• Sept. 14, 2008, 12:38 p.m.
Recuerdo como si fuera ayer la tarde, a finales de los 80, cuando un grupo de poetas, entre los que se encontraba Ernesto Cardenal, fuimos citados a una reunión a la Secretaría de la Dirección Nacional del FSLN en El Carmen –la misma que hoy funge como Presidencia de la República. Los citados éramos militantes sandinistas, miembros de la Unión de Escritores, que habíamos entrado en fuertes contradicciones con Rosario Murillo, presidenta entonces de la Asociación Sandinista de Trabajadores de la Cultura.

Discrepábamos con la forma en que se había tomado la decisión de disolver nuestra asociación gremial, de la noche a la mañana y sin informarnos, para convertirla en un aparato estatal: el Instituto de Cultura. Considerábamos que nos quedaríamos sin autonomía, sujetos a la verticalidad y arbitrariedad de su mandato. Nos parecía irrespetuoso disolver una asociación gremial sin consultar a los agremiados. Exigíamos una rendición de cuentas de parte de la presidenta. Viendo que nuestras protestas no eran escuchadas, suscribimos una carta pidiendo la intervención, dado el carácter sandinista de la ASTC, de la Comisión Ejecutiva de la Dirección Nacional del FSLN. De acuerdo a los estatutos del partido, era ésta la máxima instancia a la que podíamos recurrir.

Llegamos a la Secretaría pensando que se nos había concedido dicha reunión.

Sin embargo, al entrar a la sala de sesiones, nos encontramos, no con la Comisión Ejecutiva –que no incluía a Daniel Ortega-, sino con éste, Tomás Borge, Rosario Murillo y un incómodo, Sergio Ramírez.

Daniel Ortega, de manera agresiva, nos imprecó por nuestra “insolencia” y fue muy duro, recuerdo, con el Padre Cardenal.

Ernesto lo escuchó y luego le dijo:
-Nosotros no venimos aquí a reunirnos con usted. Usted no debería opinar porque usted es el marido de ella.

Yo ya conocía la entereza de Ernesto Cardenal. En los años 70, cuando el Frente Sandinista era considerado una organización prohibida y subversiva, él le dedicó uno de sus poemas más hermosos: el Canto Nacional. De mano en mano en hojas mimeografiadas, ese poema se convirtió en un llamado a la rebelión que conmovió a toda la generación que participó en la lucha sandinista contra la dictadura.

Más tarde, fui testigo de la reunión en la que él aceptó formar parte del Grupo de los Doce. El no dudó en poner la obra de su vida: la comunidad mítica de Solentiname, al servicio de la revolución. Siempre pensé lo duro que debió haber sido para él ver como la Guardia Somocista la destruyó tras el ataque a San Carlos en Octubre de 1977, en la que participaron casi todos los jóvenes que vivían allí y que se incorporaron a la lucha motivados por el ejemplo y convicción del poeta.
Pero, si ya lo admiraba por todo eso, en aquella reunión con Daniel Ortega no me cupo duda de que me encontraba frente a un hombre que no claudicaba, que no tenía miedo y que tenía un profundo sentido de justicia.

Poco faltó aquella tarde para que nos expulsaran del FSLN a todos los revoltosos escritores, por atrevernos a criticar la actuación de Rosario Murillo. Al final, llegamos a una negociación que implicaba que se publicara en Ventana, suplemento cultural de Barricada, nuestro comunicado de protesta. De poco sirvió. Rosario Murillo quedó instalada como Secretaria del Instituto de Cultura.

Entonces, las actuaciones del actual binomio presidencial, eran a menudo mediatizadas por otros miembros de la Dirección Nacional. Sin embargo, lo que fue una característica única del FSLN, la dirección colectiva, dejó de existir en los 90. Se impuso la actitud vengativa y dura, la misma que está ahora dándose rienda suelta de una manera tan obcecada que ya no es sólo un peligro para los sujetos contra las que se enfila, sino para el país en su conjunto.

En defensa de Ernesto Cardenal, personalidades de impecable trayectoria se han pronunciado en todo el mundo. Músicos de todo el mundo se pronunciaron también en defensa de Carlos y Luís Enrique Mejía Godoy. Los intelectuales y políticos salieron en defensa de Dora María Téllez. En todos estos casos, el amor ha sido más fuerte que el odio, y una barrera de solidaridad se ha alzado alrededor de quienes este gobierno no ha tenido escrúpulos en tratar de desprestigiar.

Pero a la extemporánea e ilegal acusación contra Ernesto, han seguido los ataques contra otras personas, los latigazos e insultos a diestra y siniestra. Así se acusa, por ejemplo, a Sofía Montenegro, una de las mujeres más consecuentes y brillantes del sandinismo, de “agente del imperialismo”; se quiere ensuciar el limpio historial de compañeros como Silvio Prado y otros, usando el pago que recibieron por servicios de consultorías al estado, para presentarlos al pueblo como “coimas” que recibieron de la “derecha”; se omite, en las celebraciones del asalto al Palacio, el nombre de Dora María y Hugo Torres, porque cometieron el delito de disentir en uso de su libertad. Se le niega al Alcalde Marenco, su derecho a desvelizar una placa con los nombres de los miembros de este comando porque incluía los de estos “disidentes”; se le niega incluso la potestad de bautizar una rotonda con el nombre de Augusto César Sandino, para negarle su derecho a asociarse con este héroe nacional, que ahora pretenden privatizar.

¿Dónde está el amor que predican?, hay que preguntarse. Basta ver un rato los noticieros del Canal 4 o escuchar la Radio Ya, o leer los panfletos que han puesto a circular con dinero del estado, para concluir que tendrán que inventar un nuevo vocabulario de insultos y ofensas, pues el que existe ya se les queda corto.

Las campañas de ataques personales, la manipulación y las mentiras que endilgan a quién mejor les parecen, no se habían visto en este país desde la época de Novedades.

Los gobernantes de cualquier país del mundo están sujetos a la crítica. El estar bajo la lupa de los medios y de los ciudadanos es parte de la alta investidura y del poder que detentan. De no haber sido por los mismos medios que hoy el señor. Ortega acusa de odio y conspiración, los gobiernos de derecha no se habrían desprestigiado tanto como para permitirle a él llegar a ser presidente, pues fueron estos mismos medios los que hicieron conciencia en el pueblo de la corrupción y las fallas de los gobiernos de estos últimos dieciséis años. Sin esos mismos medios ni Alemán habría sido revelado como corrupto, ni Enrique Bolaños habría sufrido las duras críticas a que fue sometido.

De manera que decir que las críticas a la gestión de este gobierno son producto de una campaña de odio, o de una conspiración mediática de la derecha, es manipular la realidad para desprestigiar al mensajero y así restarle fuerza al mensaje. Los medios oficialistas actuales, por el contrario, carecen de otra cosa que no sea elogios para las actuaciones del presente gobierno y odio y virulencia para los que no concuerdan con ellos.

El señor Ortega y su esposa tendrán que darse cuenta que están creando una narrativa de odio y confrontación muy peligrosa para la estabilidad de nuestro país. En esa narrativa destructiva en que están empeñados, se quedarán solos, aislarán a Nicaragua y dividirán un país que sólo unido puede salir adelante.

Harían bien en no olvidar aquel proverbio que dice: “Siembra vientos y cosecharás tempestades”.

2 de Septiembre, 2008

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