• Oct. 15, 2007, 9:02 a.m.
Usted mezcle una buena porción de envidia, otro tanto de rencor, un poco más de amargura y luego bátalo hasta que quede espumoso: entonces habrá preparado un buen trago de odio. Puede decorarlo con una hojita de chichicaste. Ni se le ocurra el olivo, porque le echaría a perder el cóctel. Sírvalo al gusto entre las almas enfermas. Si les encanta, usted es un firme protector de la odiósfera

Nuestro Rubén vio al lobo retornar a la pureza de su especie, espantado de lo que encontró en el pueblo donde vivía San Francisco de Asís. Sus motivos fueron suficientes para entender que algunos individuos son más terribles que la peor de las fieras.

“Más empecé a ver que en todas las casas/ estaban la envidia, la saña, la ira/ y en todos los rostros ardían las brasas/ de odio, de lujuria, de infamia y mentira”.

De las múltiples referencias en la literatura y la historia respecto al más enfermo de los sentimientos, podría elaborarse un “Tratado del Odio”. De hecho, la moneda de circulación mundial es la enemistad y en muchas ocasiones, gratuita. Hay fobias profundas, amargas de plenitud, como las que mostraron los guardias españoles en el aeropuerto de Barajas en contra de una nicaragüense.

La vida enseña que existen magníficos administradores de estas zonas bajas del alma humana que trascienden incluso a la novela: cuando todo el pueblo murmuraba sobre la virilidad de José Arcadio Buendía, el flamante esposo de Úrsula Iguarán, ocurrió lo peor, y en una gallera.

¿Qué pudo más, la furia o el odio del imprudente Prudencio Aguilar? La furia, en la mitología, de acuerdo con el Diccionario de la Real Academia Española, DRAE, responde a cada una de las tres divinidades infernales en que se personificaban la venganza o los remordimientos.

Cuando vio tendido a su plumoso ennavajado, en medio de un charco de sangre, el gallero no soportó la humillación. “Exaltado por la sangre del animal”, cuenta Gabriel García Márquez, “el perdedor se apartó de José Arcadio para que toda la gallera pudiera oír lo que iba a decirle”.

“Te felicito —- gritó—. A ver si por fin ese gallo le hace el favor a tu mujer”. La mortal respuesta de José Arcadio le dejó el pretexto de fundar Macondo con la ayuda poética de Darío.

Las tirrias, para que sean bien hechas, necesitan de público dispuesto a facilitar su máximo rendimiento. Por eso, aunque los aborrecimientos solitarios pueden ser muy desdichados, lo más triste del mundo debe de ser el odio platónico.

Hay odios muy regios como los del Rey Cambises, de Persia, contra el viejo faraón Amasis, quien “careció” de la gentileza de estar entre los vivos para contribuir a la magna satisfacción de lo que consumía por dentro a su imperial enemigo.

La historia nos demuestra que cierto género ama tanto a sus odios que no les agrada verlos burlados. Por eso, el obstinado hijo de Ciro El Grande, según los chismes de Heródoto, lo mandó sacar del sarcófago para propinarle un castigo póstumo.

Amasis fue azotado, le arrancaron las barbas y los cabellos, y le punzaron y ultrajaron en todas las formas. Cansados de ejecutar el mandato, pues el cadáver estaba embalsamado, los verdugos post mortem le dijeron al rey que el cuerpo se mantenía incólume.

Si debemos advertir algo en este punto es la degradación del ser, capaz de producir un atroz desvío en la conducta de los hombres. Al mover los paralelos de las creencias personales, promueve abominables prácticas a contrapelo de la religión común: Cambises lo mandó incinerar.

Los persas, como los egipcios, consideraban al fuego como un dios, y por tal razón no se le podía tributar semejante holocausto a una deidad de temperamento fogoso, por mucho que fuera el postrer resentimiento.

Sin embargo, si alguna cualidad se le puede atribuir a lo que el diccionario citado define como “antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea”, es que es un tendedero donde la miseria humana cuelga sus más tristes trapos a la vista de todos.

El odio y el rencor son tributarios de un corazón enfermo. Como la envidia misma que es flaca porque muerde, pero no come, dijo Unamuno.

Friederich Nietzsche, en “Así habla Zaratustra”, pintó uno de los retratos más exactos de los odiólatras y que merece la pena incluirlo en el “Tratado”: “¿Qué es ese hombre? Una maraña de serpientes salvajes que rara vez tienen paz entre sí, y entonces cada uno se va por su lado, buscando botín en el mundo”.

Si existen personas proclives a estos desarreglos del alma, Jesús explica hoy cuál es la causa primera: “Del corazón de los hombres salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre”.

Rubén oyó a San Francisco decir: “En el hombre existe mala levadura. / Cuando nace viene con pecado. Es triste./ Mas el alma simple de la bestia es pura”.

Hay organismos que luchan por zonas libres de minas y contra trata de blancas; contra dogmas inútiles y discriminación racial; contra analfabetismo y alimentos transgénicos, pero mejor deberíamos comenzar por crear una sociedad libre del odio.

Esa sociedad es posible sólo con Cristo en el corazón de cada quien. Si en el mundo hay amores despreciados, bien vale la pena que abunden más los odios no correspondidos.



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