• Oct. 15, 2008, 10:08 a.m.
A los padres de la Matria

En Nicaragua la fauna política tiene dos especimenes: los “Políticos con Fincas” (PCF) y los “Políticos que quieren las Fincas de los Políticos con Fincas” (PSF). En torno a ese principio, la expropiación campesina y el Estado de Fuerza impuesto por Estados Unidos, da fe de un boceto de la historia de Nicaragua desde su ficha A hasta la Z.

Su historia –referida a los últimos cinco siglos – da claras muestras de un nicho parasitario de esos dos especimenes, quienes en su proceso formativo, han consolidado el subdesarrollo, la marginalidad y un adoctrinamiento de pan y circo con sus sociedades. (Nótense las recientes carteleras de Chocolote, Pan y Circo de Canal 4).

Todo sigue siendo sencillo: el bienestar social es inexistente y en los programas de gobierno el discurso intrínseco ha sido:“este-hueso-es-sólo-mío”. Y cuando PCF tienen el poder, le hace una mueca grosera a los PSF: “ésta-que-te-la-doy”, le dice, y en el acto, le muestra la guatusa.

Claro, eso provoca que PSF se moleste, y en su resentimiento manda a llamar a su pelota y entonces le echan la baca a PCF, que no quieren soltar el juguete de su boca. Las constantes guerras civiles en nuestra Matria, con la masa campesina como carne de cañón, han sido la gran mampara para encubrir este teatro.

Verificar estos hechos, te asusta, pero por ejemplo, te percatas que ese viejito que aparece en los billetes de 20 pesos, fue él el primer actor constitucional que empezó a quitar las fincas al ala radical de los PCF, es decir, a la Iglesia Católica.

Pero, desde la “aristocracia del café”, Zelaya no sólo cedió concesiones extranjeras, sino también inauguró el capítulo en América Latina de retirar concesiones a los PCF-extranjeros (extractores de oro, madera y latifundistas de la agro exportación del banano). Uno piensa que Zelaya, un PSF euro centrista, tuvo grandes diferencias con los PCF-conservadores, pero no, en realidad uno suele equivocarse, pues a éstos sólo les pasó la cuenta.

Yo cada vez que leo un libro de historia de Nicaragua siento que es un escenario trillado, de pobre diversificación y calcinado. Sea el libro tan sesgado para el bando que sea, yo siento que todos sus capítulos son los mismos, e ilustran que sólo los PCF y los PSF son los benefactores de esta trama. Entonces, yo me rasco la cabeza para ocultarlo pero en el fondo, me da vergüenza y antojos de llorar por la irrealidad en la que habito, una harapienta matrix de flash backs y analepsis en sepia.

Soy una chica guapa como Luisa Ortega, de proporciones abismales, camino con el destino, pero me preocupa el remolino estático de la historia de nuestra Matria. Me perturba que la historia de este país sea de sólo dos actores y de una atmósfera árida y de indiferencia: “Y yo que pierdo, si sea el político que sea, ninguno me da de comer”. Y esa es la tesis que nos reproduce inexistentes, exiguos, extraños y extintos ante la incidencia.

Hasta inicios de la década de los treinta, quizás despuecito de la masacre de Wiwilí, la población dejó de agarrarle vara a los PCF y PSF, y les abrió la soga para que se despacharan hermoso. En realidad el pueblo estaba cansado de tanto conflicto interno y de ser llamado a andar de paja buscando a quien ajusticiar por el decoro o el liberalismo. La década de los veinte fueron tiempos duros, pero en definitiva los PCF y los PSF cambiaron de roles, y los PSF se volverían los PCF por los próximos 43 años.

Díaz, Estrada, Chamorro y Moncada fueron condescendientes con Estados Unidos, pero en verdad, además de no tener opción ante tales imposiciones de facto, aquéllos se conformaron con poder acceder a las migajas. Todos los “patriotas” terminan siendo espejos de sus enemigos, y entorno a la mesa, sacan la pluma para consumar pactos vende matrias.

“La única solución que puede garantizar la paz en Nicaragua […] es una reglamentación que les de el derecho (a EE.UU.) de intervenir en el caso de que estalle una revolución, y también incluye cierto control de las finanzas estatales”, así fueron las palabras de una caricatura del prestigio de Adolfo Díaz, para justificar la intervención y la creación del troglodismo que posteriormente heredaría el tirano y su dinastía.

Los Somozas han sido los PSF por antonomasia, pues en 1936 Somoza García tenía un par de chinelas Rolter, sabía vender carros y hablaba inglés con la esposa del embajador Hanna en la cama; para 1944, Somoza tenía 51 haciendas de ganado, 46 fincas cafetaleras y un azote de plomo para recetar a su antojo.

Su espectro marcó a generaciones, y no bastaría la inmolación de un poeta matriota para contrarrestar el hechizo de esa maldición. La maldición tenía vástagos y a un océano de masa aterrada, abandonada y resignada a vivir en los linderos de las fincas, como hacía 500 años.

Ya habían pasado intentonas de los PCF-conservadores, por las buenas, de compartir las fincas con los PSF (ya PCF), y un ingenuo Chamorro, sacó su pluma para consumar un “Pacto de Generales”. Pacto también reeditado en un solo corazón en 1971 que la prensa matizó por llamar el “Kupia Kumi”. Pero también hubo intentonas de los PCF-conservadores de quitar el zapote al mono por las malas, entiéndase “Matanza de Abril del 54” y toda esa fresada que fue “Olama y Mollejones” en el 58.

Entonces el caos natural del panorama, dejó entrever un nuevo grupo de PSF que arduamente desde la mística, la moral, el ascetismo y la promesa mesiánica de la redención agraria, también con azote de plomo, le quitaron el zapote al mono.

Pero estos nuevos PSF olvidaron algo esencial, y toda la mística, la moral, el ascetismo y la promesa mesiánica de la redención agraria, la dejaron en un lugar oscuro y agusanado. Entre sus muertos.

El resto es más de lo mismo. Aquellos nuevos PSF, se volvieron PCF, y con su archinémesis, reeditaron en 1995 el “Pacto de los Generales” de 1950. No hace mucho, también los nuevos PSF en Consejos de Paz y Reconciliación, pactaron con el ala radical de PCF, y así: la mujer, la ignominia y la moral pública volvieron al mórbido regazo de la Iglesia.


Calle Cuiscoma, Granada.

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