• Sept. 15, 2008, 11:18 a.m.
Los más serios comentarios extranjeros, tienen, ante la situación que se vive en Nicaragua, una impresión de sorpresa, de menosprecio y de lástima. No entienden, por qué los nicaragüenses vivimos siempre en eternos bochinches; porque, los que antes eran partidarios acérrimos de una ideología, con los cambios de gobierno, se vuelven acérrimos defensores de otra ideología; porque, antiguos amigos, e incluso camadas de ideas, se atacan de manera personal sin compasión; porque, los niños no saben de la historia patria, porque los problemas familiares se vuelven nacionales….

Todo tiene su explicación. Después que las colonias de América se independizaron de España, haya por los años veinte, se inició lo que se conoce en la historiografía como el período de la anarquía. En esta época se desataron pasiones, odios personales,  pugnas descontroladas por el poder; y aún más: se mezclaron interés locales y familiares, que para desdicha de nuestro país aun persisten en la conducta de los políticos de hoy.

Según algunos historiadores los orígenes mismos de estos antagonismos y odios congénitos, surgen primeramente entre Bolívar y Santander y después se reflejaron con igual o mayor magnitud entre los caudillos locales.

Luego de haber combatido juntos en la guerra de Independencia y de mantener una amistad que lindaba con la devoción, Bolívar y Santander los dos grandes hombres de América del sur terminaron detestándose. En la lucha entre esto dos redentores hubo de todo. Desde escena de vodeli como la del “fusilamiento” de un muñeco con la figura de Santander por Manuela Sáenz, hasta tragedias como la Conspiración Septembrina.

El libertador, persuadido de que Santander había planeado su muerte lo condenó en principio a ser fusilado y después lo desterró. Santander nunca perdonó la ofensa y al regresar al país ya muerto Bolívar, a posesionarse como presidente, combatió con saña todo lo que tuviera que ver con el bando bolivariano. Para muchos, los dos grandes partidos tradicionales de América, y su historia pugnaz, nacieron de esa enemistad.

Manuel Antonio de la Cerda y Don Juan Argüello, habían tenido una amistad desde que tenían cinco años. Juntos habían aparecido como miembros del Ayuntamiento cuando eran jóvenes, así mismo habían dirigido la revolución libertadora de 1811 y ambos, ante el fracaso, fueron condenados a muerte, pero después los pasaron como prisiones de guerra a Cádiz y fueron indultados en el año de 1817.

Una vez consumada la independencia, por voto popular fue nombrado para Jefe de Estado Manuel Antonio de la Cerna y para vicejefe Juan Argüello. No había pasado mucho tiempo de estos nombramientos cuando ambos se hicieron enemigos.  Argüello acusa a Cerda de abusos en el Ejércicio de su cargo. El poder legislativo luego de investigar mandó a suspender a Cerda de su responsabilidad y se le trató de inculpar bajo responsabilidad criminal.

Bajo este panorama estalló la guerra civil de 1827, con mayor crueldad y barbarie que la acontecida en 1824. Cuenta Gámez en su Historia de Nicaragua que “los jefes militares de Cerda parecían competir con los de Argüello, dando espectáculos sangrientos de verdadero vandalismo, que sembraban el terror por todas partes y llevaba la consternación al seno de las familias. En esos duros años combatieron “pueblo contra pueblo, familia contra familias, parientes y vecinos, unos contra otros, sin otro móvil que el insensato deseo de destruirse.

El mismo Gámez escribe que “uno de los jefes de Cerda acostumbraba presentar a éste, ensartadas en su espada, las orejas de los infelices prisiones de guerra y de las personas que creía enemigas; mientras los de Argüello mutilaban las narices de muchos de aquellos a quienes se perdonaba la vida.

Cerda fue juzgado y sentenciado en 1828 por un Consejo de guerra, compuesto de oficiales enemigos  y fue fusilado en Rivas. Un compañero de armas cuenta que “Cerda era incapaz de robar un centavo; pero sonreía gustoso, cuando le presentaban las orejas de los enemigos, ensartadas en una tizona”.

Por su parte Juan Argüello fue desterrado sin recursos y sin protección por Dionisio Herrera a Guatemala y sus últimas horas las pasó sólo y triste en un hospital de los indígenas. “No hubo una mano amiga que cerrara sus ojos, ni nadie que marcara su sepultero a la posteridad”.

El abrazo entre Sandino y Sacasa fue salpicado de mutuos elogios. General Sandino, le dijo Sacasa, “usted es bienvenido al palacio presidencial de su patria y a la casa particular de Juan Bautista Sacasa. Quién le abraza como presidente y hermano suyo en la patria y como rival en el amor a Nicaragua y por la paz que nos brinda y con la que corresponde”.

Sandino le contestó diciendo que venía personalmente “a hacer la paz con el caballero presidente Sacasa y no pide nada, ni siquiera su firma”.

Sin embargo, al conocer Somoza que Sacasa había hecho la escogencia de Horacio Portocarrero como Delegado en cuatro Departamentos de las Segovia, se dirigió al palacio de Tiscapa, “ a fin de hacer la trascendencia de lo que significaba semejante nombramiento que ponía toda la fuerza armada...a las órdenes del propio Sandino”. Somoza quiso convencer al Presidente, no obstante no lo logró y “habiendo perdido toda esperanza...tomó su sombrero y le dijo al mandatario: “He hecho lo que humanamente se puede hacer en cumplimiento de mi deber a fin de evitar los trastorno que acarrearía al país semejante nombramiento y...al llevar usted a efecto el nombramiento...no me hago responsable de lo que pueda sobrevenir”.

Después de las exitosas conversaciones de paz, el Presidente Sacasa invitó a Sandino y todos lo que habían asistido a las reuniones a una cena el 21 de febrero. Simultáneamente Somoza había convocado al cuartel general de la Guardia Nacional a un grupo de conspiradores que decidió la captura y ejecución de Sandino esa misma noche.

Alrededor de las 10 de la noche se disolvió la reunión. Sandino subió al automóvil oficial de Salvatierra, acompañado de su padre, su escolta y Umanzor. El automóvil se dirigía a casa de Salvatierra, donde estaba alojado Sandino. A los pies de la colina de Tiscapa, una patrulla de la Guardia Nacional esperaba el vehículo y lo detuvo. Sandino reaccionó incrédulo al principio; protestó, alegando que debía ser un malentendido, y exigió que se le permitiera hablar con el General Somoza. No fue posible localizar a Somoza: oficialmente asistía a un recital de poesía.

Los oficiales  conspiradores ejecutaron la orden de muerte. A las  11 de la noche Sandino, Umanzor y Estrada fueron abatidos a tiros, con pistolas ametralladoras. Cuando escuchó los disparos, don Gregorio, padre de Augusto C. exclamó “Ya los están matando, siempre será verdad, que el que se mete a redentor muere crucificado”.

“Después de muerto el cadáver de Sandino fue profanado por el capitán Gutiérrez, quien exprimió todos lo tiros de su pistola automática sobre el rostro de la víctima y un capitán Carlos Tellería tomó del pelo el cadáver, lo arrastró  y lo pateó en la cara”, escribió Gregorio Selser.

Durante las décadas de los sesenta y setenta la familia Somoza gobernó Nicaragua de una manera despótica. Toda persona o agrupación política que se oponía a la dictadura familiar era encarcelada, tortura y algunas veces asesinada.

Víctimas del asedio, acoso y persecución de la dictadura fueron, entre otros,  dos hombres que habrían de marcar el destino de Nicaragua en los últimos treinta años: Pedro Joaquín Chamorro y Carlos Fonseca Amador.  Ambos se convirtieron en enemigos personales de Anastasio Somoza Debayle; y sufrieron en carne propia la furia de su odio.

Narra Pedro Joaquín Chamorro, en su libro testimonio la Estirpe Sangrienta, que  Luis y Anastasio participaban personalmente de los interrogatorios de los reos políticos, pateándolos, pegándole con puño abierto o ya sea poniendo el chuzo eléctrico.

Por su parte, Carlos Fonseca en su testimonio Desde la cárcel yo acuso a la dictadura,  incrimina a la dictadura de los Somozas de los crímenes y asesinatos de estudiantes y campesinos en los años sesenta.

El primero en morir en manos de los sicarios de la dictadura fue Carlos Fonseca, en el año 74. Somoza presentó la cabeza  del comandante sandinista ante la opinión pública con entera satisfacción.

El 10 de Enero de 1978 a las ocho de la mañana, fue asesinado de veinte disparos en el rostro, cuello y brazos Pedro Joaquín Chamorro. El director mártir había sido finalmente fulminado por los Somozas.

Después que los sandinistas triunfaron el 19 de julio de 1979, casi inmediatamente comenzó la lucha por controlar el poder entre las diferentes fracciones del frente sandinista.

El más perjudicado en esta lucha interna fue Edén Pastora, al ser poco a poco marginado de las estructuras de decisión. El 7 de julio de 1981, Pastora junto a doce hombres que había luchado con él en el frente sur abandonaron Nicaragua.

Después de un tiempo en el exilio el Comandante Cero organizó un frente de guerra en la frontera norte con Costa Rica, para luchar a brazo partido contra sus antiguos camaradas.

Ya en el noventa después que el frente Sandinista perdiera las elecciones surgió otra lucha interna por el poder. Esta vez los protagonistas principales fueron Daniel Ortega y Sergio Ramírez.  En un inició se llamaron “Por un sandinismo de las mayorías” y el otro grupo se denominó “Izquierda democrática sandinista”.

La ruptura definitiva entre estos dos líderes se dio después del Congreso Extraordinario de mayo de 1994, al ser separado Sergio Ramírez como jefe de la bancada sandinista en el Parlamento.

La separación de Ramírez agudizó a tal extremo la crisis interna, que el 10 de septiembre de 1994, éste anunció la creación del Movimiento de Renovación Sandinista, MRS.

Las represiones no se hicieron esperar: Carlos Fernando Chamorro fue destituido del Diario Barricada, al igual que fueron expulsados de radioemisoras, televisoras y medios impresos a todos aquellos que simpatizaban con el MRS.

En la década de los ochenta, tanto el ahora ex presidente de la República doctor Arnoldo Alemán, y el otrora Contralor el Ingeniero Agustín Jarquín fueron encarcelados por protestar en contra del gobierno sandinista. Ambos pertenecieron a la coalición de partidos políticos Unión Nacional Opositora, UNO, que derrotó al Frente Sandinista en las elecciones del noventa.

Sin embargo, su distanciamiento personal  inició poco después de las elecciones. El ingeniero Agustín Jarquín, daba por hecho que sería el Alcalde de Managua. No obstante, después de varias maniobras, resultó ser electo el doctor Alemán. Este hecho sería el inició de una lucha personal. Paradójicamente, el ingeniero Agustín Jarquín y el doctor Alemán, tienen de aliado a su antiguo enemigo: El Frente Sandinista.

Con el triunfo del frente sandinista en las elecciones pasadas, bajo la bandera de la reconciliación, la paz y el amor, muchos creyeron que esta historia de odios, rencores y pasiones, llegaría al final y las cicatrices  se irían saturando poco a poco. Pero no ha sido así.

Se ha abierto la puerta a los conflictos personales; a las emociones, y a las pasiones, en donde la población no tiene nada que ver, pero es la que sufre.

Esta ha sido la historia de Nicaragua, bochinches entre familias, entre grupos de poder, entre enclazados, y excluidos; una historia, sin lógica, ni razón, en donde las calles y los colegios, los parques y los barrios, duermen con un nombre y al día siguiente aparecen con otro. Ni los muertos tienen paz.

A lo mejor esa sea la razón por la cual los estudiantes de secundaria, no quieren estudiar esta historia, llena de conflictos, y de violencia, y no de acuerdos, y consensos, como en países vecinos.

La historia dijo en alguna ocasión Marx, unas veces se repite como tragedia y otras como comedia, pero lo cierto es que el Libertador Simón Bolívar adolorido y enfermo camino hacía la muerte dijo: “El no habernos compuesto con Santander, nos ha perdido a todos”.

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