• Oct. 8, 2008, 9:07 a.m.
No hace mucho, hice un trabajo en clave de humor sobre la Crítica y la utopía, ilustrado con aquella figura de Marilyn Monroe donde trata de bajarse la falda ante un viento indiscreto. Lancé al aire cuatro consideraciones. Hoy rebajaré un grado el humor empleado entonces, visto que el cambio de Utopía a Emancipación no representa un gran giro y me faculta para decir casi lo mismo.

Ha salido el primer número de Crítica y Emancipación, revista de la CLACSO  que continúa la tradición inaugurada por Crítica y utopía, su vieja revista, aquella de los tiempos guerrilleros y de los intelectuales comprometidos. Cómo es la vida ¿no? Todo lo que presenta en positivo el editorialista en su bienvenida al primer número, yo lo presentaré en negativo a partir del nombre mismo. Nada más atrevido.

Tómese como un juego, pero no como crítica, ofensa, insulto o burla. También puede considerarse como admiración: después de tantas derrotas y evidencias en contra de sueños y soñadores, estos intelectuales siguen insistiendo con imaginación, creatividad y tesón en unas ilusiones colectivas que, otros colegas suyos, observan con desconfianza y donde ya empiezan a sospechar que el mal no está fuera de ellos, sino en ellos mismos.

Los nuevos tiempos, de seguro prontamente conocidos como postneoliberalismo, después del derrumbe de Wall Street, el equivalente a la caída del Muro de Berlín, parece haberle señalado a los autores de la revista, que sólo necesitan el cambio de un sinónimo por otro: de Utopía (el viejo seudónimo medieval de la salvación religiosa) a Emancipación, vieja máscara moderna, también, de la liberación de las víctimas de cualquier tipo. Se mantiene intacta, es de recibo agradecer, la crítica pero sólo al presente, reconstruyendo desde ahí el pasado (que ya incluye a aborígenes, afrodescendientes y emigrantes) y seguir imaginando el futuro. No es mucho, pero de algo tienen que vivir los intelectuales de nuestro tiempo, sobre todo los que encabezan organismos académicos e investigativos internacionales.

Se ha debilitado el neoliberalismo, el paradigma del éxito, enhorabuena, pero no olvidemos que aún subsiste su gemelo enemigo, el paradigma de la diferencia, que corre, desde hace rato, por las venas de sus críticos revolucionarios y cuyo veneno paradójicamente ya circula en la misma sangre de quienes lo condenan ¿Cómo ganarle a un enemigo que nos hizo creer a todos en la lógica del vencedor, si derrotarlo es darle la razón; y cómo negarle un derecho a “su” diferencia, si fue la que mantuvo sobreviviendo a sus adversarios?

Los conceptos son simplificaciones de la infinita variedad y movimiento de diferencias que tiene el mundo. Es imposible dar cuenta de todas las variedades con una sola definición. No tenemos más remedio que reconocer su carácter arbitrario y poderial. Pensar, pues, es matar las diferencias. Y verlas en su infinitud, como se puede hacer ahora a través de los fractales de Mandelbrot, a contrariu sensu, es no pensar, tal como le pasaba a "Funes el memorioso", en el cuento de Jorge Luis Borges.

Por cierto, Funes podía reconstruir, a punta de ver diferencias, si mal no recuerdo, todo un día, en dos. Ese plus (exceso de habla), ese desbordamiento de un día en dos o tres, a base de diferencias, se parece mucho a lo que hacen hoy las escuelas contemporáneas del pensamiento (desde el postmodernismo hasta los decoloniales, pasando por el marxismo abierto). Han descubierto la diferencia como derecho y como jerarquía, juzgando a aquel, como deseable, y a esta, como enemiga. La diferencia de esa diferencia es que no los paraliza, como a Funes, sino que los excita con nuevas narrativas melodramáticas, como las llama Nirmal Puwar.

Todo, pues, se transforma en una simulación del pensamiento, porque es un simulacro de vuelo, de despegue de lo real, que es exactamente lo que hacen los intelectuales. Separan al observador de lo observado por medio de la conciencia, perdiendo con la operación, lo que después se afanan en buscar y no se saben los responsables de una pérdida que, al problematizarla con la crítica, les justifica su oficio prometeico.

Desde Descartes sabemos que se critica sólo lo que se considera problema. Lo que no es problema, no es digno de ser pensado, decía Heidegger. El problema de todo intelectual moderno es el presente. No le gusta, le molesta, quiere trascenderlo, esta es su parentela con los dioses; no sólo viven fuera del tiempo, sino también de “su” tiempo, juzgándolo desde los fines que ellos mismos se inventan.

Mejor lo ejemplifico con el cuento de Jorge Luis Borges, “Funes el memorioso”, para darme a explicar:

A) Funes es “ellos” (no intelectuales) cuando coincide su cobertura de las diferencias en un día; es el mapa igual al territorio, hay una relación sencilla de 1 a 1 (todos piensan y todos ven diferencias o semejanzas y no se sienten especiales por ello), y no es que no hablen los subalternos, o que no los escuchen los hegemónicos, si no que se escuchan entre ellos sin mediaciones de un pensamiento que no lo separan de sí mismos.

B) Funes somos “nosotros” (intelectuales) cuando desbordamos el día y el mapa empieza a tener más importancia que el territorio, al que empieza a dominar.

C) Pero, un tercer momento no debe hacernos olvidar que Funes es una criatura de Borges, y este una ficción de sí mismo con la complicidad de canonizadores y críticos. Borges, también, es un malentendido, tal como él mismo se decía, y también un “otro” en dos tiempos y en dos espacios, como lo refiere en sus cuentos donde se encuentra el Borges joven con el Borges viejo. Borges, pues, es la suma de todos ellos (donde ya estamos nosotros). Además, desde luego, del real. El Borges real es esa brecha intersticial de la relación uno a uno (1:1), mapa = territorio, como en los filamentos de los fractales, que se encuentra la misma figura en todos los sitios y que no conoceremos más, por mucho que profundicemos, porque ha sido conocido desde el primero. ¿Complejo? Sí.

Otro modo de decirlo: Todo se parece a la película Los crímenes de Oxford donde el perseguidor del responsable que desencadena unos asesinatos en serie es él mismo, sin saberlo, como si la mariposa de la “teoría del caos” que provoca el huracán en New York, fuera hasta esa ciudad a averiguar quién ocasionó el desastre. Y paren, por favor, el maldito tren que quiero bajarme.

Los conceptos, esa unidad representable, ese valor de cambio, de los intelectuales, si no han podido reflejar las diferencias a riesgo de anularse, mucho menos que simule el movimiento, como si lo ha hecho la imagen primero, al menos en uno de sus momentos, y la imagen móvil, después, en todos ellos, pero sólo como serie de una posibilidad que se muestra cerrada y finita, cuando todos sabemos que es lo contrario: abierta, infinita y _autopoietica_, en sus combinaciones y variedades.

El intelectual moderno (sobre todo el que cree en los cambios) lo que mejor conoce y ha perfeccionado es la crítica. Pero necesita una pareja, y esta es el salto, el sentido, el destino de la flecha que el arquero disparará y sólo puede ser un sitio que se presente como la desembocadura de algo que los demás intuyan, pero que les sea reservado en exclusiva, sólo a ellos. Tal sitio empezó siendo un no sitio: la utopía, sucedánea del cielo, luego le siguió la emancipación en la historia, dentro del lenguaje, desde la pureza de la alteridad, o desde la inocencia de la subalternidad, etc. Cualquier cosa, con tal de no ver el maldito presente.

Así, pues, esta pareja (ser crítico y deber ser emancipador) está indisolublemente unida por una misma lógica y un vínculo que al mismo tiempo que las une las separa: la acción.

Sin embargo, no se puede criticar por criticar (a menos que se haga desde un segundo piso, como yo en este momento, criticando a los críticos y emancipándome de los emancipadores para que, en el siguiente piso, otros hagan lo mismo conmigo, en una regresión infinita ), ni tampoco actuar por actuar, en nombre de salvarnos para cualquier causa.

Aquellos siguen siendo charlatanes, aunque ahora no lo hagan desde cafetines, sino desde Universidades, ONG’s y Centros de Investigación;  y los otros, continúan siendo los activistas que necesitan de una capa de intelectuales (aunque nazcan dentro de ellos mismos) que les presenten de modo nítido y profundo sus propias aspiraciones. Este es el modo en que los intelectuales explican la separación de los dos conceptos y critican a los críticos, por un lado, y a los activistas, por el otro. Es una manera de situarse en el centro de todo.

Digo que la crítica sólo se hace a un presente que duele, está torcido y se debe corregir por medio del paradigma de la justicia y la defensa de los demás. Es el ser al que no tenemos la valentía de mirar de frente y no juzgarlo. La crítica sistemática, metódica, integral, científica, histórica, epistémica, sólo se hace al presente, y por parte de un grupo selecto. Cuando se le hace al pasado, se le hace desde ese mismo presente que, además, están redimiendo con un mañana: su lugar favorito. Es un no lugar, un u topos, muy parecido al que ocupan cuando reflexionan y esconden su vida personal que, se sabe desde Platón, no la necesitan para hablar, porque ellos siempre hablan desde lo más parecido a la eternidad, que es la teoría.

Pero, en sus astucias de la razón, también hacen lo contrario, hablan desde lugares específicos, al mismo tiempo que simulan anclarse en él y seguir teorizando desde su única patria: la universidad y su pasaporte de visa múltiple: la escritura. Nadie odia más al presente, que quienes huyen de él todos los días. Y la más bella de las huidas, así como la cobardía más elegante, es la de pensar y crear, creyendo que sólo un grupito lo puede hacer. Pero en verdad, todos somos intelectuales, la diferencia es que unos cobran por eso y la mayoría, no.

Lo “otro”, correlativo y complementario, de este escape del presente, es la emancipación. Como no nos gusta el maldito presente con todas sus criaturas, que las imaginamos dentro de un universo de víctimas y verdugos, buscamos el reposo de todos y de nosotros mismos, para recompensarnos el sacrificio de ser visionarios y primeros, en descubrir el bálsamo para las heridas, en la promesa, en el mañana, donde todos seremos libres, iguales y respetuosos de nuestras diferencias.

Los intelectuales han monopolizado el pensamiento en su exclusivo provecho. Las personas no intelectuales tienen mil modos (todos ricos, vivos y muy jugosos) de “criticar” a esos mismos enemigos que abstraen los intelectuales: mienten, traicionan, se hacen los tontos, se callan mientras pasa la tormenta, critican por la espalda, simulan, no entienden ni papa pero hacen como si, son indiferentes, serviles, ingenuos, heroicos contra el sistema cuando se deciden, etc, etc, etc. Dentro de un concierto así, la crítica intelectual de cualquier tipo, sólo sería un modo, ni el más importante ni el mejor, entre otros.

Resumo lo que quise decir:

1) La crítica de la crítica, y a su vez el riesgo que se vuelva autorreferente, se resuelve relativizándola. Hay que decirlo sin miedo: la crítica es un instrumento exclusivo de intelectuales y no es el único ni el mejor, sino uno cualquiera, para enfrentar o coexistir con un sistema considerado enemigo o indiferente, pero poderoso.

2) Sólo se puede juzgar a los intelectuales, observando que ellos hablan por los demás para liberarlos de algo, haciéndolos, a su vez, un objeto de estudio específico, como ellos hacen con los subalternos.

3) Digamos que se acepta, provisionalmente, esta crítica de segundo piso (alguien la objetará desde un tercero o la devolverá desde el primero) . Es seguro que le seguirá la pregunta típica de esta manera de pensar: ¿cuál es la alternativa que se propone? Respondo seriamente: jugar.  

Hice alusión, en un punto de este texto, a que pertenezco, un poco como Gödel frente a Russell, a una especie de meta- metalenguaje que se sirve del meta lenguaje, como él se sirve del lenguaje objeto, y los resultados que se obtienen son paradójicos, indecidibles, de tal manera que debo terminar preguntándome ¿quién reconvendrá al crítico de los críticos y quién se librará del emancipador de los emancipadores? Por lo pronto, mi compañera, de seguro, quien no tardará en señalar mi mal lavado de trastos y en garantizarme una separación segura, si esta noche no observo con ardor mis deberes conyugales.

BIBLIOGRAFIA

Tomasini, Alejandro (2006) Filosofía y Matemáticas. Plaza y Valdés. México. D.F.
http://freddyquezada.blogspot.com


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1“Desde el Tractatus, Wittgenstein había defendido la idea que la autorreferencia se produce cuando una función funge también como su propio argumento. Gödel hace ver que hay juegos simbólicos en donde esta limitante no vale y que cuando se pasa del lenguaje objeto al meta-metalenguaje la autorreferencia es posible. ¿Refuta Gödel a Wittgenstein?” (Tomasini, 2006: 38)

2 Las paradojas, según Russell, “surgen porque al hablar de una totalidad se incluye a esta dentro de sí misma como si fuera un elemento más. Así, la totalidad resulta ser simultáneamente tanto una totalidad como un elemento de dicha totalidad (…) Naturalmente cuando así procedemos lo que construimos no es una proposición sino un sinsentido” (Tomasini, 2006: 22). Gödel “demostró” que no es así.


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