• Sept. 23, 2008, 10:04 a.m.

(Derrota a William Walker)


Mi bisabuelo materno: General Alejandro Eva participó  como oficial en la Batalla de San Jacinto, y fue uno de los cronistas de la misma. Envío acá su escrito para difundirlo a las nuevas generaciones en este mes de la Patria y aniversario de la Gesta contra William Walker.

“El mismo General Alejandro Eva (Evans era su apellido original), nacido en Inglaterra, pero su familia lo castellanizó a “Eva”) escribió, treinta y tres años después de la gesta del 14 de septiembre de 1856, este testimonio sobre la famosa batalla, en donde él tuvo una importantísima participación. Este documento proviene de la biblioteca particular de un bisnieto del héroe: José Luis Chamorro Marín.

En los primeros días del mes de septiembre de 1856 una columna de 100 hombres, pésimamente armados, con fusiles antiguos “de peine”, hambrientos, casi desnudos, al mando del coronel don José Dolores Estrada, ocupa la hacienda “San Jacinto” de don Miguel Bolaños en el departamento de Granada con objeto de proporcionarse víveres y descansar las fatigas de una ruda campaña.

Esta pequeña fuerza estaba dividida en tres compañías ligeras comandadas por los capitanes Liberato Cisne, Francisco Sacasa y Francisco de Dios Avilés. La casa de la hacienda era grande, de tejas y con dos corredores. Estaba ubicada en el centro de un extenso llano y en la parte de atrás de la casa había un pequeño bosquecillo donde se instalaron aproximadamente cien hombres armados y de inmediato se puso la casa en estado de defensa, clara boyando las paredes del lado de los corredores y con la madera de los dos corrales, que se desbarataron, formamos un círculo de trincheras.

Tres días después de nuestra llegada, sesenta jinetes yankees, de las mejores fuerzas del audaz aventurero militar William Walker, se acercaron a practicar un reconocimiento del cual resultó una pequeña escaramuza, el cinco de septiembre, en que murió el cabo Justo Rocha y un filibustero, el mismo que mató a Rocha, (que según confiesa William Walker, fue el capitán Jarves).

Al amanecer del catorce tomamos un frugal desayuno cuando Salmerón, espía nuestro, llegó “a escape en campamento” participando que el enemigo como en número de trescientos se aproximaba por el sur. En el acto el coronel Estrada dispuso que solamente se quedase en el interior de la casa una escuadra que comandaba el teniente don Miguel Vélez y que el resto de la tropa ocupase la línea exterior. Así se hizo, y en esa disposición esperamos con orden de no hacer fuego si no hasta que los agresores estuvieran a tiro de pistola. A las siete de la mañana divisamos al enemigo como a dos mil varas de distancia, marchaban a discreción y no traían cabalgadura, los jefes y oficiales vestían de paisano: levita, pantalón, chaleco y sombreros negros, algunos portaban espadas y revólveres y otros rifles.

La tropa iba uniformada con pantalones y camisas de lana negra, sombreros del mismo color e iban armados con fusiles “Sharp” y “negritos”, hicieron un alto a tiro de fusil y se destacaron en tres columnas paralelas de cien hombres cada una. Cuando estuvieron a una distancia conveniente rompimos fuego, al recibir la descarga en vez de vacilar, se lanzaron impetuosamente sobre las trincheras. Una columna atacó al frente, otra por la izquierda y la última por la derecha, todas fueron rechazadas por tres veces y hasta la cuarta se pudieron tomar de una trinchera por el lado izquierdo, esto fue hasta cuando el valiente oficial Ignacio0 Jarquín y toda la escuadra que defendía ese punto habían muerto heroicamente.

Dueños los filibusteros de un lugar importante, comenzaron hacer fuego nutrido sobre el resto de las líneas nuestras, cortados de esa manera teníamos que comunicarnos las órdenes a gritos. El infrascrito, con los tenientes Don Miguel Vélez y Don Adán Solís, defendíamos el ala derecha, y yo, como primer teniente, recibí orden de  defender el puesto hasta morir si era necesario. Mis compañeros se batían con admirable sangre fría, los yankees multiplicaban los asaltos pero tuvimos la fortuna de rechazarlos siempre. Uno de ellos logró subir a la trinchera y ahí fue muerto por el intrépido oficial Adán Solís.

Eran las diez de la manaña y el fuego seguía vivísimo, los americanos desalentados, todo sin duda por los infructuosos ataques, se retiraron momentáneamente y se volvieron a realizar en tres columnas  pocos momentos después de hurrar a Walker se lanzaron con  ímpetu sobre el punto disputado. Se trabó una lucha terrible, se peleaba con ardor por ambas partes, cuerpo a cuerpo, desesperábamos ya de vencer a aquellos hombres tan tenaces cuando el grito de: ¡Viva Martínez! , dado por una voz muy conocida nos reanimó.

El coronel Estrada comprendió la gravedad de nuestra situación y mandó al capitán Don Bartolo Sandoval, nombrado ese día el Segundo Jefe, en lugar del teniente coronel Don Patricio Centeno, que procurase atacar a los yankees por retaguardia. Este bizarro militar se puso a la cabeza de los valientes oficiales José Siero y Juan Estrada y diecisiete individuos de tropas y saltó las trincheras por detrás de la casa. Logró colocarse en la retaguardia de los asaltantes y les hizo una descarga, lanzando con su potente voz los gritos de : ¡viva Martínez!, ¡viva Nicaragua! , atacó a punta de bayoneta con arrojo admirable. Los soldados del norte retrocedieron espantados y se pusieron en desordenada fuga, nosotros llevando a la cabeza al coronel Estrada que montó el caballo de Salmerón. Perseguimos al enemigo cuatro leguas, hasta San Idelfonso, ahí mató Salmerón con su espada al jefe de los americanos: Byron Cole y los despojó de un rifle y dos pistolas.

Nuestra pequeña fuerza tuvo veintiocho bajas, entre muertos y heridos. Entre los primeros figuraban Don Francisco Sacasa  y el subteniente Ignacio Jarquín y entre los últimos el ahora coronel Don Carlos Alegría. Los filibusteros perdieron al coronel Cole, al mayor cuyo nombre no recuerdo y que era Segundo Jefe, y treinta y cinco muertos, más de dieciocho prisioneros, después encontramos más muertos en los campos inmediatos.

Tal fue memorable el combate que abatió a los invasores y despertó loco entusiasmo al Ejército y a Centroamérica, porque defendíamos la independencia Centroamericana.”

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