• Sept. 8, 2008, 10:22 a.m.
El escritor y periodista colombiano Gabriel García Márquez siempre ha sostenido, con absoluta seriedad, que se nace siendo escritor. También ha dicho que se nace con la vocación para ser periodista, y que para ejercer felizmente el periodismo escrito, entendido como un género literario, se debe haber nacido con un talento propicio.

Para sustentar esa alegre suposición, el Premio Nobel de Literatura no recurría a otro fundamento más que a su propia experiencia, es decir, al difícil propósito de aprender, por su propia voluntad y contra un medio adverso, los ardides y secretos del oficio. Y no sólo al margen de la educación formal, sino contra ella, pero a partir de dos condiciones ineludibles: una aptitud bien definida y una vocación arrasadora.

“Nada me complacería más si esa aventura solitaria pudiera tener alguna utilidad no sólo para el aprendizaje de este oficio de las letras, sino para el de todos los oficios de las artes”, dice el escritor en su conocido Manual para ser niño.

Preocupado desde siempre por la calidad del periodismo, García Márquez confesó alguna vez estar en total desacuerdo con la idea, desde hace buen tiempo predominante en muchas universidades, de que el oficio periodístico no necesita pruebas de aptitud o vocación. Por el contrario, dijo tener la plena certidumbre de que el periodismo escrito es definitivamente un género literario, y piensa que la excesiva dependencia de la tecnología en las modernas redacciones de los diarios del mundo, a la postre está resultando perjudicial en la formación de los nuevos oficiantes.

Un periodista llamado Juan Arias se encargó después de subrayar a los lectores del diario español El País, la validez de esta advertencia, agregando como complemento paradójico unas frases provocadoras del escritor argentino Jorge Luís Borges, dirigidas hace ya mucho tiempo a un grupo de periodistas con quienes se reunió para charlar sobre las afinidades o contrastes entre sus respectivos oficios.

"Yo no he leído un periódico en mi vida -les dijo Borges-; en un diario por lo general se escriben noticias, desde luego tontas. ¿Qué importa que un ministro viaje o no? De las cosas realmente importantes uno se entera de igual modo. Por ejemplo, cuando el hombre llegó a la luna lo supe sin necesidad de leer un diario. En épocas importantes para la humanidad no había periódicos. Y no creo que Platón fuera inferior a un vespertino. No se puede saber de antemano cuáles son los hechos trascendentales de cada día. La crucifixión de Cristo fue importante después, no cuando ocurrió".

Sé que con frecuencia resulta difícil dispensar a Borges tanta arrogancia, pero igualmente difícil es dejar de encontrarle razón y coherencia a la mayoría de sus sentencias. Independientemente de lo simbólico o estrictamente provocador en estas frases del argentino, sospecho que terminan corroborando mi impresión de que el periodismo escrito desperdicia sus esfuerzos al competir con los medios audiovisuales por lograr una extremada brevedad, rapidez, impacto, esmero gráfico o síntesis.

Me resisto a considerar que un artículo de tres o cuatro cuartillas, conciso, con un buen tema bien tratado, es decir, con cierto magnetismo y poder de convicción, resulte demasiado extenso para "el pobre lector".

Octavio Paz dijo que algunos artículos -los mejores-, como los buenos poemas, están hechos para durar. También dijo que para comprender un poco la historia (con minúscula, es decir, lo que pasa hoy) tenemos que leer los periódicos, pero eso no quita saber que debajo de la información operan realidades y fuerzas invisibles que apenas logramos vislumbrar.

Paz cita ejemplos de numerosos y perdurables artículos periodísticos de Ortega y Gasset, Unamuno, Bergamín y Ramón Gómez de la Cerna, quienes hicieron reverdecer las páginas de diarios y revistas "con una prodigiosa lluvia de semillas semánticas". Yo por mi parte agregaría muchos textos periodísticos de Rubén Darío, y también del mismo Borges, quien no sé si a su propio pesar fue un asiduo colaborador de diarios y revistas.

¿Cuántas veces, ahora, un ejemplar de periódico se salva del tedio por un buen artículo de un buen periodista o de un escritor de renombre? Aquí, en la remota Nicaragua centroamericana, donde el periodismo debe cargar con el lastre de una extremada politización, hace ya bastantes años apenas podía leer eventualmente algunas ediciones del diario español El País, donde con frecuencia tenía la fortuna de leer grandes artículos.

El País, del que soy admirador irreductible y acerca del cual también comparto la opinión de que es el mejor diario de lengua castellana en el mundo, cuenta desde hace también ya bastantes años con un "Ombdusman" o "Defensor del Lector". En aquel tiempo yo no sabía si se trataba de un apócrifo, pero las primeras veces que lo leí estaba firmado por Juan Arias y todas las semanas criticaba, desde todos los ángulos, las ediciones del periódico, apoyado seguramente en una vasta experiencia como informador y fundamentalmente en las miles de cartas, e-mails y llamadas telefónicas que el diario recibe de sus lectores.

La columna, que precisamente se llamaba "El Defensor del Lector", aparecía semanalmente, después bajo otras autorías, en la sección de opiniones del diario, y cada una de ellas era prácticamente una lección de periodismo en sí misma, aparte de lo que el propio periódico lo enriquece a uno como periodista.

Arias se despidió hace ya mucho tiempo de sus lectores, y con su despedida yo me di por enterado de que en realidad no se trataba de un seudónimo o de una columna apócrifa, sino de un escritor nacido en Almería, que luego coordinó el suplemento cultural “Babelia” y que, antes de despedirse de su tribuna de Ombdusman, alentó a los lectores a continuar el mismo afán crítico con quien pasaba a relevarlo en la responsabilidad de la columna.

Personalmente soy un convencido admirador del periodismo ibérico, sobre todo el de los últimos veinte años. Desde 1985, gracias primero al correo postal, al avituallamiento de los periódicos donde he trabajado y ahora a la Internet, leo con fervor a algunos buenos columnistas ibéricos e hispanoamericanos. De ellos he aprendido lo que Arias, apoyándose en Borges, García Márquez y en el requerimiento insistente de sus lectores, sentenció en su despedida: lo más importante en un artículo, nota o reportaje periodístico, aparte de su objetividad, es lograr un enfoque interesante que, por sobre todas las cosas, esté bien escrito.

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