• Ago. 29, 2008, 11:05 a.m.
La disputa entre samaritanos y judíos tenía toda su historia. Los samaritanos surgieron cuando los judíos fueron llevados en cautividad a Babilonia. Fue una mezcla entre israelitas y no israelitas. Una gran ruptura y odio racial se desarrolló entre ellos cuando Juan Hyrcano, sumo sacerdote y rey Macabeo, destruyó el templo samaritano en el monte Gerizim (109 a.C).

Los prejuicios y las barreras entre estos dos grupos, medio hermanos, se puede ver cuando Jesús se entrevistó con aquella mujer samarita. La expresión dicha a Jesús “porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí” (Jn. 4:9b), revelaba la magnitud de la separación. Fue por eso que cuando Jacobo y Juan vieron el rechazo que los samaritanos hicieron de su Maestro v.54, se enfurecieron.

Y tal fue el grado de su enojo que pidieron de inmediato que descendiera fuego del cielo y los consumiera, como había hecho Elías en los días de su profecía v.55. Esta actitud fue una demostración, que hacía honor a la forma como Jesús les había apodado: los “hijos del trueno” (Mr. 3:17) De alguna manera en la mente de los discípulos se mantenía la idea que ellos seguían siendo los únicos como nación y pueblo de Dios. Pero la reprensión de Jesús confronta a este condenable pecado del prejuicio. Jesús sencillamente les dice: “Vosotros no sabéis de que espíritu sois” v. 56ª. Un carácter vengativo no puede ser la obra de un seguidor de aquel que dijo: “porque el Hijo del Hombre no ha venido para perder a las almas de los hombres, sino para salvarlas “ v. 56b . El gran mensaje del evangelio se resume en esta sentencia: “Para que todo aquel que en él crea, no se pierda sino que tenga vida eterna” (Jn.3:16). La gente de todos las razas, idiomas y culturas tienen la misma posibilidad de salvarse. Nadie tiene “el derecho de propiedad” de la salvación.

Cuando nos consideramos los únicos salvos, la única iglesia, la única denominación y la única organización, estaremos actuando como los “hijos del trueno”. La reprensión, “vosotros no sabéis de qué espíritu sois”, con la que Jesús condena el pecado el prejuicio, sigue vigente. Juan finalmente aprendió la lección.  

Cuando Jesús se revela con toda su gloria según la visión del Apocalipsis, Juan pudo ver la universalidad del mensaje de salvación. El tuvo la visión de los redimidos. Allí miró “una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas las naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas, y con palmas en las manos” (Apc. 7:9). Con mucha seguridad allí había muchos samaritanos de los que él un día pidió fuego del cielo para que les consumiera. La lección que aprendemos es que delante del Señor todos somos iguales. No somos los únicos. El evangelio del Señor nos recuerda que él “es poder de Dios para salvación a todo aquel que el cree; al judío primeramente, y también al griego” (Ro. 1:16) Fue en la casa de Zaqueo, aquel despreciado cobrador de impuesto, que el dijo: “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lc.19:10).De la actitud de los discípulos aprendemos que un seguidor del Señor no debiera buscar una posición para servir, sino, en todo caso, servir desde la posición que se le asigne. El pecado del orgullo que pretende siempre el primer lugar, debe ser abolido de nuestro corazón.

Lo mismo ocurre con los celos. En el reino del Señor el que “no es contra nosotros, por nosotros es”. La tolerancia ha de ser una virtud muy amada por cada cristiano. Los que trabajan por adelantar el evangelio debieran despertar mi admiración y mi resto, pues ellos lo hacen por el nombre del Señor. Y debo recordar también que todos los hombres son dignos del amor de Dios. Él amó no solo a Israel, sino que “amó de tal manera al mundo, para que todo aquel que en él cree, no pierda, más tenga vida eterna” (Jn. 3:16).

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