• Sept. 15, 2008, 11:15 a.m.
Para comenzar, y por respeto a los derechos intelectuales y de autor, debo mencionar que el título que escogí para este artículo de opinión es derivado del original “El Arte Supremo de la Viveza” del doctor Sergio Ramírez Mercado, para el cual recomiendo al lector su lectura en el enlace http://www.ideay.net.ni/index.php?s=15&articulo=271 y en el que Sergio expone magistralmente – como sólo él sabe hacerlo – ese mal común que asalta a nuestros países latinoamericanos: el descaro, la viveza; vista desde su forma más simple como el no hacer una fila, no pagar una cuenta que nos corresponde, hasta niveles inimaginables como burlar a todo un país en un proceso de elecciones presidenciales o a los fanáticos haciendo trampas al deporte de alto nivel.

Pues bien, sin que parezca comercial publicitario ni nada parecido, debo citar lugar, fecha y hora para respaldar la veracidad de lo que quiero expresar acá. El pasado domingo 25 de agosto mientras mi novia y yo teníamos alrededor de 25 minutos haciendo fila en una de las salas de cinemas Galerías esperando la tanda de las 07:20 p.m. de la película “Se Busca” – o “Wanted” en inglés – se apareció Levi Luna, a quien todos conocemos por dirigir el programa televisivo 8 Deportivo, y sin más ni más e ignorando la fila de personas que muy pacientemente esperaba la hora de la película, abrió la puerta y entró con su pareja a la sala de cine; afortunadamente un muchacho de los que trabajan para los cinemas se percató de ello, lo siguió y le solicitó que se saliera porque la tanda anterior aún no había terminado, además de que había una fila de personas esperando para poder pasar y que por favor se sumara a ella.

Levi salió de la sala con su pareja, una muchacha que lo acompañaba, y lejos de mostrar un poco de respeto por quienes hacíamos la fila, se quedó ahí mismo cerca de la puerta de la sala sin siquiera dar la cara a quienes pensábamos – por lo que acabábamos de ver – que él es uno de los “vivos” de los que habla Sergio en su reseña. Llegó la hora de la tanda de las 07:20 p.m., los señores de servicio dieron la señal de que ya podíamos pasar a la sala y, muy flagrantemente, Levi Luna con su acompañante fueron los primeros en entrar muy apuradamente buscando pasar por desapercibidos.

Como yo era de los primeros en la fila le hablé y le dije que por favor hiciera fila, que simplemente tuviera consciencia de que la gente había esperado paciente y ordenadamente y que él debería hacer lo mismo;  la muchacha, su acompañante, mostró una expresión combinada de asombro y molestia conmigo por mi reclamo, Levi por su parte me respondió de forma literal: “Si quiero hacer la fila la hago, sino no, y no quiero hacerla”, insistí una vez más diciéndole que debería dar el ejemplo, que todos debemos hacerlo como buenos ciudadanos, pero que él por ser una figura pública -de una u otra manera- era llamado a ser uno de los primeros en dar el ejemplo, a lo cual volvió a replicar: “No sé si el ejemplo que estoy dando es bueno o es malo, realmente no me interesa”, solo le respondí que el ejemplo era pésimo y ahí lo dejé, pues inmediatamente me di cuenta que no valía la pena intentar hacer entrar en razón y consciencia a alguien que se las da de “vivo” y que no reconoce sus errores.

Esto no es nada personal en contra de Levi, apenas tenía referencias de él por su profesión como periodista y comentarista deportivo -valga mencionar que tales referencias eran buenas-, pero realmente es una decepción el comportamiento que mostró ante una situación que demandaba respeto y sensatez de su parte. Ahora cuento con una referencia más de su persona.

Espero que esto sea tomado como lo que pretende ser: una crítica constructiva, y Levi no siga con sus ínfulas de “me vale” y “qué bueno soy burlando a los demás con mi viveza”, ese Arte Supremo que hasta es visto como una virtud en Latinoamérica, como lo señala Sergio Ramírez, cuando en realidad no es más que algo vergonzoso que deberíamos ir eliminando de nuestras infamantes costumbres con algo tan sencillo y difícil a la vez como lo es la educación.

El autor es ingeniero en Computación

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