• Oct. 15, 2007, 10 a.m.
La Pulpería Lulita es la más cercana a mi casa. Vende abarrotes como toda pulpería, pero es más conocida por tener el vigorón más sabroso y el secreto mejor guardado de frescos de cacao y grama de la zona norte de Granada.

La pulpería Lulita, con más de 20 años de trayectoria, es toda una referencia de almuerzos y cenas para los trabajadores de la empresa de E. Chamorro y para agentes policiales —con un glaciar en el estómago—que entre la faena vespertina o nocturna, aterrizan a cenar algo bueno y barato para calmar el hambre.

Yo que no soy oriunda de esta ciudad, conocí a doña Lulita hace apenas unos cuatro años, cuando empecé a frecuentar el lugar como los otros (para calmar el hambre) y aprovechar su amena plática, que por alguna razón desconocida, agradé y me agradó desde un principio.

Poco a poco fui conociéndola. Me presentó a su cumiche, encargado del nuevo y pequeño negocio de llamadas a celulares, que en su provinciano universo, vislumbraba a ese servicio, como algo tan maravilloso y fecundo, como quien vendiera hielo en una edad antigua.

Conocí también a su hermana, una mujer “niña” risueña, que en el fondo nunca decía ni aportaba nada, pero su mayor esfuerzo era saludar desde una silla plástica en la acera a todo el que pasara, para luego atraparlo con esa astuta frase: “¡Ideay, no te vas a tomar un fresco!”.

Luego su nuera, otra mujer que amaba y odiaba porque a fin de cuentas había arrebatado a su tierno de las entrañas del nido. Pero entre ese llegar y llegar, finalmente un día, me tope con su esposo: don Quencho, 47 años para ser más exacta, hombre delgado y bonachón Carga con muchas arrugas en su rostro y un eterno cigarrillo que casi nunca se deja llevar hasta sus manos.

En Granada es conocido durante el día por restaurar vírgenes y santos, y de noche por frecuentar la sala de billar (de Alcohólicos Anónimos) contigua al parque de la Antigua Estación del tren, donde se reúne con taxistas, buseros y cobradores. Ahí recibe noticias interurbanas, y si discierne, captará algo del acontecer mundial.

Doña Lulita ama a su marido. Me ha contado tantas anécdotas de ambos y todas apuntan a un romance victoriano: “Mi madre me corría a todos mis admiradores, pero a éste me lo dejó”, contaba así ella con ilusión analéptica.

Se miraron una hora todas las noches por cinco años, a los tres, empezaron a tomarse de las manos, y a los siete, finalmente la madre permitió que don Quencho se la llevara al altar.

Doña Lulita y yo una vez discutimos, pues tercamente intentaba hacerla entrar en razón sin entender entonces que realmente en su lógica, yo blasfemaba: Fue a finales de 2005, a tres cuadras de su casa, la Virgen de Concepción hizo acto de revelación a una joven de 17 años sobre el repello de un pozo casero.

El hecho dio nota en la televisión y en prensa plana. La zona norte de la ciudad se empapó de entusiasmo y los feligreses agazapadamente irradiaron su fe ante una macha de humedad que evidentemente simulaba la silueta de una imagen femenina.

Fueron seis, ocho meses, tal vez doce, e incluso al año y medio la silueta aún era perceptible para una gran parte de la feligresía.

Un día de esos, doña Lulita me hizo pasar hasta la cocina de su casa y me anunció: “Se fue la virgen, ya no está”. Hablamos sobre el acontecimiento, yo un poco más clara de lo que eso había significado para ellos, y asumí el comentario con respeto antropológico.

Presté mi oreja y escuché casi por tres horas la explicación de esos signos, aunque confesaré que no todo el tiempo la escuchaba: desde ahí empecé a notar que la pulpería estaba menos abastecida, algunos escaparates descuidados o vacíos y un ratoncito intentaba aventurarse por las cajas de Corn Flakes.

¡Un cacao, Lula!, se escuchó el grito de la hermana desde afuera. Cambió ella su semblante y momentáneamente se diluyó el clima de la plática, pero arrugó su ceño y sencillamente le respondió que no había.

Efectivamente no había fresco. La crisis energética le impedía mantener ese negocio; como también el vender, carne, leche, crema, esquimos y helados.

Sí, la venta ya no era la misma, como tampoco doña Lulita lo era. Ahora también ella fumaba, escondida del esposo; y entonces como si su mundo entero necesitará volver a esa catártica confesión, después de apagarlo, se puso de pie y me preguntó: “¿Me ves más delgada? Yo era 38, pero mirá ahora”. Y estiró de la cintura el pantalón para que viera lo flojo que le quedaba.

Luego se sentó y me observó con sus hermosos ojos verdes que en esa intimidad, ya vidriaban. Me acerqué a ella, la tomé de la mano y sin saber qué pasaba, esperé que saliese algo de su boca: “Es mi marido. No sé que hacer con él, se está perdiendo y nos tiene arruinados”.

Don Quencho, era hombre de bien, pero desde hace algún tiempo está frecuentando los casinos de Managua. Ganó 600 dólares en una ocasión y desde entonces se le metió que era la Mamá de Tarzán en los misterios del azar.

Las ganancias de la pulpería se empezaron a debatir entre el sustento del día y los tragamonedas, pues don Quencho, después de aquel botín extravió el tino y no volvía a ganar.

Comenzó ausentarse por las noches; primero era salteado, pero vertiginosamente paso a las temporadas. En los casinos, comía y fumaba de gratis, y lo bueno es que no tomaba porque diojguarde lo que habría sucedido.

Un día desapareció el abanico, otro día se fue el minicomponete y también el espejo de pata de león de la sala. Se vendieron las camas del hijo mayor y el de una entenada que ya se había marchado desde que tomó la iniciativa de “meter la pata”.

Todo eso me lo contó doña Lulita durante la cuarta hora de escucha, pero como si todo fuera una prueba de tolerancia a escuchar los problemas de los otros, de repente me dejó caer el balde de agua: “Nos vamos a mover. Vendió la casa”.

Dos semanas después me despedí de ella. Su casa ya tenía el rótulo SE RENTA PARA NEGOCIO U OFICINA pero esas ganancias ya no eran para ellos: don Quencho en realidad nunca vendió la casa. El banco la había embargado y ahora un extranjero, aún indeciso de asentarse, la había adquirido y destinado a tal fin.

Me dejó la dirección de su nuevo domicilio, hoy en un asentamiento al otro lado de la ciudad. “Llegame a visitar”, me dijo antes de montarse en la camioneta de acarreo, donde al lado del chofer, entre una especie de “gallina comprada y don nadie”, yacía su amado y viejo Quencho.

Don Quencho, huraño y más arrugado, lucía terriblemente pequeño. Llevaba una monolítica pena moral sobre sus hombros y un cigarro sin encender entre sus dedos. No me volteó a ver. Y desde entonces —dice ella— nunca ha volteado a ver a nadie.
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