• Sept. 2, 2008, 12:08 p.m.
A decir verdad, nunca fui alcanzado por un garrote nicolasiano, aunque fui varias veces huésped de las cárceles de El Hormiguero y La Aviación, como
secuela del asesinato de estudiantes universitarios en León,  el 23 de Julio de 1959, y por ser miembro de la JPN en la insurgencia urbana.  

Muchas veces, en las manifestaciones callejeras de entonces,  volvía sobre mis pasos a toda carrera en busca de refugio en alguna casa  de puertas abiertas, al grito de ¡ahí viene la Nicolasa!  (magazine No.116 del 10 de agosto).

El coto de caza de esta retorcida mujer se extendía desde San Antonio hasta Chico Pelón y desde la Loma hasta la calle El Triunfo, pasando por el Hospital General, el Ayuntamiento, las avenidas Roosevelt y Bolívar, Santo Domingo, la cantina El Abanico y el Mercado Oriental, en cuyas cercanías habitaba la Colacha una sencilla vivienda, víctima ella misma de
la satrapía del poder.

Desde la primera y las siguientes  noches de mi encierro, a medianoche, la Nicolasa se aparecía en El Hormiguero a infundir terror entre los "políticos", acuerpada por sus desalmadas turbas y la indiferencia de los carceleros.  En una de esas ocasiones, me encontraba compartiendo el único camastro de la bartolina con el Dr. Julio César Avilés y otros presos. De pronto un vocerío procedente de todos los rincones de la cárcel, nos despabiló por completo.  Era la Nicolasa.  Las turbas y los presos gritaban, unos para meter miedo y otros  para darse valor.

Esa noche fuimos testigos de la valiente prestancia de Fernando Gordillo,  joven orador y escritor, fundador  con Sergio Ramírez de la revista VENTANA y estudiante universitario como yo.  Él detrás de las rejas
increpó con lucidez a la Nicolasa, mientras  ella le reclamaba que cómo era posible que un hijo de empleado público se juntara con los "comunistas juep...." y cosas por el estilo.  Las turbas coreaban a su jefa, a la vez que hacían restallar garrotes y cadenas en las barras de la celda y hacían
como que escogían a alguien para sacarlo a darle de palos, método nicolasiano de sobra conocido.

Y eso mismo pasó en otra ocasión.  Sacaron a uno de los presos y se lo llevaron bajo una lluvia de insultos y empujones.  Nunca más le volvimos a ver.  Fueron conjeturas, pero se imponía la posibilidad de un soplón entre nosotros.  El Dr. Avilés así lo creyó.  A veintiocho años de la desaparición de la vida pública de este infausto personaje, comparto con el editor de magazine, Fabian Medina Sánchez, la certeza de que el legadode la Nicolasa Sevilla aún está vigente.
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