi juicio, un fenómeno natural producto de la crisis ideológica del socialismo y de la necesidad de encontrar una nueva manera de hacerlo funcionar que no reitere los errores que lo llevaron al fracaso.

Lo preocupante, sin embargo, es ver algunos casos donde la búsqueda del nuevo modelo empieza a adquirir rasgos absolutistas, de concentración de poder o de gestión de una mal llamada democracia organizada alrededor del Estado, sin autonomía y donde se manipulan las instituciones y se las debilita para que se ajusten a necesidades partidarias o personalistas. Ese ejercicio de poder que acorrala y usurpa el poder del pueblo conduce al fracaso y a la pérdida de la libertad. Esta no es una afirmación hueca o especulativa; es un hecho demostrado por la historia reciente.

De tal manera que, en este emerger de las izquierdas en América Latina, los dados están cargados. Estamos viviendo este tránsito entre estilos de vida, culturas y valores en una época caracterizada por el escepticismo producto de las experiencias negativas. Hay una crisis de credibilidad; la época de las revoluciones, de la épica y la fe ciega quedó atrás. Los ciudadanos ya venimos de vuelta de plazas atiborradas y discursos: queremos pruebas de las “buenas intenciones”y reclamamos nuestro derecho a dudar, a cuestionar, y a no dejar títere con cabeza. A la vanguardia de la crítica, esta vez, no está la derecha, que sólo tiene proyectos económicos modernizantes, pero carece de proyectos políticos y visión social. A la vanguardia de la crítica está otra clase de izquierda: la que no está en el poder.

En Nicaragua, los ortodoxos se revelan y rebelan ante y contra estas críticas. Les temen. Temen que la gente escuche otra opinión que no sea la suya, más aún si esta opinión está bien formulada y respaldada por una trayectoria militante. Se proclaman la única izquierda posible y acusan de ser de derecha, de alumnos de Goebbels o de cualquier barbaridad, a todo el que no baile su baile o predique su discurso.

Dice Carlos Fuentes: “La izquierda añorante de lo que ya no fue no puede ser una izquierda constructiva de lo que debe ser. Pero la izquierda en el poder debe admitir siempre la existencia de otra izquierda fuera del poder: la que resiste al poder incluso cuando es el poder de la izquierda. Éste será el desafío para la izquierda del siglo XXI. Aprender a oponerse a sí misma para nunca más caer en los dogmas, falsificaciones y arbitrariedades que la mancillaron durante el siglo XX”

Pero claro, quizás en Nicaragua el error sea esperar un comportamiento de izquierda de una dizque izquierda que, ya en el poder, negocia la vida de las mujeres a cambio del favor de la iglesia.

Septiembre 18, 2007
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