• Oct. 3, 2008, 4:41 p.m.
Alejados por toda la vida de los focos más brillantes de la evolución futbolística y tratando de explicar el fenómeno con desesperación por encontrar algo que nunca se halló: “la identidad propia” el fútbol nicaragüense ha perdido varias décadas de avance real. Pues nunca lo ha tenido porque desde 1907 que se practica este deporte nunca ha conseguido algo importante.

La experiencia en las distintas competencias internacionales, ha  quedado establecido para casi todos que el fútbol sin velocidad no es sino un simple remedo de arcaicas teorías que no ha sido capitalizada por estos lados, argumentando que la técnica innata jamás podría ser sobrepasada por ideales atléticos.

Error conceptual grave que ha dejado al balompié criollo lejos del circuito del desarrollo, con costos que aún se pagan. Donde sea contra quien sea el resultado siempre es el mismo, todo por la terquedad y prepotencia de un dirigente que se ha adueñado de la disciplina a vista y paciencia de un sin números de inoperantes personajes disfrazados de presidentes de federaciones departamentales.

El quiebre definitivo de esta inacción puede producirse efectuando cambios en las altas esferas de la federación y consiguiendo un adiestrador con visión que quiera imponerle transformación al juego de la selección, donde el vértigo, la velocidad, el ritmo y la técnica están complementados en la idea central de un técnico capaz.

La demanda técnica en la azul y blanco no es otra que entrelazar todas las fortalezas que se pueden alcanzar para enfrentar la alta competencia. Aunque conseguirlo enfrenta trabas no menores. Por ejemplo, el mínimo reflejo de este ideario en la competencia doméstica, donde sigue prevaleciendo la obsesión por remarcar sólo la cualidad técnica o táctica de los jugadores.

El punto es que este enfrentamiento entre lo que dicta el futbol moderno y lo que ofrece el mercado interno tiene hoy a los jugadores y a todo el medio pegando el grito al cielo clamando y reclamando por una mejoría.
 
Mientras en las selecciones nuestras escuchan aquello de darle vértigo extremo a la jugada, en sus clubes el discurso asumido es asegurar la posesión de la pelota, sin riesgos. El resultado es, hasta ahora, un híbrido que no se parece bien ni a esto ni a aquello y que, por tanto, reduce las posibilidades de concretar bien alguna de las visiones.

La pregunta básica es qué tan excluyentes pueden ser ambos idearios. Y la respuesta debería ser que no deberían serlos si es que se entiende que en este proceso evolutivo tiene que haber componente de uno y otro lado, porque el fútbol es de todos.

El vértigo, sin un mínimo de seguridad, no se justifica, al igual que poseer la pelota y no saber administrarla.- dos argumentos inexistentes en nuestras selecciones nacionales-

Enganchar ambas obsesiones técnicas es la esperanza que se debe tener para  de una vez y para siempre encarrilarnos en las vías del desarrollo futbolístico.

No puede haber de parte de uno o de otro desprecio conceptual sino que unidad y criterio firme y sano como un ideario en el entendido que todos los ejemplos que se puedan tomar como referencia, así lo hicieron. Costa Rica, por ejemplo, no es Hernán Medford o Guimaraes. Es un resumen de ambos. Honduras es Gilberto Yerwood pero también David Suazo.

Aquí se necesita un buen técnico, con su propuesta moderna, y el resto, con sus convencimientos históricos. No uno u otro, pero lo cierto que el fútbol pinolero urge de una revolución que marque la pauta definitiva del cambio y el progreso deportivo porque hasta el momento lo que ha ocurrido son cosas que avergüenzan

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