• Sept. 17, 2008, 10:06 a.m.

Fue este domingo 31 de agosto en que decidí enrúmbame a una de tantas salas de cines que hay en la capital. Apresurado subí las escaleras del centro comercial y logré colarme entre tantas personas que acudieron a ver HELLBOY II, una saga espectacular del afamado director de cine Guillermo del Toro.  
 
Ahí estaba mi obeso y párvulo cuerpo, sentado y acomodado en una sala de cine atiborrada de personas matando la rutina y, a 18 grados de temperatura fría. En realidad la sala de cine se siente el olor del alimento chatarra.    
 
Pero… vuelvo a lo que me ocupa. Todo empezó perfecto y todo concluyo igual; pues The Golden Army  -Hellboy 2 y el Ejército dorado-, es probablemente la mejor película de su autor -quien hasta ese momento, en líneas generales, no había ofrecido nada más que una llamativa mediocridad apoyada en el esteticismo vacuo-.
 
Guillermo del Toro, supo en esta ocasión, una fórmula estética y narrativa, que
aglutinó todos los referentes temáticos que le inspiran en una Imagen sólida de
espectáculo y ensoñación. La mirada melancólica - que en su precedente quedaba aislada entre tanta inconexa ornamentación-, aparece ahora tiñendo el conjunto de perfiles que protagonizan la aventura como si se tratase de un viaje sentimental al tiempo que los escenarios y la simbología construyen el juego de universos entre lo humano y lo mitológico; Nueva York esconde a los seres fantásticos en sus bajos fondos y en las cloacas, los seres del inframundo y los seres humanos que deambulan por las calles ironizando en torno al –anti-,héroe. Como en la secuencia del gigantesco Titán arbóreo que muere a manos de nuestro protagonista, la mirada de compasión -y un cierto sentir romántico a modo de homenaje a Tolkien y demás inspiraciones feéricas-, impregna un relato que no olvida el humor punzante y la parodia.

Así, el sentimiento deja una marca imborrable en una de las secuencias más poderosas de los últimos meses: Hellboy y su colega escuálido tragando botes de cerveza mientras cantan el tema de Barry Manilow. “Sin Palabras”, un plano secuencia en retroceso nos aleja del dúo -mediante una angulación casi cenital-, al tiempo que nos introduce en el corazón de los personajes. Puro Cine.

La sabia expresión de los caracteres que no se toman muy en serio a sí mismos pero que quedan realizados en un universo con leyes propias, libre de pretensiones y al servicio de la acción orgiástica. Que el último tercio de la película sea un espectáculo arrollador no impide concluir la historia con una punzada trágica -el suicido de la princesa-, escondida tras la comicidad. Ese equilibrio de tonos es un sello inconfundible y una guía para el espectador. La puesta en escena de una cápsula verde que al tener contacto con el agua, se convierte en un gigantesco monstruo-árbol, pero que al ser derrotado por el personaje principal, se convierte en una linda flor de 20 metros con jardines a su alrededor, mientras los edificios, autos y personas, la rodean.  

Definitivamente un pequeño reservorio en medio de selvas de cemento.  
 
Dicho en mejores palabras, un guión mejor estructurado y una mirada más concisa sobre los personajes y el contexto explican la mejora respecto a la anterior entrega, a pesar de la arbitrariedad y la indefinición en ciertos pasajes y temas que se obstruyen en la redundancia, la exposición iterativa y el chiste fácil. La previsibilidad, tan inherente al mismo concepto sobre el que Del Toro trabaja, es un factor de segundo orden cuando despliega su gran sentido del espectáculo.

Para los que quieren aprender sobre lealtad a tu pareja, creer en tus ideas y hasta en la adversidad amar hasta las últimas consecuencias, así como respetar y admirar a la madre naturaleza, pueden hacerlo, pues ahí, “La entrada cuesta menos de 50 córdobas y la comida chatarra cuesta mas”.   

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