• Sept. 10, 2008, 10:13 a.m.
Mis alumnos de Ética y Comunicación, me solicitaron presentarles un pequeño esquema de la discusión sobre la ética en general y entre los comunicadores en particular.

En este trabajo, presentaré las variedades teóricas, tal como les he informado a ellos,  como un camarero cuyo menú ofrecido, sólo el solicitante podrá elegir, excepto que pregunte por la especialidad de la casa y, en ese caso, será un placer de este servidor explicar sus bondades.

Para las particularidades de la profesión de comunicador, creo que es mejor emplear una metodología casuística y discutir caso por caso: que lo estamos aplicando con el empleo de algunas películas contemporáneas, referidas a situaciones empíricas que experimentan los comunicadores de todo el mundo.

Partiré de la siguiente idea: Sólo los libertinos y los santos pueden ser integralmente éticos. Dentro de una campana de Gauss, esa curva de distribución normal de datos que se representa en la estadística, serían las “colas” simétricas: los santos son los que hacen del ser un deber y los libertinos, de ese mismo deber, un placer. Jacques Lacan dijo una vez que Kant es el otro de Sade o viceversa. La mayoría de nosotros, sin embargo, estamos debajo del hongo de Gauss: traicionamos todos los días nuestros deberes, por los pequeños y grandes placeres que nos tientan y nos hacen practicar una doble moral. Este es el sentido básico de decir, que la mejor ética es aquella que no puede decirse y su esencia, la de ser traicionada. Sino lo hiciéramos, el planeta estaría poblado de personas como San Francisco de Asís y Madre Teresa de Calcuta en Ciudades de Dios y del Sol o de sátiros y pervertidos en Sodoma y Gomorra.

Con todo, no hay una sola ética. Buena parte de los especialistas del tema, hablan de una ética dialógica (Habermas, Appel, Cortina, Savater, Rorty, Dussel, etc.). Hoy, podemos hablar de un menú de éticas, de una carta discrecional, elegible según el gusto del ciudadano, como lo explicaba Gilles Lipovetsky en su obra “El crepúsculo del deber”. En efecto, hay una ética a la carta, dentro de la cual la ética del deber es sólo una de ellas, ni superior, como se creyó antes ella misma, ni inferior, como creen algunas de las que la derrotaron; sólo diferente; una entre otras. Veamos los tipos.

Ética clásica: Desde Aristóteles hasta Séneca. Es la ética de la realización y la plenitud de los hombres en las ciudades que, por principio, son buenos y tienden al bien común. El único lugar donde podían desplegar todas sus potencialidades, expresables en virtudes ciudadanas, era en la polis griega y en la civitas romana. De aquí que la ética sea a la vez política y filosofía, carácter y sentido. Séneca será el primero, ante la decadencia del imperio romano, quien empezará a decir que uno sólo se puede salvar en el cielo jupiteriano. Será la cama que encontrarán preparada los cristianos.   
 
Ética cristiana: La salvación sólo puede ser encontrada fuera de las ciudades, en el cielo y, por medio de un juicio inapelable de Dios, que nos premiará o castigará, conoceremos también el infierno y la culpa. El paradigma será la garantía de no extraviarnos por un pecado original que nos hace, por principio, pecadores y corruptibles. El pivote central del sistema será la observancia estricta de los mandamientos de la ley de Dios.

Ética del deber formal: Kant continuará y secularizará la ética cristiana. Sólo hay deberes inflexibles sin tiempo, espacio ni justificaciones. El deber mismo es su propia recompensa. Nadie deberá tener excusas para cumplirlo. Variantes de este tipo se le encuentra también en Max Weber, quien opuso la ética del responsable (kantiana) a la del convencido (revolucionaria). Zygmunt Bauman, un sociólogo contemporáneo recoge, un poco a lo Che Guevara, la ética de la responsabilidad a través de hacer propio, el dolor abstracto y lejano de los “otros” que no vemos. En el nacionalismo, el deber más alto será defender a la patria, hasta con la vida misma si fuera necesario.

Ética del deber histórico: Para Hegel, sólo habrá deberes, en forma de leyes dialécticas, para con el espíritu y la historia eurocéntrica. Sólo habrán deberes para con la misión de los oprimidos y explotados, según Marx, su heredero. La revolución será el máximo y el más sagrado de los deberes. Y la Historia el más grande e inapelable de los tribunales. Ningún derecho para los enemigos de clase y todos para los trabajadores, pero hasta que cumplan con el deber de conquistar el poder.

Ética del poder: Maquiavelo dará al traste con toda la inocencia de la ética grecolatina y la hipocresía de la judeocristiana. No le importarán los fines discursivos hacia los que tiende el ser humano, ni la garantía de un discurso ético religioso, entre quienes precisamente descubrió las leyes del poder, donde la ética ejercerá el papel de un arma discrecional en manos de los tenientes del poder o aspirantes a serlos.

El poder será medio y fin, a la vez. Todo lo demás, en primer lugar la ética, tendrá un carácter instrumental y relativo; ejercible y tomada en serio, sólo por los súbditos. Es decir, una Ética para los gobernados y otra, de absoluta libertad, para los gobernantes. Sino fuera por su obsesión de poner al  servicio de los nacientes Estados nacionales sus consejos, el maquiavelismo hubiese terminado siendo un delicioso juego para diplomáticos de carrera y ambiciosos en general, sin perjudicar a terceros, un poco como esos juegos electrónicos que les gusta a los niños y jóvenes de hoy, o como esos bailes de luchas ilusorias de los que habla la religión hindú. El rayo de lucidez maquiavélica, lo cerrará de nuevo el nacionalismo.

Ética del derecho: Ya no habrá salvación en las ciudades, ni en el cielo, ni en la Historia, sino sólo en el lenguaje, con el empleo de un vocabulario políticamente correcto y en la lucha por exigir el derecho de los diferentes. Con el descrédito en las grandes promesas emancipadoras de la modernidad, a partir de la caída del Muro de Berlín y la desintegración de la URSS, Jean Francois Lyotard y otros autores, empezarán a glorificar a los movimientos sociales y su moral de pequeñas esferas. El derecho empezó a reinar sobre los deberes. Todo el mundo empezó a exigirlo a quienes, la víspera, sólo ordenaban obedecer. Así, hubo quienes preguntaron, entre estudiantes, por qué todos los pupitres tenían su paleta de respaldo a la derecha, violando el derecho de todos los zurdos. El derecho de los “diferentes” (muchas veces marginales, minoritarios, subalternos, colonizados, silenciados e invisibilizados) empezó a ganar carta de ciudadanía.

El derecho también contó con sus propios excesos. Llegó a ser respondido por sus enemigos de dos modos: reconocerlo, pero como jerarquía y naturalización, como lo hicieron antes los colonizadores, haciendo fila en la flecha del desarrollo para los inferiores o, reconocerlo, con todos sus atributos, pero enviándolos de regreso a casa, donde deberían practicarlo. Usando el tiempo en aquel caso (con las excolonias, por ejemplo) y el espacio en este (con los inmigrantes, por ejemplo), el eurocentrismo aún defiende sus intereses y su imperio en el área moral e intelectual.

Éticas alternativas: La diferencia reconocida como derecho, y vistas desde las ex-colonias europeas, ha llevado a algunas corrientes a reclamar la coexistencia con “otras” éticas, sentidos y cosmovisiones, que no sean subalternizadas (ego subalter), ni busquen imponerse a “otras” por medio de la jerarquización (ego conquiro) que vienen ellas mismas de sufrir por las éticas hegemónicas y despóticas de los centros dominantes, donde también hay “otras” éticas dentro del “Mismo”. China comunista, como ilustración de esto, siempre ha desautorizado las presiones de las Naciones Unidas sobre su régimen (por otro lado tan marxistamente occidental como el cubano) llamándolo Imperialismo de los Derechos Humanos.

Por su parte, existe también lo que podríamos llamar de modo impropio la ética “oriental”, o aquella que niega, renuncia  y rechaza, el “deber ser” que funda toda ética occidental y la disuelve de dos maneras: a) funde el “ser” con el “deber ser” en un sólo punto, que es el todo que se ignora a sí mismo, donde pensar y actuar correctamente es lo mismo; b) coloca dentro del “ser”, al “deber ser” y hace lo mismo en el otro cuadrante, donde coloca el “deber ser” dentro del “ser”, como en el yin yang, anulando el “afuera” y el “adentro”, situados en ambos lados, a través de una sola unidad que se diluye.

Ética del placer: Es un contrasentido hablar de ética para el placer. Son términos excluyentes. También la época contemporánea es la época de Sade, una de cuyas reivindicaciones, separar el placer de la reproducción, en el presente, en el momento, por ejemplo, se convirtió en un nuevo valor, sobre todo entre los jóvenes, las mujeres y las minorías no heterosexuales.

La ética del placer, como la del poder, y la del humor, es no levantar barreras para acceder a ellos. La ética clásica en este sentido es un obstáculo. El Marqués de Sade partía de que el placer en todas sus formas, incluyendo su opuesto, el dolor, no debe ser impedido por nadie, ni siquiera por la cultura, esa forma de reprimir por medio del disciplinamiento y la educación del deseo, como descubrió Freud, en efecto, las pulsiones de Eros y Tanathos, de la pasión y la muerte.
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