• Oct. 6, 2008, 9:54 a.m.
Apuntes para la construcción de una conducción política sin violencia ni fanatismos que permitan la alternativa de buscar y asumir compromisos populares contenedores

Debemos iniciar esta propuesta, aclarando que el único problema de los ideales, no es el tenerlos, sino en cómo algunos seres humanos los tienen; el verdadero peligro no consiste en creer o dejar de hacerlo, sino que radica esencialmente en cómo se cree.

Aquellos que se escudan en dogmatismos y fanatismos –tan en boga en nuestra política argentina- y que consideran una agresión y un ataque irreparable todo argumento que los fuerza a revisar o a tener que cuestionarse sus propios ideales o ideologías, hacen de la práctica política un sistema de
relaciones stalinizadas.

Como muy bien nos enseñara Albert Camus “para ser hombres -y mujeres- hay que negarse a ser Dios”, algo muy difícil de encontrar entre dirigentes políticos, sindicales, empresariales, etc…, siendo que es un elemento central de una política de mesura contrapuesta con el fanatismo tan típico de estos
tiempos que corren, donde es casi imposible encontrase con seres descarnados que asuman que el ponerse en la posición omnímoda y  todopoderosa del ser iluminado, es antinatural.

Estas prácticas de pensamiento único y omnímodo tan características de idealistas utópicos y de realistas obtusos, tan comunes entre las clases dirigenciales hoy gobernantes no sólo en Argentina, sino en varios otras naciones latinoamericanas están convirtiendo el subcontinente al inicio del siglo XXI en un infierno de enfrentamientos fratricidas, violencia, brutalidad política, guerras intestinas, intentos de limpiezas étnicas,
terrorismo, exterminios… y tantas otras calamidades, que se creyeron superadas.

Unas llevadas a la práctica  desde la acción directa y otras desde formas mucho más sutiles, pero también mucho más perversas, desde la inacción o la tolerancia –cuando no el incentivo- de la pobreza, la exclusión y la pauperización de enormes sectores populares.

La construcción de una política abierta a argumentaciones, experiencias, sentimientos o acontecimientos, que puedan llevar a replantearse sus creencias e ideales en pos de la felicidad del pueblo y el engrandecimiento nacional, que acepte que la duda en la ciencia no es paralizarse, sino que en la enorme mayoría de los casos termina convirtiéndose en un verdadero acicate para el avance de la investigación,  es construir basándose en la
apertura, la ironía y la autocrítica permanente constituyendo su propia razón de ser y a su vez su mayor poder.

Transformar nuestras creencias ya que la persona experimentada no es justamente quien tiene muchas experiencias, sino por el contrario quién se halle abierta y receptiva a vivir nuevas experiencias; incorporando que la
apertura intelectual y la exposición al cambio es su verdadero basamento aceptándolo como ley fundamental.

Internacionalizar que adoptar ésta forma de realizar política no es absolutamente nunca una muestra de “debilidad”, sino por el contrario son “las muletas metafísicas, los grandes ideales indudables, las necesidades ineludibles, los que ofrecen seguridad, garantías, certezas a individuos demasiado débiles para enfrentar la crítica, la duda, la discusión pública,
la deliberación conjunta” –como bien señala Rafael del Aguila-, nos conducirá a asumir los compromisos que eviten y enfrenten lo irreparable.

La política de la mesura debe entenderse como la realizada sin garantías ni fundamentos, donde sólo nosotros mismos, basándonos en la reflexión y nuestros más profundos juicios, y en nuestras propias acciones, puedan determinar el nivel de tolerabilidad en los medios que llevemos adelante; solamente una deliberación amplia y abierta a todos y con todos puede
indicarnos dónde estamos o no dispuestos a llegar bajo ninguna
circunstancia.

¡Esto no lo haré!, debe surgir con espontaneidad; marcando la línea trazada de hasta dónde no estamos dispuestos a cruzar. Remarcando que no existe ningún punto fuera de nosotros mismos que nos permita salirnos de estas deliberaciones y de las difíciles decisiones: ni Dios, ni la razón ilustrada, ni la moral universal, ni siquiera la naturaleza humana.

La única piedra basal es el esfuerzo reflexivo nacional y popular de la totalidad del pueblo, de aquí surge la verdadera importancia de la educación ciudadana.

Lo central de la política de la mesura es el imperativo categórico, que ha través de la negativa podríamos parafrasear: “juzga y actúa de manera tal que la dictadura genocida no se repita”; o lo que es lo mismo, juzga y actúa de manera de evitar el mal mayor: violencia, muerte, guerra. Es así que debemos
ofrecer una verdadera alternativa consecuencialista, o sea que tenga como objetivo primero la generación de consecuencias preferibles con la acción política.

Es así como el imperativo categórico negativo, se inicia temiendo las políticas tiránicas o stalinistas, llevadas adelante en nombre de altos ideales o de “necesidades ineludibles”. La idea que nos debe regir la acción, es eludir la tiranía, el pensamiento único, las prácticas stalinistas de la omnipresencia poderosa, cualquiera sea la forma o la ideología que adopte; pero, la lucha contra estos males políticos mayores, es justamente y precisamente, una lucha.

Debemos aclarar que la perspectiva pragmática convencional es totalmente insuficiente en esta circunstancia, y lo es simplemente, porque como nos muestran los pensadores más preclaros,”la bondad no basta” –Maquiavelo-, “la política entraña un pacto con fuerzas que no son precisamente angélicas” – Weber-, y mucho menos aún podemos obviar lo que se ha dado en llamar el síndrome de “las manos sucias” –Sartre-.

La prudencia aplicada a la construcción política consiste invariablemente en advertir justamente esto y, además, no eludir las elecciones trágicas en la acción; ya que mal que nos pese y nos duela, las habrá y nos obligarán a elegir entre males, y casi nunca o nunca, podemos afirmar, entre el bien y el mal.

Creer otra cosa, o intentar otro camino, es simple y puro infantilismo e impecabilidad; y esta alternativa impecable, no sólo es equivocada, sino que nos conducirá a la derrota y al error; ya que debemos aceptar que del bien no siempre procede el bien, la justicia verdadera y estricta no siempre produce resultados acordes al bien común democrático, y por último, lo
honesto no siempre es útil.

Estos pensamientos y opciones, por lo general muy resistidos entre nosotros, están basados en una metafísica armonizante incompatible con una mirada del mundo mínimamente realista y veraz. Pero no nos debemos hacer demasiadas ilusiones, ya que siempre juzgamos y debemos tomar cursos de acción alternativos en ámbitos políticos contingentes y verdaderamente inseguros.

Nuestras propias acciones, en la enorme mayoría de los casos, producen efectos y oleadas de reacciones que casi nunca podemos prever y mucho menos anticipar o controlar por completo, pero estas realidades no nos eximen de juzgar y actuar; lo que si, estas realidades nos exigen actuar y conducir
con prudencia extrema y sin soberbia alguna.

Se debe tener el coraje, siempre, de tomar postura contra la injusticia o el unicato tiránico, o la omnipresencia stalinista, y asumir que debemos hacerlo aún cuando no estemos totalmente seguros de nada – o sea aún cuando dudemos de la superioridad absoluta o relativa de nuestros ideales, y cuando no estemos seguros de la consecución perfecta de los fines de la acción a emprender-.

Porque un hombre-mujer verdaderamente civilizado es quien se atreve a arriesgarse por cosas que considera cruciales, profundamente importantes, aun cuando tenga profundas dudas sobre ellas. Justamente, porque permanentemente, no podremos elegir el bien, y deberemos conformarnos con elegir el mal menor; no tendremos justicia, sino apenas “un poco de
justicia”; no podremos garantizar la liberación –y mucho menos, la absoluta y transparente- y deberemos conformarnos con las pequeñas, muy pequeñas, libertades que nos hacen, precisamente, libres.

Este verdadero esfuerzo para juzgar cívicamente es nuestro más profundo fundamento; la deliberación conjunta nuestra alternativa. Solo importa lo pequeño, los cambios y las rebeldías locales, las disidencias puntuales, la solución de los problemas reales, las resistencias a lo intolerable.

La consecución y construcción de liderazgos que acepten que debemos tender a la construcción de un mundo, y una patria si no completamente justos y perfectos, al menos realistas y decentes.

Esto no debe ser visto como claudicar o bajar las banderas de la lucha por la liberación, ni el abandono de las más sanas y puras utopías tras el supremo designio de la felicidad del pueblo y la grandeza de la patria; sino que por perseguir aquellas, solemos olvidar las cosas posibles y cotidianas, aquellas que siempre redundan en beneficio de nuestros hermanos y compañeros.


El autor es de la Mesa Político Sindical “José Ignacio Rucci”
Buenos Aires, 29 de Septiembre de 2008.

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