• Oct. 20, 2008, 10:39 a.m.
TIENE su ironía que cuando todavía no se han cumplido dos décadas de la caída del comunismo, algunos gurús de la economía vaticinen ahora el fin del capitalismo. Las turbulencias financieras desatadas en Estados Unidos han herido de muerte el crecimiento basado en el capital y se impone, aseguran los expertos, la necesidad de generar un nuevo escenario para evitar el desmoronamiento de las entidades financieras culpables del problema antes de que el desplome afecte a todos los bancos, cajas y economías a escala mundial.

Todo lo que suene a derrumbe –sobre todo si involucra el pensamiento y la práctica neoliberal–. Pero esta frase no es precisamente mía: es de miles de personas que hoy, tras un largo período de artificial bonanza en Estados Unidos, están en el desempleo. El final del capitalismo es la sensación que bordea a millones de personas que, ansiosamente, miran como los mercados caen y arrastran con    ellos sus expectativas.

Es, también, la frase del Premio Nóbel de Economía 2001, Joseph Stiglitz. Él dijo, literalmente (en una entrevista con el Global Viewpoint), que “la caída de Wall Street es para el fundamentalismo de mercado lo que la caída del Muro de Berlín fue para el comunismo; le dice al mundo que esta forma de organización económica no es sustentable.

Lo que estamos viviendo no es sólo el colapso de una burbuja económica, sino una tormenta de elementos que atentan contra la economía de los más desfavorecidos del planeta.

Los elementos del derrumbe:

1.    La primera llamada de esta crisis, fue el colapso de Enron. Aquella compañía, una de las cinco más grandes del planeta, colapsó cuando se descubrió un agujero contable titánico que se venía ocultando por largo tiempo. La vergüenza de Enron fue una primera probada de lo que se está viviendo ahora: cuando el Estado deja de hacer su trabajo, deja de funcionar como ente regulador, deja que los capitalistas se dediquen a ganar dinero a toda costa –así sea engañando– y se empieza a construir una fórmula para el desastre.

2.    La segunda llamada fue la guerra en Irak. Motivada exclusivamente por razones económicas, se construyó una gigantesca mentira política (nexos Hussein–Al Qaeda y armas de destrucción masiva) para justificar un ejercicio cuyo único objetivo era apropiarse de las reservas petroleras de un país y, de paso, darle multimillonarios contratos a las empresas del vicepresidente para enriquecer a sus amigos. Ahí comenzó la drena de recursos públicos

3.    La tercera llamada fueron los recortes a los impuestos de los más ricos. Bajo esa ridícula premisa derechista de que si a los ricos les cobras menos harán el bien, el gobierno gringo dejó de recibir miles y miles de millones de dólares por recaudación fiscal –mientras que las clases medias seguían pagando cada vez más–. La complacencia del gobierno de Bush con la élite económica (a la cual llamó “su base”) fue creando el ambiente de “abuso validado” que hoy está desmoronando a la economía global

4.    La cuarta llamada, el truene hipotecario. Ahí sí que todos sintieron el dolor: la increíble irresponsabilidad de las agencias hipotecarias, la especulación, la falta de claridad contable, la estafa y la ausencia de regulación obligaron a un mega rescate, para que los grandes inversionistas no perdieran el dinero que, por irresponsables, habían perdido.

5.    La quinta fue la crisis por las alzas de precios de las materias primas. El alto precio del petróleo es lo más evidente, pero lo que más ha pegado a la sociedad es el alza en los precios de los alimentos. Todo el mundo pudo observar como, día con día, los precios del arroz, maíz, trigo y otros alimentos fundamentales escalaban. La principal razón –que no la única– fue la especulación con los mercados futuros de alimentos. Los más pobres pagaron.

6.    Llega la muerte del cuarto banco más importante de Estados Unidos, y con ello todo el sistema financiero tiembla. Bajan las bolsas del mundo, cunde el pánico. Entran rescates multimillonarios estilo Fobaproa, cuyo único fin es salvar el dinero de los adinerados a costa de los contribuyentes que, en EE.UU, no son los adinerados. Pero todavía no acabamos.

7.    La razón, la verdadera y profunda razón, es una: la impunidad. La absoluta, incontrolable y delincuencial impunidad que el gobierno estadounidense ha propagado como “método de hacer dinero”. Stiglitz dice, en la misma entrevista, que “la agenda de la globalización ha estado estrechamente vinculada con los fundamentalistas del mercado; la ideología de los mercados libres y la liberalización financiera”. También señala que la desigualdad en EE.UU está en su punto más alto desde los 30.

No ha sido un accidente: ha sido un método. El método de los ultra-neoliberales que, aliados con los sectores políticos conservadores, y las oligarquías criollas, han hipotecado el futuro por ganar más y más rápido. La falta de regulación ha demostrado, otra vez, que la mano invisible del mercado nos dará atole con el dedo cada vez que pueda.

Por eso es que ahora en su estado de desesperación, vienen los “sabios” de las finanzas y proponen “el rescate” con dinero público de compañías financieras contaminadas -muchas de ellas subidas durante años a la ola del beneficio bursátil- acabará beneficiando a las personas que han caído en el pozo del paro, desahogará a los asfixiados por las hipotecas, impedirá que más trabajadores pierdan su empleo y pondrá, en definitiva, una sonrisa en todos y cada uno de los rostros que pueblan el planeta. La táctica suena tan falsa como el término anglosajón que la define, trickle-down (goteo), e incluso los promotores del rescate financiero están buscando fórmulas para evitar que los propietarios de las firmas en crisis no puedan enriquecerse más gracias a la inyección económica que reciben.

El régimen del capital se ha colapsado por el abuso de los que lo controlaban,  por lo que en este momento histórico, empieza la agonía de manera irreversible del ya famoso neoliberalismo, del capitalismo salvaje, DEL IMPERIO  NORTEAMERICANO. Réquiem para el moribundo.




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