• Oct. 4, 2007, 3:20 p.m.
Bujía es uno de esos hombres que al conocerlo —en estado conciente— suele presentarse con sus dos nombres y sus dos apellidos. Pero yo solamente en una ocasión lo encontré sobrio y como siempre presumió de su apodo, nunca pude recordar su verdadero nombre. Entonces se quedó así, como Bujía.

Lo conocí hace unos cuantos años, mientras yo estudiaba la carrera y rentaba un cuarto en la colonia Miguel Bonilla, en ese viejo vecindario contiguo a UNAN-Managua.

Entonces él era un cincuentón madrugador, con una memoria de elefante que a lo largo del día, y al calor de los tragos, llegaba a agudizar tanto su mente, que solía recitarnos extensos poemas de Martí, de Darío, o adivinanzas que nadie resolvía.

Evidentemente sus hábitos dipsómanos lo fundían temprano, y a las cinco de la tarde, ya no se le veía merodeando.

“Se duerme temprano”, me dijo en una ocasión una pulpera. Entonces llegué a saber que esa había sido su rutina desde la derrota del Frente en el 90. También supe que era un hombre de no ocultar mucho, y en el vecindario todos dominaban que había sido un escolta de elite entrenado en la Alemania Democrática con un basto conocimiento de artes marciales, tenía seis hijos, y una esposa, ahora muerta, que lo habían dejado desde que les fue imposible convivir con su farra.

Él se había quedado con la casa, la cual mantenía alquilada, y por estoicismo o degradación —eso sí no se sabe— dormía en casa de una vecina, en el patio trasero, en una banca de tabla, cuidando una olla de frijoles para el gallopinto de la siguiente mañana.
Despertaba él muy temprano, y se dirigía al bosque Mokorón, contiguo a la colonia, a recoger leña para alimentar el fuego de la olla. Era su única función. A las siete a.m., ya desocupado, se reencontraba con su bolsa de guaro.

A los pocos meses de vivir en la colonia, conocí a otros personajes de similares costumbres: obreros, estudiantes, amas de casa, desempleados. Añorantes seres que afirmaban que desde del 90 la vida también se les había escapado de las manos.

En el 2003 Johan Galtung, un intelectual noruego, ofreció una conferencia en la universidad, a la cual asistí sin saber nada sobre él; pero por las fotografías que Oscar-René Vargas y Orlando Núñez se tomaron antes de iniciar la exposición, posando junto al intelectual, me hicieron sospechar que era una de esos machos alfas de izquierda. Y efectivamente, era una eminencia del calibre de Noam Chomsky y asociados.

Según Galtung, durante la ponencia, que llevaba por nombre La Caída del Imperio de Los Estados Unidos, antes de la caída del bloque soviético dictó una conferencia a líderes del Kremlin, en el que les vaticinó su caída ocho años antes. “Ustedes caerán porque les gusta el Vodka demasiado”, dice que anunció serio desde el pulpito a los rusos. Algunos se rieron, otros se molestaron, y unos cuantos quedaron pensativos.

Según el nórdico, muy poco se había analizado la presencia y la influencia del alcohol tras las bambalinas del marxismo-leninismo. Incluso nadie se percató del alcohol como una flamante libertad virtual que tanto de día o como de noche estuvo presente en las decisiones de los cuadros del partido.

En Nicaragua la situación no fue tan distinta. Durante los cortes de café mi padre se vaciaba a diario una Ron Plata. Mi tío murió por alcoholismo. Mi abuela hasta sus 82 años no olvidó sus tres traguitos antes del almuerzo. También conocí y supe de algunos comandantes y milicianos que de la clandestinidad al triunfo, les costó tanto incorporarse a la vida sedentaria, que constantemente dependían de sus botellas de Johnny Walker.

A mis catorce años, a mediados de los noventa, cuando los y las adolescentes ya poblábamos la Managua nocturna, tomé en un bar mi primer trago de ron. En la secundaria a cuántos amigos no mató el culto al guaro en las calles de Managua. En la universidad cuántos no se iban gaseados a la avenida universitaria a defender el 6% entre gases y balines que lanzaba el gobierno, para luego verlos regresar eufóricos a las logísticas pachangas en los bares de la colonia —subsidiados por UNEN— donde se volvían a delegar turnos, tácticas y estrategias absurdas para la próxima jornada.

Mi mundo —no sé cuánto el tuyo— ha girado en torno al alcoholismo. Una vendimia sin término que se ha explayado en mi cultura, en mis hábitos, a cada paso, a mis costados.

¿Será el mal que vaticinara Galtung a los rusos, el mismo que nos mantiene en el sótano de América Latina?

¿Será verdad qué es ese nuestro orgullo de ser nicaragüense, el orgullo se sacar el pinolero que hay en uno, el orgullo de vivir un momento bravo, salvaje, búfalo, dos por uno, acompañar la sopa de los lunes, justificar la mitad de la semana, los almuerzos técnicos, el viernes chiquito, los días encajonados, el hípico, Semana Santa, diciembre, el cumpleaños del vecino, estrés, cabanga, palmazón, las velas, el despecho, o el agobio cotidiano al que nos condenan los políticos?

En 1994, mientras Alemán ensayaba a ser el Rey con tequila y su morir soñando, Daniel —ahora el elegido— después de su problema cardíaco, dejó de beber. Nunca tuvo que rehabilitarse, pues la cíclica determinación hacia el Poder pudo más que cualquier otra tentación. Esa fue su terapia. Y logró salir adelante.

Regresé a la colonia hace unos días, así, de pasadita, recogiendo La insoportable levedad del Ser de Kundera, que había prestado hacía un tiempo a una amiga. No la encontré. Tampoco me encontré con Bujía. Entonces pasé donde la pulpera, me tomé un par de chocolitas y le pregunté por él:

Dicen que el pasado 5 de noviembre se mantuvo en pie hasta las doce de la noche, y desde los primeros resultados electorales, con un cintillo en la frente y un arrugado carné rojo que ostentaba en una de sus manos, llegó al parque a celebrar con la pelota de gente.

Se rompió la ley seca y los expendios de guarón presionados por la euforia de los compas, compañer@s y compañeritos abrieron sus puertas.

Dos días duró la celebración. Para Bujía, cuatro; al quinto lo encontraron tieso junto al poste de la cancha de básquet. Estaba sonriente y aún apretaba el carné rojo en una de sus manos.
Calle Cuiscoma, Granada
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