• Sept. 17, 2008, 10:28 a.m.
Los líderes políticos de los gobiernos de los países del mundo desarrollado, constantemente, reconocen el extraordinario esfuerzo que a diario realiza la diáspora hacia estas sociedades en el mundo adonde residimos, pero sobretodo, los gobiernos de nuestros países de origen, enaltecen la notable responsabilidad de nuestra participación hacia el desarrollo económico, social y cultural en nuestros cantones, barrios, colonias, residenciales, ciudades, puertos y montañas en toda nuestra añorada patria Latinoamericana.

Somos reconocidos en el mundo por nuestro loable espíritu, como ejemplares amantes, procuradores y defensores de la Libertad, el Progreso, la Justicia y la Paz.

En cada uno de nosotros existe el patriotismo que las páginas de nuestra historia nos revelan enseñándonos el coraje, el heroísmo y la visión de nuestros más destacados inmortales indígenas Aztecas, Mayas, Incas y en mi país, los nativos Pipiles, quienes con sus inmortalidades según la historia,  en 1054, contribuyeron en la fundación de la otrora gloriosa nación mesoamericana, el establecimiento del actual El Salvador, en el espléndido valle, que entre el volcán llamado Quezaltepec y el río Acelhuate, fue nombrada Zalcuatitin por los reyes Topilzin Acxitl, también llamado Quetzalcóhuat II y el rey Moconetzin, apodado, "el Niño de Maguey".

Zalcuatitin eventualmente se llamaría CUSCATLIN, que en el dialecto Náhuatl, se traduce a "Tierra de Cosas Preciosas" y ahora en castellano se convirtió en CUSCATLAN.  En esas páginas históricas del pueblo de Cuscatlán, - las cuales son similares en toda Latinoamérica -, encontramos que, después, de ese glorioso tiempo del reinado aborigen, los sanguinarios conquistadores españoles en su campaña de aniquilación y robo, exterminaron con su despiadada opresión nuestra cultura e hicieron sucumbir temporalmente la existencia de la grandiosa nación que hoy orgullosamente heredo y represento.

Trescientos años después de la conquista histórica, el espíritu ancestral en el pueblo revolucionario, produjo la heroica iniciativa de Independencia, la cual hoy, 15 de septiembre del 2008, en su centésimo octogésimo séptimo aniversario, los centroamericanos y mexicanos celebramos con similar convicción a la de nuestros laureados Próceres y nuestros heroicos indios.

En mil ochocientos veintiuno con la independencia del imperio español se promulgaron en ese momento la abolición de la esclavitud indígena y la creación de una nueva sociedad libre, progresista y justa para todos los integrantes del nuevo estado, y que todos los ciudadanos de la inmensa y extendida nación Mesoamericana exiliada en diferentes partes del mundo
celebramos patrióticamente hoy.

En este nuevo siglo, aún, esa visión histórica, ha eludido a la mayoría de los hijos de Latinoamérica. Como sabemos, desde los inicios del siglo pasado, el pueblo ha vivido el continuo sacrificio de buscar Justicia, Libertad y Progreso, debido a la injusta opresión de dictaduras militares, oligarcas, nacionalistas, comunistas y socialistas, que produjeron en el mundo históricos alzamientos de armas por los puños de nobles campesinos y obreros.

En mi país particularmente, desde 1932 los campesinos junto a obreros vivieron esa opresión que llegó a su fin en 1991 con el fin de la guerra militar. Desde la década de los ochenta, formalmente se inició una guerra civil, que como resultado heredó más de 75 mil héroes, quienes con sus mortalidades, dieron inicio a la oportunidad de renovar una Patria secuestrada por la oligarquía y una sociedad sedienta de ecuanimidad y oportunidad.

En la reciente historia latinoamericana, la colonización, el militarismo dictatorial y la forzada emigración por falta de oportunidades, han sido motivo de opresión, más así, nuestra convicción como pueblo creyente en frases como el lema patrio que en la bandera cuscatleca ondea DIOS, UNION Y LIBERTAD, hace infalible nuestra vocación patriótica, la cual nos hace
luchadores incansables para obtener una patria digna y de oportunidades para todos sus ciudadanos.

En este momento histórico en el cual Latinoamérica es azotada por la violencia, la pobreza y la polarización política, exhorto a mis compatriotas a llenarnos una vez más de coraje, similar al que existió en los príncipes indígenas Moconetzin, Atlacatl y Atonal; de visión, similar a la de los próceres doctor José Matías Delgado, doctor José Simeón Cañas, General Manuel José Arce; de inmenso valor, como lo hicieron los campesinos Anastasio Aquino, José Feliciano Ama, Agustín Farabundo Martí; de sacrificio idealista, que fomentaron los mártires Roque Dalton, Oscar Arnulfo Romero, Domingo Monterrosa Barrios y los ideólogos Schafik Handal, Napoleón Duarte y Roberto D’aubuisson.

Todos dentro de sus propios puntos de vista y convicciones dedicaron sus vidas en la búsqueda de libertad, justicia y progreso, sus hechos cívicos han moldeado nuestra historia y ofrecido la oportunidad de vivir en Democracia, como otros dignatarios y revolucionarios latinoamericanos.

La nación Latinoamericana, se encuentra dividida, ensangrentada, corrupta y pobre. El estado latinoamericano se encuentra secuestrado por clases políticas que ignoran los sacrificios históricos del pueblo. Ahora es el tiempo propicio para que surjan nuevos próceres, nuevos héroes, nuevos patriotas, es el momento histórico de independizar nuestros pueblos de las opresiones que este nuevo siglo arrastra del pasado.  


El autor es secretario General Comisión Cívica Democrática
703-943-8259
Desde Washington DC
www.comisioncivicademocrativa.org
waltermonge@comisioncivicademocratica.org

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