• Oct. 5, 2007, 3:27 p.m.
Te conocí fumando y hasta me pareció un acto muy varonil, que por supuesto nunca compartí. Era una combinación rara, la lluvia, el cigarro y el trajín de aquella época.

Demoré poco tiempo en saber a la perfección el número de cigarros que consumías: 40 al día, y cuando te quedabas viendo alguna película nocturna por la tele, pues podían ser hasta veinte más; total, sólo el cenicero y vos lo soportaban cuando nadie más estaba despierto.

El cigarro era tu maravillosa panacea. Te curaba desde una resaca por algunos “jaiboles” de más, hasta la resequedad en la garganta, típica de los fumadores, como la característica tos y su impenetrable cubierta de olor a tabaco de pies a cabeza.

Fueron incontables las veces que sé que te obligaron a apagar el cigarillo en lugares públicos. La última ocasión fue en un supermercado, donde creo que habías entrado precisamente a comprar cigarros y tu infaltable encendedor.

Muchas otras ocasiones te vi reemplazar cualquier tiempo de comida por tu cigarro. Que te faltara el gallopinto con queso, pero el humo no, parecía ser tu eterna canción.

Todos tus amigos y familiares sabían y te advertían que tarde o temprano ese vicio te mataría, pero vos salías al paso con tu acostumbrada razón: “Mi abuela murió de 80 años, fumando, y por otras causas”. Una contestación poco apropiada para un hombre con título universitario y estudios de la raza humana y la naturaleza.

Ni modo, seguiste fumando, pese a que tu voz cada día perdía calidad. Los primeros problemas por el consumo del cigarro aparecieron un poco tarde, pero no llegaron sin anunciarse, porque tu ronquera era más evidente al paso de los meses.

Dos biopsias, hace algunos años, dieron al traste con lo que todos creían el único diagnóstico posible en un fumador como vos. Era “sólo” una laringitis crónica, que los médicos, supongo, te dijeron que tendría por óptimo tratamiento que te alejaras del cigarro.

Pero qué va, seguiste, como si en tu vida no hubiera pasado nada. Siguió el deterioro de la voz, la tos, de pronto el dolor agudo en la garaganta y de nuevo, una ronda de visitas a médicos particulares, al Seguro, a los laboratorios, al hospital.

Hasta entonces te diste cuenta que ya habías reemplazado el almuerzo y la cena por puro cigarrillo. Sólo desayunabas con los tuyos, como un acto familiar, y el resto del día corría a tu cuenta, y continuaste tu romance con el tabaco.
Dejaste evidencias por todos lados. Esos paquetes enrollados aparecían por el jardín, enfrente, en la esquina, en el patio, en la papelera de la cocina…

“Sólo fumo cinco o seis cigarros al día”, decías para entonces, sabiendo seguramente que a nadie engañabas, porque sólo antes del café ya habías fumado tres veces, al menos.

La fase más delicada de tu “laringitis” crónica llegó hace menos de tres meses. El sueño se te perturbó con ronquidos aflautados y si te despertabas, hacías lo mismo: fumar. De pronto ya no podías casi hablar ni respirar, pero el tabaco no salía de tus manos.

Una noche de lunes caíste en coma diabético, llovía a cántaros y casi abandonás este mundo. Los médicos de turno sólo encontraron una explicación: estabas comiendo tan poca cantidad de alimentos y fumando tanto que la glucosa en tu sangre descendió demasiado y casi moriste, pero fuiste llevado a tiempo al hospital y sobreviviste.

A la semana siguiente fue necesario realizarte una traqueotomía y la biopsia. La primera, porque los bultos de tu laringe millones de veces maltratada por el humo, estaban cerrando el conducto del aire y podías sufrir un paro respitorio, irremediable a todas luces, y la segunda, porque había que saber de qué estaban constituidos esos tumores.

El diagnóstico esta vez no fue de laringitis, sino de un carcinoma todavía no invasivo que te convierte en candidato a una cirugía y a terapia de radiación. Desde el 17 de septiembre no fumás, y aunque sé que seguís pensando en el cigarro, el estado en que has quedado no te permite volver a cualquier pulpería a abastecerte de ese tu vicio.

Viendo tu experiencia, me alegro de no haber caído en el cigarrillo, aunque debo confesar que joven probé uno que otro de aquellos horrorosos “Alas” sin filtro. El mejor consejo es no fumar y no agrego más, porque la historia habla por sí sola.
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