• Sept. 19, 2008, 4:38 p.m.

(Mientras cambio de opinión y/o reconozco un nuevo error)

INTRODUCCION

Hablar del suicidio de los intelectuales, produce una sensación muy extraña, como esa cuando uno mira un bello cementerio y deja escapar, sin control, la expresión “si hasta dan ganas de morirse”; o la de un baño, escrupulosamente limpio, en la que uno se lamenta hasta de ensuciarlo. Estamos tan acostumbrados a los intelectuales que no podríamos imaginar un mundo sin ellos. Nos han hecho creer, ellos mismos, que en su ausencia, la vida sería sorda, muda, fea, vulgar, baja, insípida, inexpresiva y desierta.

No es nada nuevo decir que a partir del Humanismo y el Renacimiento, los europeos pasaron a ocupar el lugar vacío de su divinidad derrotada o en retiro. Algunos de ellos, en exclusiva desplegaron como herencia, todas las virtudes (que se vieron como horrores desde las víctimas en sus colonias) del Dios cuestionado.

Cada crisis en el pensamiento euro-norteamericano apela a estos fundamentos. A partir de Nietzsche, se abrió la posibilidad de que Dios estuviera muerto, pero aún así, le sobrevivió en el mismo Nietzsche, quien estaba testimoniando intelectualmente su asesinato desde otro fundamento igual de trascendente: la voluntad de poder. Dios seguía viviendo en sus asesinos y retadores más temibles: los intelectuales.

Los que han perdido fuerza, a partir de las crisis de representación epistémica (hablar a, con, de, desde y en nombre de los demás) y de las crisis que sufren todo el espectro de las  emancipaciones, desde las más duras (vanguardias, partidos, escuelas, paradigmas, corrientes, etc.) hasta las más blandas (movimientos sociales, coexistencias alternativas, diálogos pluriculturales, etc.). Podemos hablar, entonces, del suicidio de los pequeños dioses, únicos herederos (según ellos) del entendimiento de esa luz “mayor” que contribuyeron a despedazar un buen día de julio de 1789, fecha impuesta como importante  para sus colonias a través de sus letrados.

Del pensamiento

El pensamiento, es el gran problema de todo y no la solución. Concebido como la gran mediación entre el ser y la realidad, cuya paradoja descansa sobre la idea que nos acerca más a unos objetos y seres a los que pertenece (en virtud de que no hay separación entre el pensamiento y el pensador), en el momento exacto en que su empleo (para justificar al pensador) nos aleja de ellos: nada puede ser visto sin él.

El pensamiento es el verdadero fundamento de toda la cultura occidental. Y lo que más le fascina es perseguirse a sí mismo por medio de un juego de contradicciones que lo afirma aún más. Se ha creído indebidamente que la cabeza es la parte más importante de nuestro cuerpo, donde están cuatro de los cinco sentidos, más el sentido propio de la reflexión (filosofía/ciencia/técnica) y la imaginación (política/moral/arte). De todos los sentidos, dos son ausenciales (visión y escucha que se pueden reproducir en ausencia de los cuerpos) y tres presenciales (olfato, gusto y tacto que no se pueden reproducir). La imaginación, por medio de la memoria, los subsume todos para escenificarlos, pero sólo puede reproducir dos.

Así, pues, a dos sentidos sensoriales, tres dimensiones euclidianas y una representacionalidad intelectual, le llamamos “realidad”. Con esta cadena de definiciones, en realidad, andamos por el mundo “suponiendo” lo visto y pensado que, muchas veces, por efecto performativo propio o impuesto, lo materializamos de verdad.
 
El pensamiento, además de lenguaje, es sentido. El sentido desde entonces ha sido el ser. Sólo cuando el sentido se quiebra, produce esos latigazos de lucidez sufridos por nuestra cultura y que supo ver bien Husserl, desde las guerras “mundiales” dentro de su continente, para el caso de “su” ciencia europea. El ser, privado de telos, de sentido, es un haz de fuerzas, un campo de batalla e ilusiones, un nodo de entradas y salidas, todas inasibles, fugitivas, cambiantes, irrepresentables e impresentables. La relación básica que se ofrece es de dominio entre un sujeto que “crea” a su objeto y lo investiga para su servicio. Este será negocio, oficio, recreación, obsesión y campo de los intelectuales. Profesionales del pensamiento que harán de sus habilidades, porque es parte del oficio, hacerse pasar por imprescindibles para dar “voz” a los sin voz, argumentos para liberar a los desposeídos, explotados y oprimidos, así como iluminar a los invisibilizados.

De los intelectuales

Son intelectuales, aquellos capaces de generar una opinión entre los demás (con el concurso de los medios de comunicación social) e imponerla por demostración racional o seducción sensorial, a través de una cadena de afirmaciones, dentro de un juego de fuerzas a favor o en contra de algo o de alguien.

El “juego” consiste en tomar en serio lo que dicen. Usualmente desde el ámbito escrito (de mayor prestigio y profundidad) y audiovisual (de mayor amplitud y fuerza) consiguen sus audiencias y consensos. Generalmente, separan su vida cotidiana, de lo que dicen creer. Hasta donde yo sé, sólo el psicoanálisis (bastante devaluado) y algunos historiadores, lograron establecer una conexión entre lo que dicen los intelectuales y lo que ellos creen ser. Los intelectuales prohíben la exhibición de su vida personal (ad hominen), pero necesitan siempre para ilustrar y legitimar sus mensajes, las de los demás, usualmente figuras binarias (para atacar a unos y defender a otros) construidas desde ellos mismos.

De la representación

Los intelectuales, en el sentido indicado arriba, parten de fijezas homogéneas y de matar las diferencias reales (y construir otras como virtud y derecho o naturalización y jerarquías) entre los seres y las cosas. Producen subjetividades e intercambian unidades representables con sus iguales, muchas veces adversarios, que son parte del juego.

Da lo mismo eliminar o resaltar, el tiempo, el espacio y las diferencias para convertir en teoría cualquier cosa e imponerla por seducción, fuerza, demostración, convicción o violencia, a otros usualmente débiles, semiletrados o enemigos superiores a sus fuerzas (con nombres abstractos como “poder”, “sistema”, “capitalismo”, “socialismo”, “culturas”, “globalización”, “colonialidad”, etc.), para justificar un poder hurtado a ellos y pasable como resistencia. Sin embargo, hay que saber distinguir dos tipos de representación; las epistémicas, abordadas en este ensayo y, las legales y delegativas, en la cuales los ciudadanos expresan su voluntad y deciden, por medio de procedimientos notariales, de elección, registro y control, disponer de ella.

El problema de la representación epistémica han sido los intelectuales, de los que no me excluyo: no los subalternos o hegemónicos de cualquier tipo, lugar o  tiempo. Su relación central es amar (como el Dios severo pero amoroso que venían de derribar) las preposiciones utilizadas para separarse de sus objetos. Estas son pensar; a, ante, con, de, desde, hacia, en, entre, para y por los demás, debidamente representados (incluso negando hacerlo y viéndose a sí mismos en la operación como transparentes). En este último caso se  abren alternativas de las que hablaremos en su suicidio.

De la emancipación

Es la madre de las ilusiones modernas. El verdadero núcleo de la modernidad occidental. Junto a la representación, dota de identidad a los intelectuales. No tiene sentido representar a quien sea, si no es para salvarlo en la ciudad, en el cielo, en la historia, en el lenguaje o en, y desde, los márgenes del sistema. Y la emancipación activa, alternativa y revolucionaria (deber ser), tiene su “otro” oculto en la crítica, como método, como acción (ser), de un presente del que se desea escapar hacia adelante; siempre hiede, no nos gusta.

Y esa es la diferencia entre las personas “pobres”  o los/as “otros/as” (nobles, indoblegables, puros e inocentes) que construye un intelectual y el pobre y otro/a “real” (la barriada, el lumpen, el delincuente, el violador, la inculta, el indio, el negro, el chino, el árabe, la puta, etc.), a menudo a merced de la definición de otro intelectual adversario. Entre un “pobre” real y un pobre “real”, la diferencia no son solo comillas, sino ilusiones redentoras. Ilusiones de unas criaturas que estamos condenados a no saber nunca quiénes son de verdad y, aunque lo supiéramos, lo mejor para todos es no definirlos, no decirlo.

Cada estudio registrable sobre los/as “otros/as”, sea ejecutado o no con la mejor de las intenciones y por el mejor de los estudiosos, siempre terminará en los archivos de los servicios de inteligencia de potencias y embajadas.

Toda la desgracia occidental, proviene de no estarse quieta dentro de una habitación – como señaló Pascal. Las sociedades se han tornado en un infierno de salvadores. Se parecen a esos autobuses urbanos en las que nos abordan los predicadores, sin pedirnos permiso, obligándonos a escuchar sus amenazas de condenarnos, sino seguimos su camino redentor. La emancipación es una heredera de la esperanza pasiva de las religiones y síntesis del telos moderno. En la cultura occidental aún hace estragos, incluso dentro de los que creen adversarla y suponen no emplearla, para dirigirse a los demás, rehusando reconocer que lo mejor es callarse.

Del suicidio de los intelectuales

Si partimos de que no podemos representar a nadie, ni siquiera a uno mismo, porque constantemente cambiamos como cambian los demás, y además reconocemos que nadie quiere ser salvado, porque ha sido un invento nuestro sobre ellos, entonces se abren varias salidas a) decimos todo esto como último grito, a guisa del canto de ese cisne negro que pedía Popper, como prueba, para falsar a todos los blancos, y luego disolvernos; b) tenemos que decirlo cada vez que podamos, como aquella paradoja de los trapenses, que ordenan a gritos callar a sus hermanos de orden, cuando violan el voto de silencio; c) lo decimos, lo sabemos y sin embargo, seguimos repitiendo el fenómeno como modus vivendi; d) nos dejamos arrastrar por el curso de las cosas que, con o sin nuestra voluntad, orientación, dirección o sentido “externo”, cambiarán de todas maneras, como lo dijeron taoístas y anarquistas y ahora, teóricos del Caos con la “autopoiesis”, en materia natural y en materia social la “poiesis”; e) no seguir diciendo estupideces y terminar de una maldita vez por todas, aquí mismo.

De la vida

Si fuera consecuente con la opción e) anterior, este apartado debiera quedar en blanco sobre fondo blanco, como el cuadrado de Malevitch. Al desaparecer los intelectuales, como los  lemmings que se suicidan en masa para autorregular su especie, la vida se reconciliaría consigo misma, incluyéndolos, sencillamente porque siempre lo ha hecho, sin ellos. Pero, cuidado, la desaparición puede ser una nueva coartada de su borradura. Son especialistas en hacerse desaparecer detrás de puntos ceros de reflexión, separados de sí mismos como biografías y cuyos discursos nadie se los hace cumplir, por medio de controles y penalizaciones.

Si lo lógico es suicidarnos y disparar a nuestra identidad desde un universo que no tiene “afuera”, porque nosotros, sucedáneos de Dios, hemos creado todas sus criaturas, levanto los brazos y me rindo: pertenezco a la opción c) y, precisamente a causa de saberme cómplice de este crimen, por esta vez como un gran lemming disfrazado de flautista de Hamelin, tocaré el instrumento para encabezar el despeñadero de todas las ratas y reírme del chillido de las muy putas.

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