• Oct. 17, 2008, 8:50 a.m.
Los pueblos nunca provocan a quienes los gobiernan. La reacción ciudadana siempre obedecerá y será el reflejo de las acciones ejecutadas por los que detentan el poder. Romper la cripta sagrada donde duerme el descontento popular, es un acto temerario. Cuando una parte de la ciudadanía hace pública su insatisfacción, ya cansada de tantas incongruencias y atropellos, la clase gobernante los resiente y a priori los clasifica como adversarios; los invalida y los hace lucir denigrantes delante del resto de ciudadanos. Al sentirse ignorada la demanda, el descontento y la frustración seguirán creciendo. Conllevará, a la búsqueda de formas más organizadas para hacer reflexionar a la clase gobernante.
 
Por otra parte , si la clase gobernante carece de vocación democrática y no usa el poder para procurar el consenso; si además,  su agenda no coincide y sus intereses se avistan amenazados,-- conciente o inconciente-- leerá mal el descontento e interpretará el clamor como mera agresión a su gestión. Como respuesta, recurrirá calculadamente a irascibles descalificaciones, a fin de herir el prestigio y la credibilidad de los insatisfechos. En esta fase, solapadamente se persigue; se amedrenta y se intenta dejar precedentes a través de la violencia, y el profano uso de las instituciones gubernamentales. Esta actitud provoca en la gente, más frustración y enojo. Sectores apáticos se cuestionan así mismos, y comienzan a identificarse paulatinamente, hasta  sumarse al clamor ascendente. Aquí el gobierno empieza a tomar las cosas más en serio y endereza sus pasos hacia la perversión. Si todavía no tiene el control, se apresurará a ejercerlo a toda costa, sobre las instituciones de poder de la nación; el ejército y la policía.
 
 En su desesperación, en lugar de ceder el paso a la sensatez, al ver que la
situación comienza a salir de sus manos; la clase gobernante recurre a una escalada mas pervertida, tiránica y criminal; persigue y criminaliza a los lideres de la oposición,--los cerrojos de las cárceles permanecen abiertos las 24 horas—y afloran las desapariciones. En este lapso, el  gobierno usa todo el poder de las instituciones del estado, para vilmente cesar a la oposición; mientras tanto, a nivel de la población, ya se presentan las muertes y violaciones numerosas.

Desencadenando en los ciudadanos, un sentimiento de rechazo concensuado, y exponencialmente creciente. Es precisamente en estas circunstancias, cuando la ciudadanía comienza a retar físicamente a la autoridad; surgen formas organizadas violentas; pequeñas escaramuzas y ajusticiamientos de los funcionarios gubernamentales. Los medios de comunicación son censurados por  denunciar y mostrar la crudeza de los acontecimientos. El alto precio de la denuncia será siempre el mismo; cárcel, la muerte de periodistas y el cierre de  medios de comunicación. La población se enardece, sus manifestaciones se vuelven multitudinarias.
 
Ya se está definiendo el rumbo de los acontecimientos futuros. La resistencia última de la población está llegando a rozar sus límites. Ya se advierte un agotamiento de las  opciones. Tristemente, en la mayoría de ciudadanos, reina un sentimiento de impotencia. Se comienza a gestar solo una alternativa, que deriva de la crueldad y la intransigencia gubernamental. La dirigencia de la oposición asume la magna responsabilidad, -- descarta cualquier negociación-- y comienza a trazar el perfil  bélico y la estrategia a seguir, para hacer frente a la clase gobernante. Tan irreversibles se vuelven las circunstancias, que ya no se busca hacer reflexionar al gobierno.
 
Según la perspectiva de la oposición,--agotada de tratarlo todo-- la vía armada
llega a ser la única alternativa. En el caso del pueblo, la frustración y el dolor
no encuentran calmantes; la combustión de la rabia se convierte en el aliciente que lo dispone para cualquier sacrificio. Se enciende una llamarada, que se apagará únicamente, por el derivado de la acción violenta o el encuentro con la justicia.

Aquí; el padre, la madre y el hijo; ya no piensan como  familia, sino como
ciudadanos que responden dignamente ante la nación con su cuota de fidelidad. En este intermezo de la desgracia, el gobierno ya ha alcanzado la demencia; sus reservas de civismo se han consumado, y es precisamente, cuando recurre al genocidio. Para el gobierno no hay excepción; todos resultan eliminables. Los asesinatos y persecuciones se vuelven desenfrenados e incontrolables. Se usa todo medio disponible para erradicar a la disidencia.

Como el número de descontentos es de gran progresión, así mismo el gobierno incrementa los recursos necesarios; y los medios de exterminio se vuelven masivos y de dantesca escala: aviones, tanques, bombas y millares de soldados; en sumas, una nueva guerra civil en esta triste tierra de abusadores.
 
De todo esto podemos concluir que, por muy pequeña que sea la insatisfacción mal atendida en un pueblo, la tendencia de crecimiento siempre será ascendente. Su grado de acumulación producirá las alternativas mas violentas. Por lo tanto, no es el pueblo el que opta el rumbo a seguir; al contrario, es el abuso el que dicta la pauta a tomar. Tampoco es el método, numero ni los medios que se utilicen en contra del pueblo; lo que calmará su insatisfacción e ira; al contrario, la disparará a la enésima potencia; porque, a mayor número y sofisticación de los recursos represivos; mayor el deseo y la disposición a perder la vida, por amor a recuperar la felicidad perdida. Si así lo hace un amante, con mucha mayor razón lo hará un pueblo como el nuestro.
 
Al umbral  de la desgracia, hacer caso omiso o pretender aquietar el descontento a través de la mentira y el atropello, es una irresponsabilidad grandísima; máxime, cuando la ciudadanía está conciente que los fundamentos que sostienen la institucionalidad de la nación se encuentran en pedazos. Más que irresponsabilidad, es una actitud insensible y temeraria. Por que la mentira es creíble escasamente, en un número reducido de ciudadanos, allende a la confusión y el servilismo. Mientras tanto, en el resto de la población, simplemente se está haciendo aritmética de más atropellos.
 
Todo esto es probable predecirlo en cualquier pueblo del mundo, pero más fácil aun, en un pueblo como el nuestro, que recientemente retornaba de camino del sacrificio; cuyo sudario, está húmedo de sangre todavía; todavía el cielo no termina de aclarar la oscuridad de aquellos días; días de numerosas cruces, de gólgotas y martirios. Es fácil predecirlo en nuestro pueblo, pues por la justicia y la equidad en el reciente pasado; rapó a sus hijos, los vistió de cilicio y los entrego a la muerte.

 Por amor a Dios, no esperen entonces, a que este pueblo se siente frente a un mar de tantas injusticias, a esperar que se “doren las estatuas”, sin que el honor de la nación regresar a su lugar original. Al contrario, ya se está colocando voluntariamente, tiernas hojarascas en su cabeza, para ser llevado a la hoguera nuevamente. Si insisten en pasar a este pueblo por el mismo martirio como lo hizo el dictador Somoza; a este guión no le faltaran ni los puntos ni las comas. Estamos a tiempo, reflexionemos todos, para que no se alce el brazo entre hermanos otra vez , y nos arranquemos la vida mutuamente.

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