• Sept. 21, 2007, 8:46 a.m.
Las páginas de nuestros anales dan la impresión de cambiar al ritmo de la piqueta que abre las fosas de quienes bajaron al Hades con la banda presidencial obtenida al precio que fuera. Quizás no sean muertos tan gloriosos: un poeta, al no hallar palabra en un país silenciado, el 21 de sepiembre de 1956 se encontró en un club obrero con Anastasio Somoza García para hacer hablar a la historia.

Tacho Somoza fue asesinado hace 27 años. El no descendió con la banda, pero sí con la aureola de 45 años de haber pertenecido a la segunda estirpe con mayor poder de Nicaragua, después de los Contreras coloniales.

Las muertes en el poder no dejan de asombrar. La parca acortó el período de nueve presidentes en el cargo por diversas causas y demasiadas sospechas. ¿Significará algo que el primer Presidente oficial de la Historia —- aunque la Constitución por él promulgada, no haya sido reconocida—- inaugurara este tipo de régimen con su propio deceso?

En el libro de Cipriano Orúe, “Los Presidentes de Nicaragua”, precisa que ocho de ellos abandonaron el cargo de forma violenta.

Fruto Chamorro fue el primero que falleció en el poder. Después la lista incluye a Francisco Castellón, José María Estrada, Evaristo Carazo, Diego Manuel Chamorro, Víctor Manuel Román, Anastasio Somoza García, René Schick.

Nuestros héroes fundamentales del Siglo XX, citados en el preámbulo de la Constitución, perecieron demasiado jóvenes como para ser recondados en bronce, óleo, versos, mármol y leyendas.

Benjamín Zeledón fue muerto a la edad de 32 años; Augusto C. Sandino, fue asesinado vilmente cuando apenas contaba con 39 años; Rigoberto López Pérez se inmoló a los 27; Carlos Fonseca encontró la muerte en las montañas a la edad de 40 años. Quizás presagiaban con su juventud extrema, los días contados del acontecimiento superior por el que tanto lucharon.

Fue por la muerte de un líder de opinión, un periodista, que el país entero pareció despertar. Pedro Joaquín Chamorro se llamaba. Nunca una muerte movió tantas vidas para empujar otro capítulo de la historia.

Muerte la que descompuso los años 80. Muerte de pequeños héroes, lista interminable de jovencitos llamados al Servicio Militar. Tantas muertos que desfilaron ante los atrios de las parroquias cerradas. El llanto de las madres definió la muerte urgente, rápida, de una revolución hecha con todos los sueños del pueblo para oponerla a una vieja pesadilla.

La revolución sandinista pereció demasiada joven como sus arquetipos, a los 10 años, casi niña. Y las revoluciones del Siglo XX duraron en otras partes del mundo hasta 60 y 70 años en el mando y 40 en ahí nomás en el Caribe. A nosotros nos tocó un día en el calendario de las revoluciones de la humanidad.

¿No hay acaso algún mensaje por descifrar que a un ex presidente, co-gobernando, le hayan sobrevenido una serie de muertes en su entorno familiar y que otro, en el ejercicio de sus funciones, viera partir a dos jóvenes hijos?

La Presidenta Barrios llegó al poder, llevando a cuestas la cruz de su temprana viudez.

Pertenecemos a una patria que define sus grandes acontecimientos alrededor del luto para estremecer la historia de los vivos. El signo de la fatalidad, si se volviese la vista al pasado, parece marcado en la frente de la política, porque pertenecemos a un país que ha cabalgado con el jinete pálido del Apocalipsis y ya debiera ser la hora de bajarse, de desmontar la parca bestia, pero todos quieren ensillar el poder.

Esta es la otra parte de la historia del poder, donde nada está más asegurado que *“el espanto seguro de estar mañana muerto”, como escribió Rubén; sí, y ese encuentro sin alfombras rojas ni paradas militares, que a nadie se le ocurre incluir en la agenda de la Casa Presidencial, sólo es el fin de una historia personal para dar paso a la historia colectiva.

¿Y el Presidente Daniel Ortega, con dos turnos en el mando?, preguntará alguien. Debería leer la historia y sus mensajes, porque la Quirina no entiende de protocolos, anillos de seguridad o caravanas con pitoretas. La muerte a ninguno de los nueve presidentes y co gobernantes les pidió audiencia para desempeñar su oficio.

Para mí, sólo hay una solución: Jesucristo ha venido en carne. El Hijo de Dios es el sumo puente — Sumo Pontífice—-, entre Dios y los hombres. Lo demás, en este ámbito, es parte de las mentiras humanas que alimentaron verdades tan tristes como las de Pío XII y sus epígonos.

Volver los ojos a Jesús le haría bien al Presidente, en lo personal, y más a nuestro país.

esanchez@elnuevodiario.com.ni
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