• Oct. 13, 2008, 10:26 a.m.
En marzo de 1884, los intelectuales liberales Rigoberto Cabezas y Anselmo Rivas fundaron el primer diario nicaragüense en un contexto histórico que aún sigue siendo polémico en el país: los estertores del llamado “periodo de treinta años conservadores” en Nicaragua. Casi una década después, Cabezas se incorporó al proyecto hegemónico liberal que el caudillo José Santos Zelaya impulsó en el Caribe con el pretexto de luchar contra “la injerencia británica” en la Mosquitia, y fue tal su protagonismo que su nombre fue impuesto a la ciudad-puerto que con evidente resistencia los caribeños de Nicaragua se empeñan en seguir llamando Bilwi.

Con la finalización del protectorado inglés y la incorporación política de la Mosquitia al Estado nacional nicaragüense, terminó por consolidarse un proceso de hegemonía política, social y económica desde el Pacífico, que ha desarrollado paralelamente la agudización de las diferencias culturales entre ambas regiones. Y ese (aparte de haber sido pionero del diarismo nacional) podría ser el más oscuro mérito para la honra de su nombre en la historiografía nacional.

Cabezas fue, sin duda, un hombre de mucho empuje, de muchas pasiones, por supuesto, acicateadas por el influjo de las ideas de la Ilustración y regidas cartesianamente por la “incuestionable” razón roussonieana. Por su aporte a la historia del periodismo nacional es que en Nicaragua se celebra en su nombre el día nacional del periodista, que en años relativamente recientes se empezó a ver empañado por los debates acerca de la proliferación del periodismo “rojo” en los medios televisados y los ecos aún dolorosos del asesinato de dos periodistas, lo cual nos recuerda el triste origen del día internacional dedicado a los hombres de prensa, a saber: la ejecución, a manos de la Gestapo nazi, del periodista checo Julius Fucik.

El ocho de septiembre de 1943, cuatro años después de la ocupación nazi de Checoslovaquia, Fucik fue condenado y ejecutado en Berlín, hasta donde había sido trasladado para su “juicio”. En su último texto, publicado póstumamente bajo el título de “Reportaje al pie de la horca”, escribió: “Me hice comunista porque no podía ni quería resignarme a sufrir el régimen capitalista... ahora van a dictar mi sentencia. Conozco su contenido. La muerte. Mi veredicto acerca de ustedes lo he dictado hace ya mucho tiempo, escrito con sangre de la gente honrada de todo el mundo: ¡Muera el fascismo, muera la esclavitud capitalista! ¡La vida al hombre! ¡El porvenir al comunismo!”.

A veces me pregunto si habrán cambiado mucho las cosas en el mundo durante el largo lapso entre la incorporación de la Mosquitia al Estado nicaragüense y la ejecución de Fucik en el presidio hitleriano de Plotzensee. O durante el también largo lapso entre la fundación del diario El Nicaragüense durante la revolución liberal y los tiempos de olvido y marginación en que se encuentra el Caribe nica en la actualidad, sufriendo los estragos de un huracán que diezmó a su población hace un año, aunque sus consecuencias parecería que fuesen de ayer mismo.

Me pregunto, repito, si habrán cambiado mucho las cosas desde entonces. Probablemente sí, pero no demasiado. En el fondo, la situación es la misma. Para el caso del periodismo lo demuestran aquí los asesinatos (resueltos a medias, pues los autores intelectuales continúan en la impunidad) de Carlos Guadamuz y María José Bravo; algo que, pese a las tirantes relaciones entre los medios y el actual gobierno, no tiene porqué repetirse. Aunque sí hemos visto repetirse ahora el capítulo somocista del acoso sistemático y la persecución gubernamental a través de la instrumentalización política de las instituciones y de la fuerza pública. Durante el somocismo, ya sabemos, esto terminó en magnicidio y en una revuelta popular incontenible. Ojalá que eso tampoco se repita ahora.

En el ámbito mundial la casi inalterabilidad del estado de cosas se evidencia en el secuestro y la muerte cotidiana de centenares de periodistas, entre los que quiero destacar el caso del estadounidense Daniel Pearl, cuya historia demuestra que el periodismo sigue siendo uno de los oficios más peligrosos del mundo. Las secuencias de su dramático secuestro a manos de islamistas iraquíes, las vine siguiendo en los cables de noticias internacionales. Pero las causas profundas de su asesinato las conocí por un escritor mexicano que reseñó en la revista “Letras Libres” un libro del filósofo, novelista, cineasta y periodista Bernard-Henri Lévy, uno de los más reputados intelectuales franceses de la actualidad.

“¿Quién mató a Daniel Pearl?” fue publicado en castellano por Tusquet en el año 2003, a pocos meses de su primera edición francesa, y es el resultado de ingentes investigaciones iniciadas desde que, en medio de una audiencia con el presidente Karzai, títere estadounidense en Afganistán, Lévy se enteró de la ejecución de Pearl. Desde entonces se dedicó a seguir sus pasos durante el mortal itinerario del joven periodista en Irak, desde Islamabad hasta Karachi, luego de haber entrevistado a sus padres, su esposa y amigos en Los Ángeles y Nueva York, y de haber leído sus artículos y conversado con sus maestros en la universidad.

Daniel Pearl era un estadounidense más o menos atípico: judío, periodista del Wall Street Journal, casado, con un hijo por nacer. Era, según se le describe, un tipo “justo, cordial y talentoso”, interesado en las culturas del Islam y firme opositor a la mayoría de las políticas del gobierno de George W. Bush. Pero sobre todo era un periodista comprometido con la verdad y estaba, al momento de partir al Golfo Pérsico, en camino de descubrir grandes secretos.

El libro de Lévy también se concentra en la figura del asesino confeso de Pearl, el inglés de origen paquistaní Omar Sheij, quien luego de ser por mucho tiempo un “ciudadano británico modelo” (graduado con honores, campeón de ajedrez e hijo de una familia musulmana no ortodoxa), se transformó en un fanatizado instrumento de la Yihad. En realidad, se trataba de un doble agente que trabajaba desde hacía muchos años para el servicio secreto pakistaní, una fría y arrogante “máquina de matar” surgida del corazón de Occidente y no de las empobrecidas ciudades musulmanas.

Sheij engañó y manipuló a Daniel Pearl con la promesa de una entrevista exclusiva, para luego secuestrarlo y ordenar su degollamiento mientras seguía negociando con el Wall Street Journal el precio de su imposible rescate. Lévy descubrió esto después de indagar sobre la vida de Sheij, auxiliándose de “altos contactos” en Washington y en la agencia de espionaje de la India, mostrando en su libro la “temperatura integrista” de Pakistán, supuesto aliado de Occidente en la llamada lucha contra el terrorismo, claramente reflejada en el ánimo antisemita de su sociedad, en su irracional carrera armamentista con la India y en el peligro de que un atentado acabase con la vida del presidente Pervez Musharraf y que otras fuerzas más oscuras tomen el poder de un “Estado nuclear” como Pakistán.

Lévy también descubrió que Omar Sheij, cuya condición de agente del servicio secreto aclara las partes “incomprensibles” de su biografía, es también un destacado miembro de Al Qaeda, y que participó en las operaciones de transferencia de dinero a Mohammed Atta, cabecilla de los atentados aéreos del 11 de septiembre en Estados Unidos. También concluye que Pearl en realidad no fue asesinado por ser judío o periodista, sino por el curso concreto que tomaban sus investigaciones. Al parecer, estaba en proceso de descubrir las “verdades siniestras” de Pakistán: la protección que sus servicios secretos prestan a la red Al Qaeda (jugando al gato y al ratón con el gobierno de Bush) y la concepción de sus dirigentes acerca de la bomba atómica, considerada por ellos como una “bomba islámica”.

Sin embargo, en el fondo me parece que la investigación de Lévy sirve demasiado bien a los propósitos de la administración Bush al conjurar los eventuales peligros del llamado “eje del mal”. El gobierno de Bush se ha apoyado todo este tiempo en ese conjuro para emprender otras acciones de guerra con el pretexto del desarrollo de tecnología nuclear en Irán o Malasia, o del supuesto intercambio de misiles por cabezas nucleares con Corea del Norte.

Aunque falta por valorar y juzgar las consecuencias de la actual crisis financiera mundial originada en Norteamérica, aquella era la primera vez, después de mucho tiempo, en que el “modelo democrático” estadounidense era puesto en el banquillo de los acusados. Y entre quienes eventualmente lo han sentado en ese banquillo están por supuesto los periodistas del mundo y algunos pocos de Estados Unidos, pese al velado compromiso de sus grandes corporaciones informativas con la política gubernamental.

Las mentiras por las cuales The New York Times se negó a castigar a una famosa periodista por hacerlas pasar por verdades y divulgarlas, revelan el grado de ese compromiso mediático cada vez menos disimulado por los industriales de la noticia. Pero pensar en la moral cuando se es una persona de pasiones es un acto de suicidio en el frágil mundo en que vivimos. Y Daniel Pearls, casi inocentemente, se consagró a la inaudita verdad de esa injusticia.

Definitivamente, muy poco ha cambiado el mundo desde la “reincorporación de la Moskitia” al Estado nicaragüense, o desde la muerte de Julius Fucik. Aún tiene mucho sentido gritar contra nuestros fascismos criollos pero también contra el esclavismo capitalista.

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