• Sept. 29, 2008, 10:54 a.m.
El diccionario de la Real Academia Española, define “encrucijada” de dos maneras: a. Lugar en donde se cruzan dos o más calles o caminos y b. Situación difícil en que no se sabe qué conducta seguir.

En las últimas semanas se han venido produciendo en nuestro país una serie de acontecimientos nefastos. Uso esta palabra determinante y negativa pues no encuentro otra más leve para calificar lo que salta a la vista: uso arbitrario de la justicia, linchamientos políticos simbólicos de personas desafectas al gobierno, agresión en las calles, ocupación de sitios públicos por piquetes perennes, descalificaciones, persecución contra instancias de la sociedad civil, sectarismo recalcitrante, humillaciones y amenazas para coartar la libertad.

La evidencia de lo que está sucediendo está frente a nuestros ojos: Del neo-liberalismo, la dependencia, la obediencia al FMI y el contubernio con la empresa privada, no ha cambiado nada con respecto a los gobiernos anteriores, ni siquiera las amistosas relaciones con los Estados Unidos; lo que sí ha cambiado y dramáticamente es el espacio de libertad y la concepción de democracia ciudadana. Mejor dicho, se ha terminado la democracia. Quedan limitados espacios para ejercer la libertad, pero quien la ejerza pagará un precio. Y un precio alto: enfrentará el escarnio, el desprestigio, el desempleo. Si no la cárcel, al menos el Gulag, la Siberia política de la inexistencia: de la música confiscada, las cuentas de banco congeladas, la personería jurídica suspendida, las calles negadas, las rotondas tomadas y el lenguaje del oprobio manchándole el nombre y distorsionándole la vida.

En Nicaragua se está consolidando un capitalismo populista autoritario. El poder está siendo empleado para consolidar un sistema de gobierno heterogéneo en cuanto a sus enfoques del desarrollo, pero estalinista en cuanto al manejo de las instituciones y de las relaciones gobierno-sociedad-ciudadanos.

El gobierno de Daniel Ortega, ineficiente, sectario, y oligárquico, a sólo dos años de ejercicio ha dejado de operar dentro de las normas de la democracia y la transparencia. Es un gobierno hecho a la imagen y semejanza de las ambiciones y personalidades mesiánicas del máximo dirigente y su esposa, y se rige por las reglas que éstos imponen a su arbitrio, no importa si para hacerlo deban torcer las leyes, la constitución y todo el marco civil del estado.

De manera que es inútil seguirle exigiendo respeto y un comportamiento acorde con los principios que rigen una sociedad democrática. Hacerlo es mantener el espejismo, es comportarse con la ingenuidad de quien se da con la piedra en los dientes.

Nuestro país está ya en esa encrucijada que se define como “situación difícil en que no se sabe qué conducta a seguir”, y el reto ahora es salir de la encrucijada antes de que sea demasiado tarde, encontrar la conducta a seguir, replantearse la realidad en otros términos, entender que las reglas del juego que hemos venido empleando ya no funcionan y que la sociedad debe adaptarse a un poder que no tiene más reglas que las que dicta su intención de entronizarse eliminando controles, observadores, comprando enemigos y comprometiendo a los amigos.

La batalla que está planteada es la de la imaginación. ¿Quién se atreverá?

Septiembre 28, 2008
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