• Jun. 6, 2007, 4:17 p.m.

Estoy segura que la viuda y el pequeño hijo del periodista Julio César Padilla preferirían hoy que su vida transcurriera igual como lo fue hasta la noche del viernes nueve de marzo, cuando el hombre que conducía una camioneta, bajo efectos del licor, chocó contra el vehículo del profesional de la información y le propovó la muerte.
Ella tendría a su lado a su compañero, después de cada jornada de trabajo, su apoyo económico, el padre de su bebé. El niño tendría a su padre, una figura insustituible en la familia.
Pero ambos sólo tienen una tumba a la que probablemente van a enflorar con frecuencia y el consuelo de saber que al menos el responsable de la muerte temprana de Padilla, a los 37 años, se declaró culpable. Aunque quizá no lo sienta, sino que lo hace para recibir la pena mínima por homicidio culposo, un beneficio que contempla la ley.
Y allí viene lo difícil de la ley. La pena mínima que podría recibir el autor de la muerte del colega sería de un año de prisión, perfectamente conmutable por un arresto domiciliar. Es decir, nada comparable con la idea de justicia que a todos nos gustaría ver aplicada.

La raíz del asunto

Un amplio sector de la población percibe como un gran logro el hecho de que los diputados legislen para endurecer las leyes y penalizar más duramente el homicidio en accidente de tránsito para conductores que circulen en estado de ebriedad.
Más allá de las repercusiones que esto pueda traer, hay que analizar más a fondo. Valga decir que los crímenes horrendos, no accidentes, que son castigados con la pena capital –de muerte-- en países diversos, no han disminuido por la aplicación de tan radical sanción.
En Guatemala, único país de Centroamérica que esporádicamente aplica la pena de muerte, el fenómeno de las “maras” tiene “contra la pared” a autoridades y ciudadanos, por cuanto la ola de crímenes espantosos, incluyendo feminicidios, va en aumento.
De nada entonces ha servido que la ley se endureciera, si las causas del fenómeno de las pandillas no ha sido atacado en su raíz.
Aunque el homicidio culposo de ninguna manera se puede comparar con las decapitaciones, descuartizamientos y crímenes masivos que se cometen en Guatemala, la lógica dice que debería haber un castigo más fuerte, si una persona conduce totalmente sin control, por efectos del licor, pues está cometiendo una negligencia que puede costarle la vida a uno o más ciudadanos.
Claro, peor aún si la víctima de un conductor ebrio es nuestro ser querido, nuestro amigo, nuestro compañero. Pero créanme, si me dan a escoger entre poner en prisión a una persona durante cinco o más años, y tener con vida a la persona que tanto significaba para mí, me quedo con la segunda opción.
Es decir, yo no creo que estableciendo penas más prolongadas para personas que provocaron una o más muertes en accidente de tránsito, se logre reducir el número de desgracias que ocurren en la vía.

Cuando hay menos accidentes

Apelo al recuerdo de los lectores para que confirmen en qué épocas es que se registra menos accidentes, menos tragedias vinculadas al consumo de licor. Precisamente es cuando la Policía está en las calles.
Cuando hay operativos policiales por una situación X, llámese elecciones, feriados, temporada navideña, Semana Santa, la presencia de la Policía previene hasta más de un cincuenta por ciento de los hechos delictivos y similar cantidad de accidentes.
Y sobre todo, la presencia de la Policía en las calles previene en gran medida la gravedad de los accidentes, porque si bien es imposible evitar todas las colisiones, éstas son de menor daño y por lo general, no provocan muertes.
Cuando un conductor sabe que a lo largo de las calles y avenidas, carreteras y caminos hay autoridades que lo detendrán si lo pillan al volante y con un alto grado de alcohol en la sangre, sólo tiene dos alternativas: Evitar embriagarse o esperar el día siguiente, cuando ya el cuerpo ha superado los estragos de su borrachera.
Por eso estoy convencida de que si los diputados legisltaran para que la Policía recibiera más presupuesto, para que pueda mantener las patrullas en movimiento, para que los agentes vayan a las calles a prevenir tragedias o delitos, tendríamos menos oportunidades para lamentar lo que un conductor en estado de ebriedad. Provoca. Pensémoslo bien, si bien castigar está bien, prevenir una pérdida es mucho mejor.
(*) kcastillo@elnuevodiario.com.ni

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