• Oct. 10, 2008, 10:42 a.m.
En el seno de una tribu precolombina, en la cual los bienes y responsabilidades eran repartidos equitativamente, el caos se originó de forma espontánea, aparentemente. Nativos a cargo de distribuir los alimentos comunales se creyeron en el derecho de asignarse raciones extras, para sí y sus familias.

Además, algunos miembros osaron codiciar a mujeres comprometidas. Por fortuna, la corrupción no había invadido las estructuras de gobierno. Era evidente la necesidad de disciplinar a los infractores de un código inexistente, pero por todos conocido. Sin embargo, la penalización albergaba un riesgo eminente: la enemistad entre acusadores y acusados,  y el odio entre verdugos y castigados; flagelos sociales que no existían en dicha comunidad. Mediante deliberaciones y la interpretación de señales divinas, el consejo de ancianos arribó a una sabia conclusión.

Un látigo sería fabricado con bejucos entretejidos, de una árbol de sabia urticante, lo cual acrecentaría en dolor en los flagelados. El castigo único se fijó en diez coyundazos en la espalda. Sin embargo, para evitar calumnias y barbarismo, el acusador y el verdugo debían estar dispuestos a recibir el mismo castigo que el acusado. De esta forma nadie acusaría maliciosamente a un hermano de tribu, y consecuentemente el acusado no podría albergar sentimientos de venganza. Cuenta la historia que la tribu vivió en armonía por mucho tiempo. El interés común en el bienestar de la comunidad movió a muchos hacia el sacrificio que implicaba la purga de infractores, y el miedo a los diez chilillazos evitó que bajos instintos socavaran los cimientos de la fraternidad existente. Este modelo antiguo de regulación se asemeja a uno surgido muchos años mas tarde, pero ya olvidado en estos tiempos: el de la crítica y la autocrítica simultaneas.

El análisis de la situación Nicaragüense actual es por demás interesante. La histórica dicotomía política clásica entre el pro-capitalismo y el pro-socialismo ha sido olvidada y más bien fracturas en el seno de otrora corrientes ideológicas definidas han venido a replantear los conceptos de oposición y patriotismo. En una lucha sin cuartel, ataques furibundos se originan por doquier y entre la indignación, el coraje, y la impotencia, un aparente instinto destructivo se perfila como dominante, y amenaza la objetividad y el pragmatismo.

Durante el ultimo año, sólo para circunscribirnos a un contexto temporal manejable, el peso relativo de las comunicaciones escritas concernientes al debate ideológico, si puede llamársele así –ya sea por parte de la sociedad civil, el gobierno y los organismos no gubernamentales– sobrepasó abrumadoramente al cúmulo de información que aglomera propuestas de desarrollo y alternativas a una crisis multidimensional que está devastando a la sociedad nicaragüense. Inclusive, muchas acciones de desarrollo social parecen realizarse más con interés político que con el interés de ayudar, y esto no incluye sólo al gobierno.
El gran ausente en todo este asunto es el reconocimiento de las buenas acciones del adversario, resultado de un silogismo muy simple: “sé que mi adversario tiene razón en algunos de sus planteamientos; sin embargo, en el contexto general mi adversario está equivocado; por tanto, reconocer sus aciertos sería fortalecerlo y acrecentar sus efectos deletéreos a largo plazo”.  

Esta lógica maquiavélica representa en sí un complejo dilema, pues alberga en su seno un efecto boomerang indeseable para todos aquellos interesados en encontrar una resolución a la grave crisis actual.

Aunque no profeso ninguna simpatía especial hacia el gobierno, especulo desde la distancia: ¿Será que no hacen nada que valga la pena? ¿Será que su única motivación es crear descontento, pobreza y sufrimiento al pueblo nicaragüense? Y por otro lado: ¿Será que todo aquel que disiente es asalariado del imperio, contrarrevolucionario y pelele? ¿Será que Dios ahora delega la responsabilidad de decretar la verdad y de condenar a quien no esté de acuerdo con la nuestra? En todos los casos anteriores quisiera pensar que no.

Hegel nos enseñó que la dialéctica transforma dos planteamientos opuestos en una forma superior denominada síntesis, pero por definición esta se basa en el razonamiento sobre los diversos enfoques planteados y sobre todo en los principios del analista.  Así, me parece a mi, la crítica y el debate deben continuar por necesidad, pero la autocrítica, el reconocimiento, y otros factores éticos que están siendo sacrificados al calor de los enfrentamientos ideológicos deben ser preservados, para que la mística y el decoro sobrevivan.

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