• Oct. 17, 2008, 8:52 a.m.
“Dame un poquito de lo que tenés, Jesús no fue pinche”, fue una de las frases que pronunció uno de mis sobrinitos cuando me encontraba cenando, lo cual me hizo reflexionar y me motivó a escribir.

En algunas ocasiones al momento de disponerme a almorzar o cenar termino regalándole la comida a mi sobrino, para ello siempre lo llamo diciéndole: Ramsess… y él siempre está preparado para aceptarla.  

Hacía días que no me mantenía en la casa y esa vez no había platicado con él ni lo había visto en todo el día. Mi sorpresa fue verlo a la par mía, todo inquieto, como buscando algo, pero sonriente. Por mi parte no le había puesto mente y meditaba en mi comida, esa vez si pensaba comérmela toda, pero él se acercó y me dijo su inusual frase que traspaso mis sentidos, sobre todo la parte final que dice: “Jesús no fue pinche”.

Creo que tiene razón, aunque Jesús, siendo hijo de Dios tenía las potestades para poseer todo lo que desease en la tierra, prefirió vivir una vida de humildad y sencillez. Nació en un pesebre, fue reconocido como un carpintero que empezó a predicar las buenas nuevas de salvación: sanó enfermos, libró a los paralíticos, expulsó demonios,  resucitó muertos, le dio esperanzas al desanimado, preparó el camino a sus apóstoles para que continuarán con su mensaje de amor a Dios sobre todas las cosas y amor al prójimo como a ti mismo. (Marcos 6:1-5; Mateo:10:5-10)

Para el mundo era un simple hombre, pero para Dios y para quienes creen en él es un rey accesible y dispuesto a escuchar a quien le invoque. No se necesita pagar nada, ni llamarlo por teléfono, escribirle por correo, enviarle un fax o mensaje de texto. Tampoco se necesita buscarlo en la calle o enviar a alguien a llamarlo. Simplemente lo podemos llamar en cualquier lugar en el que nos encontremos y él responde de manera eficaz, pues aunque no lo vemos, siempre está a nuestro lado tocando la puerta de nuestro corazón, esperando el momento para entrar. (Jeremías 33:3)

En realidad Jesús no es pinche, pues nunca se le niega a nadie, sea bueno o malo, rico o pobre, feo o bonito. No hace excepción de personas. Cristo no es rencoroso ni tampoco olvidadizo como lo somos los seres humanos. Él no deja pasar ningún detalle que nosotros hacemos, pues escudriña lo más profundo de nuestro corazón y aunque nos olvidemos de su presencia, Él no se olvida de nadie. Todo lo que hace es gratis, pues lo único que espera de nuestra parte es que amemos de corazón. (Juan 3:16; Romanos 8:27)

Hay momentos en nuestra vida, circunstancias, frases que alguien menciona por pura casualidad, que a veces se convierten en mensajes de gran significado y quien sabe a lo mejor, Dios nos habla por medio de esa palabra para reflexionar lo que estamos haciendo con nuestras vidas. (Lucas 9:47-48;  Juan 5: 39; Mateo 22:34-40).
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