• Nov. 3, 2008, 10:13 a.m.
Presidente Ortega:

Octubre del año 2008 fue un mes de desventura, sin ensueño y mohoso. Hubo lluvias vandálicas, negligencia policial con gripe, instrumentalización de poderes en jardines institucionales y las rotondas permanecieron tomadas por arcángeles con resentimientos poscoloniales por encargo.

Octubre del 2008, fue un mes de cambios y espejismos fijos, y nada que ver con aquel del 77, pues ante todo, mandatario, ese mes lo recordaré como el tiempo en el que evidenció usted ante mis ojos su deshonra y el fetichismo de su berrinche autócrata.

Hoy, yo me dirijo a usted en Do Mayor. No utilizaré protocolos, eufemismos ni codificaré los sustantivos. Lo llamaré a usted por su nombre y con epíteto. Le despertaré de su cama llamándolo anacronismo, humor exiguo, puñalero e introvertido: Comandante Ortega –el héroe del cetro marchito; y aunque las flores lo aclamen, seguiré llamándolo Caudillo.

Y es que yo no creo que es usted más Daniel Ortega. No es usted, presidente, ninguna referencia de algo victorioso. Es tal vez una estampa, un crucifijo populista o mensajero de la nada. Una pantomima del heroísmo, de corrupción jurásica en terruño familiar y planes a largo plazo (como el otro).

Usted lo echó todo a perder, comandante, todo. Le dio bom-bom a su masa 38 y la mantiene ansiosa con la promesa del botín. Desde ahora, petro-mandatario, es usted un compatriota sin prefijos, la eclosión de un desastre, un consenso de disparates, una histeria desbocada o  una lágrima que se atreve a dormir con niñas buscando consuelo.

Pero justifiquemos mis improperios, mandatario. Justifiquemos mi rabia, mis arrebatos, mi igualado irrespeto de dardos púrpuras hacia este primer hombre de la triste figura. Dígame: Quién fue que le dijo a usted que el Muro nunca calló. Quién le advirtió que el dios cristiano salvó el alma del salvaje aborigen. Quién le inyectó esa paranoia sionista de creer que quien no está con usted, está en contra. Quién.

Recorra su universo, mandatario. Váyase a sus cimientos. Piense en doña Lydia, en don Daniel, en el esfuerzo que ellos hicieron por proyectarlo libre y con valores.
Reconstruya la imagen de aquel hombre sentado a las afueras de su casa en San Antonio, llevando a todo volumen Radio Habana para abiertamente provocar al régimen.   

Recuerde a Blavastky y sus inicios en los misterios inferiores. Recuerde su educación burguesa y católica en el colegio Calasanz. Recuerde a sus broderes de la cuadra, a Chabeta, a Turcios, a Shible, a Vanegas. Recuerde un poco y trate de vislumbrar qué era el Frente Sandinista del Liberación Nacional antes del triunfo. Qué perseguía, quiénes eran, hacia dónde iban y contra qué dirigían su estrategia.

Recuerde que el FSLN no surgió para luchar contra un régimen que engendraba una crisis económica ni un Imperio de Desempleo, sino que luchó por superar meramente una crisis política que consistía en bajar al último dictador de la mula.

Ese control absoluto de un solo hombre es lo que desbocó a una nación hacia su libertad.  Pero esa eclosión nació en la clase media con jóvenes-inquietos-culitos-rosados como usted. (Pues recordemos que las revoluciones siempre nacen en la clase media, nunca en la clase baja. La clase media las organiza, la clase baja se las cree y la clase alta finalmente es quien la compra).

El Programa Histórico del 69, si bien es cierto que perseguía muchos elementos que su proyecto político actual ha rescatado acertadamente, el costo de su berrinche megalómano ha sacrificado una gran porción de reivindicaciones feministas y democráticas que a mi en lo personal, me han hecho perder cualquier respeto que le albergaba, puesto que en ese cambalache con las iglesias nos regresó al determinismo del teísmo y al feudo, a un amor medioevo.
   
Relativamente sin armas –sino sólo con palos, piedras y fajazos– se ha logrado convertir usted en un 2x1. Su irresponsabilidad política lo ha llevado a ser un transgénico Caudillo, logrando tener así las mañas política de Tacho y la capacidad de organizar desestabilizadoras hordas como las que poseía Emiliano Chamorro.

Usted, presidente, aquel extraño dios que corría con entusiasmo en mis adentros, aquel que aprendí a amar desde niña mientras bordeaba manteles frente al tele, aquel que vi correr en blanco y negro por el Central Park de Nueva York, aquel hombre que debimos honrar cuando pequeños, aquel de la figura sombría, extensa pero clara, aquel…hoy provoca en mí achaques y jaquecas como si estuviera preñada de orfandad y de culpa.

Hacia dónde nos lleva, mandatario. Por qué lanza a sus diputados mecha-corta contra los jóvenes, a sus candidatos trogloditas contra los jóvenes, a sus turbas zombies contra los jóvenes, a sus fiscales becerros contra los jóvenes, a sus panfletarios medios contra los jóvenes, a sus corruptos jueces contra los jóvenes y a sus estudiantiles momias –que nunca se graduarán– contra los propios jóvenes. ¿Por qué?

Qué pretende enseñarnos, mandatario. Qué lección humana persigue su silencio. Qué moraleja ambigua oculta su sonrisa. Qué cocina la reforma de ley que introducirá a finales de este año en la Asamblea. Qué de malo tiene que unos jóvenes --como usted ayer-- protesten alarmados contra el adultismo y la amenaza de su total dominio.

Hace unos años mamá decidió sacar de la vieja caja de los recuerdos aquella carta de agradecimiento que el joven Camilo le entregó un 23 de febrero de 1978. Mamá sintió que esa carta, aunque fuese dirigida a ella, en realidad debía regresar a las arcas de su familia y se la devolvió a usted, mandatario.

Luego que el estoico joven entregara el documento montó junto con Arnoldo y Moisés en el Wolsvagen  celeste de papá, quien los condujo desde Granada hasta los alrededores del empalme de Las Flores para que luego pudiesen adentrarse a Monimbó.

Durante el camino papá, callado y admirado, observó a los jóvenes en el viaje. Miró a Camilo y a Moisés por el retrovisor, quienes parcos y taciturnos, permanecían atentos observando hacia delante, más allá de los días, más allá de la muerte.    

Los chicos se bajaron del auto, un adiós rápido, un apretón de mano con Arnoldo y una palmadita de Camilo en el hombro de papá. “Con cuidado, jóvenes, el mundo les pertenece”, fue lo único que pudo infundirles papá antes de verlos flácidos pero enérgicos alejarse entre callejones de comarca como yendo ya tarde a un partido de béisbol.   

Calle Cuiscoma, Granada.

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